Ética, Dignidad y Autogestión

El valle de Iguña

Escrito por jesusfrancosanchez 02-05-2018 en Recuperando la historia. Comentarios (0)


‹‹Las personas no deben ser nunca objeto de dominio, ni siquiera para orientarlas hacia el bien››.

Alfonso López Quintas

El valle de Iguña” es una monografía de Daniel Luis Ortiz Díaz sobre esta región central de Cantabria, escrita en 1918 y editada en 2004 por Cantabria Tradicional.

De los diversos asuntos que Ortiz trata nos parece oportuno mencionar los relativos al modo de vida y costumbres, los cuales se hallaban en franca decadencia en el momento de escribir el libro.

Carácter

Una primera cuestión a señalar es la antigua entereza corporal y espiritual de los montañeses cántabros,

‹‹hombres que no se doblegan ni al frío, ni al calor, ni al hambre, y para quienes todo lo arduo lleva siempre la palma››.

Y ello por

‹‹su fiero e indomable amor a la libertad y a la independencia, prefiriendo la muerte a la esclavitud››.

Poseen una elevada idea de la dignidad humana. Así consideran que

‹‹de hombre a hombre no hay el canto de un duro, [y] tutean con llaneza a cualquiera, [y] desprecian a los fatuos que se engríen››.

Se han negado siempre a rendir

‹‹atávicos homenajes de pleitesía››.

Ortiz los define como personas excelentes, laboriosas y pacíficas, de sobrio vivir. En sus viviendas

‹‹el orden, la limpieza y la sencillez brillan generalmente››.

Concejo abierto

Por las fechas en que el autor redacta su estudio aún se celebraban concejos para la elección de pastores o para acordar prestaciones vecinales con objeto de arreglar fuentes, abrevaderos o caminos, pero

‹‹ya no se oye ni se obedece al tañido de la campana con tanto respeto como en tiempos pasados; las faltas de asistencia no se castigan, y los pocos que se reúnen, divididos o indiferentes, no se ponen de acuerdo […] De aquello tan grande y sublime no queda ya más que una ridícula caricatura››.

El pueblo soberano legislaba de la manera más conveniente. El resultado de las asambleas se consignaba en ordenanzas. La unión por vínculos de amor entre todos los vecinos era el cimiento de tales congregaciones decisorias.

La política centralizadora del Estado impuso

‹‹la tiranía caciquil, en nombre del progreso y de la libertad››.

De ahí que los iguñeses

‹‹no se entusiasmen con ningún partido; los detestan por igual a todos››.

Bienes comunales

Son significativos los siguientes párrafos.

‹‹Antes de 1835 el Real Valle de Iguña tenía un solo Ayuntamiento; y todos los aprovechamientos, así de sierra como de monte, eran comunes, sin otros límites y divisiones entre los pueblos [quienes se entendían pacíficamente] que las determinadas por los confines del valle››.

[…]

‹‹Pero vino una época tan calamitosa como la presente, en que los grandes políticos y prohombres, que entonces se sacrificaban por la Patria, todo lo atropellaron; y despreciando los usos y costumbres de los pueblos, habitados por gentes humildes, dieron al traste con la vida regional de España, cuya grandeza va acabándose, a medida que los años pasan. Idearon funestas leyes centralizadoras, y con ellas, a la par que asesinaron el interés de los vecinos por la cosa pública, en que todos intervenían y que todos gobernaban con venerable sabiduría en los concejos populares, según consta en antiguas ordenanzas, prepararon las circunstancias para dividirlos, para cultivar la discordia y el individualismo anticristiano y suicida, introduciendo el moderno caciquismo, que todo lo esclaviza; y para despojar a los pueblos de sus fincas y de sus bosques››.

Lo que tiene por un

‹‹inmenso latrocinio››.

No obstante, el autor desatina al demandar que los ingenieros agrónomos, agentes del Estado que estaba desmantelando la vida aldeana, instruyan a los habitantes de la ruralidad y dirijan cultivos y plantíos de árboles frutales y forestales, con objeto de incrementar considerablemente la producción,

‹‹ya que los labradores no leen, y no saben por tanto cuidar de sus ganados, ni cultivar sus tierras, ni sus prados de otra manera que rutinariamente››.

Aquí Ortiz, por lo demás tan respetuoso con la verdad, no aprehende la naturaleza “meta-económica y civilizatoria” (Félix Rodrigo Mora) de la institución comunal. Era la convivencia, como él mismo apunta en otros lugares, y no el afán productivo lo que guiaba la vida de aquellas gentes.

Solidaridad vecinal

Los vecinos de Bostronizo tienen

‹‹por fines principales la mutua ayuda y auxilio››.

Su casa concejil la construyeron

‹‹mediante prestaciones personales››.

Entre sus virtudes cívicas encontramos

‹‹la costumbre tradicional de plantar en comunidad todos los años dos o tres robles cada vecino››.

Y es que la asistencia recíproca (colación) era considerada como un deber, constituyendo

‹‹una manifestación clara de abnegación, desinterés y altruismo, base de la solidaridad social; [es] una cristalización de aquella máxima sublime: “amaos los unos a los otros”››.

[…]

‹‹Las colaciones tenían unas veces el carácter de prestación personal y otras el de contribución o tributo; y en ambos casos su objeto era favorecer y ayudar al prójimo necesitado. La colación la demandaba la viuda que no podía labrar sus tierras, o segar sus prados, o recoger sus cosechas; el vecino que había tenido alguna desgracia, como el incendio de su casa o la muerte de sus reses; y el matrimonio joven, que empezando a vivir, necesitaba construirse una casa. Pedida la colación al concejo, éste ordenaba y mandaba que todos los vecinos de la gran familia destinasen el día previamente señalado a dichas faenas agrícolas o bien a tirar piedra o madera para las casas››.

También esta cohesión comunitaria sufría el revés de la contemporaneidad:

‹‹En la actualidad, por virtud del progreso, los vínculos sociales son mucho más débiles que antaño››.

Fiestas y juegos populares

Hemos de apresurarnos a subrayar que durante el desarrollo de las actividades lúdicas de los adultos la abstinencia en el abuso de bebidas alcohólicas era la norma.

Se abordan las rondas de mozos, los juegos de bolos (de concurrencia intergeneracional), los bailes al son de la pandereta (con niños correteando entre las parejas), los juegos infantiles (de educativos valores morales y físicos), las romerías, los cantos (incluso se cantaba segando), etc.

Sobre este particular es posible asimismo hablar de retroceso:

‹‹desdichadamente el modernismo y la civilización, palabras sinónimas de impudor, desvergüenza e incultura, empiezan ya a introducirse en el valle, escondiéndose en salones oscuros y malolientes, y agrupándose en torno de la música horrible de los pianos de manubrio, para robar a las juventudes la lozanía del cuerpo y el vigor del alma. La ola invasora de afeminado modernismo que todo lo arrasa y lo iguala, tiende a acabar con las costumbres regionales, quitando a los pueblos el carácter que cual signo de fortaleza, recibieron por herencia››.

***

Finalmente decir que el autor se decanta por

‹‹la obra de regeneración de la patria››.

Y no por la ofensiva popular y auto-gestionada contra el ente estatal.


Bienes comunales en la comarca de la Sierra (Huelva), siglos XIII-XX. Una revisión bibliográfica

Escrito por jesusfrancosanchez 23-03-2018 en Andalucía. Comentarios (0)

Bienes comunales en la comarca de la Sierra (Huelva), siglos XIII-XX. Una revisión bibliográfica.


Por la autogestión de la salud

Escrito por jesusfrancosanchez 05-03-2018 en Presente. Comentarios (0)

Jesús Franco Sánchez

Heleno Saña


Al consultar varias referencias bibliográficas se comprueba que era habitual en los pueblos peninsulares, hasta la imposición del franquismo, la ayuda mutua entre la gente corriente para socorrerse ante determinadas situaciones vitales, importantes o críticas: nacimiento, desempleo, enfermedad, óbito…

Lo cuenta Iliá Ehrenburg en “España, república de trabajadores”. Las clases populares se autoorganizaban y se asistían; el estado, denominado republicano entonces, no se preocupaba de ellas, salvo para reprimirlas.

Lo cita Javier Escalera Reyes en “Sociabilidad y asociacionismo”. Lamentablemente este autor se decanta por estudiar en su libro las relaciones tejidas en casinos y peñas futbolísticas del Aljarafe sevillano, en lugar de aquella reciprocidad, cuya aprehensión resulta mucho más valiosa.

Lo describe Santiago Araúz de Robles en “Los desiertos de la cultura”. Donde se subraya la importancia del individuo en la sociedad rural castellana, que no se desdibuja en el acentuado comunitarismo.

Lo analiza Félix Rodrigo Mora en “El giro estatolátrico”. Quienes solicitan en manifestaciones lúdicas (con agitación de pancartas y selfie con nariz de payaso incluido) más y más sanidad “pública” coinciden en esta materia con el franquismo. Sorprendente afinidad que nace del irreflexivo culto al Estado. Y del autodesprecio.

Ese soporte recíproco iba unido al recelo de aquello que procediera del ente estatal, como refleja Antonio Limón Delgado en sus escritos de antropología rural andaluza.

La categoría de dignidad, concebida como la convicción de lo oportuno de hacerse cargo de la propia existencia, separaba al común de las personas del entramado estatal. Al irse modificando la relación de fuerzas entre unos y otros, aquél valor ha ido cayendo en el olvido hasta alcanzarse la penosa situación actual, en la que papá Estado lo es casi todo y las clases populares casi nada. El Estado y el Pueblo, uno ensoberbecido y otro degradado, se identifican y se funden. El que había sido el enemigo de la gente de a pie se hace su proveedor y su garante (1). La lucha de clases, entre gobernantes y gobernados, desaparece. En la defensa del Estado social llegan a agruparse por igual socialdemócratas, derechistas e “independentistas”.

Veamos. ¿Qué ha hecho la sanidad “pública”, la del Estado de bienestar, con sus desventurados pacientes? ¿En qué ha convertido el “poder de la bata blanca” a la persona media? En un ser dependiente, irresponsable, pedigüeño y que ignora cómo mantenerse sano. ¿Tal vez, a cambio, se pueda argüir que la medicina estatal ha posibilitado el logro de niveles altos de salud entre sus clientes o la erradicación de enfermedades? No. Los datos sobre patologías cardiovasculares, mentales, metabólicas o cáncer son concluyentes. A lo que hemos de sumar la iatrogenia o mal causado por el acto médico, que es mucho por el ultraintervencionismo técnico y farmacológico. Son dudosos logros la cronificación de procesos morbosos, la realización de resecciones quirúrgicas programadas o la normalización de parámetros fisiológicos por medio de fármacos.

La principal consecuencia nefasta del asistencialismo estatal sanitario no es, en modo alguno, la aplicación de un paradigma médico que por su propia concepción de la vida y de los fundamentos corporales es dañino. Ni las mafiosas prácticas de la industria farmacéutica como denuncia abundante bibliografía, la cual a continuación propone que la solución es exigir al Estado o a la UE la creación de instituciones, la promulgación de leyes y el establecimiento de mecanismos que regulen a aquélla, quedándose por ende en el reformismo, dentro del sistema.

En modo alguno lo decisivo del mal se sitúa ni en lo somático ni en lo económico. Por el contrario, es el ninguneo de las capacidades de la persona para ser y valerse por sí misma, y con sus iguales, lo central. Esta humillante realidad, que se maquilla con la retórica del empoderamiento y la ley de autonomía del paciente, es la que hay denunciar y revertir. Los sabelotodo sanitarios dictan lo que está bien y lo que está mal, lo que ha de hacerse y lo que no, y el paciente sólo ha de obedecer y someterse. Y de paso agrandarse como consumidor, en este caso de fármacos y tecnología médica.

Concretemos aún más. La experiencia muestra que situaciones de perinatología como el puerperio inmediato, los cuidados del recién nacido y la lactancia materna son manejadas por muchas madres y padres (y también abuelas y abuelos) con un grado de ignorancia que asombra (2). Es tan destructivo el paternalismo del tirano colectivo que arrasa con todo, también con el sentido común y la transmisión intergeneracional de saberes. El futuro que aguarda a los neonatos es bastante gris, a menos que sus progenitores o ellos mismos cuando sean adultos realicen un cambio radical a mejor en sus conciencias y conductas, apostando en este particular por la autogestión de la salud. Lo que les va a exigir estudio, reflexión y voluntad. Esfuerzo, por tanto, y abandono del delegacionismo y la comodonería. De lo contrario están abocados a reproducir lo estatuido: dejar en manos de los profesionales del ramo su salud corporal y mental, en una intolerable división entre “expertos”, transidos de egolatría y afán de lucro y medro profesional en muchas ocasiones, y menores de edad.

El de la salud mental es otro ámbito que causa pavor al conocerlo. Asimismo desde la experiencia. Si el Estado de bienestar ha originado, con la complacencia de la persona media, un importante sector de población incapaz de gestionar su propia salud, lo hecho con los “enfermos mentales” puede definirse, sin más, como la creación de un gueto. Hay quien califica este estado de cosas como “enrolamiento clínico, desenrolamiento social”. Tal es la desconexión de estas personas. Una etiqueta diagnóstica, una farmacoterapia especialmente nociva, una prestación monetaria y, en muchas ocasiones, la incapacitación jurídica es la trágica realidad en la que vegetan. Circunscribir a la consulta médica los males del alma es una manera de justificar el actual sistema social, político, económico, cultural, tecnológico, axiológico e ideológico, escamoteando con tal proceder el análisis y debate de los modos de ser, pensar y actuar impuestos por el Estado y el Capitalismo, que están en gran medida en el origen de aquellos sufrimientos. Esta heteroconstrucción es uno de los rasgos definitorios de la persona hoy en las sociedades con Estado, la cual genera sentimientos de vacío interior, ausencia de sentido profundo y extravío, y priva del dominio de sí y de lo exterior.

*

Dentro de la transformación ascendente, personal y colectiva, que aquí se preconiza, tomar las riendas de la propia salud es una tarea a llevar a cabo. Lo que no es presentado como valor absoluto sino como parte integrante de una mutación superadora de las formas presentes de entender y organizar la vida. Lejos de ser una monomanía o un instrumento para el desarrollo del ego, obviando la totalidad de lo real y nuestra dimensión de alteridad, es un componente necesario para avanzar hacia metas de trascendencia. Es un paso para hacernos mejores y capacitarnos así para contribuir a una revolución de conjunto.

Esbocemos unas nociones prácticas.

La soberanía alimentaria no es posible en el actual orden. En este asunto, como en tantos otros, lo determinante es la ausencia de soberanía política, civil y económica. Conquistar ésta es lo central y no hacerse vegetariano, opción a elegir según dicte la propia conciencia, ni el consumo de alimentos de cultivo ecológico que, además de ser elitistas por su abusivo precio, proceden de una agricultura regida por los principios capitalistas, subvencionada estatalmente y no exenta de perjuicio ambiental.

Hecha esta consideración con objeto de constatar la dificultad de alimentarse de forma sana debido a factores de naturaleza no trofológica, diremos que hay que desechar la concepción calórica del comer y considerar éste desde lo cualitativo. Qué comer es mucho más importante para la salud que cuánto comer. Éste ha de atenerse únicamente a lo frugal. Los alimentos han de ser cocinados en casa por procedimientos suaves y consumidos preferentemente en compañía. Legumbres, verduras y frutos son nutritivos, acordes con nuestra fisiología y permiten adquirir la costumbre de la recolección de silvestres, quehacer saludable como pocos, una experiencia para el contacto con la naturaleza que ofrece, generosa, alimentos y para sentir retazos del bien preciadísimo que es la libertad. Compárese esta civilizatoria labor con la de poner la mano en los dispensarios.

Huevos y miel son asimismo recomendables si se vive en pueblos, pues en la urbe se está abocado a adquirirlos de origen industrial. De entre los cereales optaríamos por el arroz. El mar nos brinda, ateniéndonos nuevamente a disponibilidades personales, una oportunidad muy interesante: la pesca con caña para autoconsumo.

Hemos de superar la gula, ésta nos convierte en cerdos satisfechos. Resulta un despropósito que, tras reducirnos a poco más que a la condición de aparato digestivo que engulle sin tasa, la sección del Estado en Andalucía pretenda legislar contra la obesidad. Más derecho positivo. En esta ocasión para la sociedad-granja. La cabaña humana ha de ser pastoreada hasta lo inaudito. Pero no olvidemos que a más ley, menos ética. Es la apoteosis del paternalismo en el sur peninsular, transformado en un inmenso bar, con turistas y autóctonos dispuestos a ingerir frituras y bebidas alcohólicas. El número de establecimientos existentes para comer y libar es inversamente proporcional al de personas de valía. La preponderancia de lo zoológico es la tumba de lo espiritual.

Había que destruir el campesinado, industrializar y maquinizar el agro. El autoabastecimiento era un atraso. Ahora tenemos una agricultura exportadora, que agota suelos y acuíferos, mercantilista, a la que se dedica un porcentaje ínfimo de la población, la cual tiene que adquirir en el supermercado manzanas y lentejas de lejana procedencia. Éste era el progreso.

Sigamos. La ingesta regular de plantas medicinales en infusión es sumamente aconsejable. Como lo es recuperar y difundir los conocimientos legados por nuestros antepasados sobre etnobotánica. Citaremos sólo dos plantas, de entre las muchas recolectables (o cultivables en casa) con propiedades preventivas y terapéuticas de variados síntomas. Una es el romero, regulador corporal y anímico, y otra la ortiga, a la vez nutritiva y depurativa. La comprensión y aplicación de esta dualidad en el plano estrictamente físico es muy oportuno. Nuestro soma, como adición interactiva de células y poblaciones bacterianas y víricas, precisa para su buena marcha de esta dialéctica de nutrición-depuración. Es bien conocido, dentro de la llamada medicina natural, que “las eliminaciones defienden la vida”. Hígado, pulmones, piel, colon y riñones han de ser estimulados para su correcto funcionamiento de drenaje. En esta labor nos es de ayuda también el ayuno. Asimismo el baño marino es un depurativo a través de ósmosis.

El postulado científico, realizado en la praxis médica ortodoxa, que señala como causantes de enfermedad a las alteraciones génicas y a los microbios no se sostiene. Ha de ser arrinconado por reduccionista, determinista y servir a una concepción de la existencia basada en la agresión. La dieta, entendida de forma amplia como estilo de vida, y las condiciones del entorno de residencia son determinantes en la buena salud, mucho más que atiborrar al organismo de vacunas y antibióticos. Es más acertado cooperar con los microorganismos que nos habitan que considerarlos nuestros rivales (3).

Otra polaridad a tener en cuenta es la de reposo-ejercicio. Aquí lo deseable es rechazar la pereza y configurarse unos hábitos ordenados, guiados por la voluntad. Establecer un programa de actividad física sencillo es factible, al margen de gimnasios y de obsesiones juvenilistas y corporales, el reverso del sedentarismo y la golosinería. No se pueden colmar las carencias de orden inmaterial con la entronización del ejercicio físico ni con el masticar y tragar reiterativos.

Caminar diariamente, pongamos una hora, mejor en un medio natural, solo o acompañado, otorga no sólo beneficios físicos sino también la posibilidad del silencio y la reflexión o la conversación, distanciándose del incesante ruido mediático. Esta sabia rutina puede completarse realizando estiramientos de extremidades y tronco, y algunas flexiones. Todo lo cual redundará en el mantenimiento del tono cardiovascular, respiratorio y músculo-esquelético. El transporte en vehículo motorizado, ya sea privado o “público”, ha de limitarse a lo mínimo.

*

Mens sana in corpore sano: el viejo lema de la medicina tradicional resulta cada vez más difícil de cumplirse, y ello por muchas razones, principalmente por las estructuras antihumanas del modelo de vida vigente, por la comercialización, la mecanización y la tecnologización del arte de curar y el mal funcionamiento de la sanidad en todos sus aspectos. Esta deformación de la medicina ha conducido a un incremento no sólo de las enfermedades somáticas descritas más arriba, sino también de las enfermedades del alma. También en este aspecto se confirma el carácter destructivo y tanático de la civilización moderna que describí en mi libro "La civilización devora a sus hijos". La índole irracional, represiva y deshumanizada de la vida moderna explica que el estrés, el insomnio, la angustia y el miedo siempre latente hayan pasado a ser fenómenos cada vez más generalizados. El "mi ser es miedo" que Kafka confesaba en una de sus cartas a su prometida Milena, se ha convertido en una experiencia común, empezando por el temor de perder el puesto de trabajo o de no encontrar ninguno, de ser arrojado a la calle y de convertirse en un paria social carente de pan y, a menudo, de un techo donde poder cobijarse. Por supuesto y por razones obvias, los afectados por estos traumas guardan para sí mismos lo que les ocurre. En una sociedad basada en el culto idolátrico a la competitividad, al optimismo sistemático y al éxito a toda costa, confesar los conflictos anímicos es como firmar su propia sentencia de muerte. Revelador en este contexto es asimismo que el consumo de fármacos, calmantes y soporíferos de la más diversa especie haya pasado a ser un hábito cada vez más extendido, sin hablar ya de la minoría amplia que recurre a la droga o el alcohol para afrontar sus conflictos psíquicos o del millón de personas que anualmente ponen fin a sus males por medio del suicidio.

La paz de espíritu que los grandes maestros del pensamiento universal han considerado siempre como la condición indispensable de una vida realmente colmada y digna de ese nombre, es cada vez más difícil de alcanzar. Lo que predomina es, a la inversa, la frustración, el descontento, el malhumor, el resentimiento y otros estados de ánimo de signo negativo que se manifiestan a menudo en forma de agresividad y de violencia abierta en el ámbito de las relaciones interpersonales y sociales, Norteamérica como ejemplo representativo de este fenómeno convivencial. ¡Cuánta razón tenía Paul Ricoeur al señalar que "vivimos en un mundo sin prójimos"!

Víctima del proceso de manipulación mental de la ideología dominante y del estado de alienación en que encuentra, el individuo medio carece de la autoestima y la fuerza interior suficiente para luchar solo o unido a otros contra las innumerables bellaquerías y atropellos del poder establecido. Su actitud predominante es la de interiorizar su sufrimiento en vez de proyectarlo hacia fuera en forma de resistencia contra el sistema opresivo en que está inmerso, único y verdadero causante y culpable de sus cuitas. Si hay algo más opuesto a la salud espiritual o al equilibrio psicosomático es la pérdida de la propia dignidad y de la autoconciencia, y no es por azar que uno de los designios fundamentales de las minorías dirigentes sea el de extirpar la autonomía y libre albedrío de la persona y convertirla en un ser pasivo incapaz de pensar y obrar por su propia cuenta y dispuesto, por ello, a cumplir religiosamente y al pie de la letra las consignas y órdenes que le llegan de fuera. Eso explica el conformismo reinante y la nula o escasa predisposición a rebelarse contra la injusticia reinante. El "homme révolté" reivindicado por Albert Camus en su libro del mismo nombre, ha pasado a ser desde hace tiempo una figura de museo y un bello recuerdo del pasado. Con escasas excepciones, la actitud que se ha impuesto es la obediencia de cadáver a los amos del mundo. Lo que por inercia mental se denomina sociedad civil, democracia o Estado de derecho, es en realidad una sociedad funcionando a toque de corneta en la que apenas se practica la civil disobedience reivindicada en su hora por Henry David Thoreau como raíz indispensable de toda sociedad realmente libre y soberana de sí misma.

Asistimos a la sorprendente paradoja de que el ciclo histórico que más abiertamente ha postulado el fomento del individualismo, es el mismo que ha reducido la individualidad a su dimensión más ínfima y superficial. Eso explica la propensión del individuo a asumir miméticamente los valores y modos de ser propagados por los aparatos publicitarios y mediáticos al servicio de la ideología dominante. Una de las consecuencias más graves a que ha conducido la despotenciación de la genuina y verdadera individualidad, es la pérdida de la dimensión societaria de la criatura humana y su capacidad para obrar en común con sus semejantes, un proceso de desocialización que favorece inevitablemente la estabilidad y continuidad de las condiciones de vida reinantes. O como escribía el gran sociólogo Helmuth Plessner: "Cuanto más avanza la funcionalización de la sociedad, tanto más se alejan sus miembros unos de otros y más problemático resulta el entendimiento entre ellos".

De la misma manera que el sistema ha sido incapaz de poner en pie un orden social mínimamente justo y racional, lo es también cuando se trata de elaborar y llevar a la práctica terapias y tratamientos médicos encaminados a contrarrestar los conflictos y traumas de la más diversa especie generados en el individuo por las estructuras irracionales y represivas a que tiene que enfrentarse continuamente. Las opciones curativas que ofrece al enfermo, lejos de reponer su salud tanto corporal como espiritual, no hacen más que convertirle en conejo de indias de la industria farmacéutica y cloroformizarle para que siga cumpliendo su papel de animal productivo. Y lo primero que el sistema se cuida de ocultar es que el enfermo de verdad es él, no sus víctimas.

Notas

(1) Según el artículo 43 de la Constitución española de 1978 ‹‹compete a los Poderes Públicos [sic] organizar y tutelar la Salud Pública a través de medidas preventivas y las prestaciones y servicios necesarios››. Pero, ¿por qué las personas no pueden proveerse por sí mismas, individual y colectivamente, de los conocimientos y medios necesarios para gestionar lo relativo a la salud? ¿Quizá carecen de los atributos y capacidades específicamente humanos para ello, o son perpetuas infantes?

(2) En la ponencia “Embarazo, parto y puerperio en la Sierra. Una práctica tradicional” de Margarita Lazcano y Elsa Colazao, ofrecen testimonio mujeres de Fuenteheridos, Cumbres Mayores (ambos municipios de la Sierra de Huelva) y Mértola (en el Alentejo portugués), las cuales dieron a luz en casa o ejercieron de parteras. El embarazo era asumido de forma natural, se encontraba integrado en la cotidianeidad, se producía sin intervenciones agresivas y, generalmente, sin control profesional. La forma habitual de parir era de pie, haciendo así el periodo expulsivo más fácil y fisiológico. La partera observaba escrupulosamente las normas de higiene. Reproducimos: ‹‹las experiencias contadas por las mujeres no recogen como una cosa mala, sino hermosa, el hecho de tener hijos en la propia casa y en medio de los propios, asistida y ayudada por ellos. Eran mujeres autónomas, seguras de lo que estaban haciendo e independientes, con mucha capacidad para enfrentarse y resolver situaciones difíciles y, sobre todo, que la solidaridad era la norma y una parte importante de su comportamiento social››.

(3) De mucho interés resultan las aportaciones de Máximo Sandín.


¿La época de mayor esplendor en Andalucía o la manipulación mental?

Escrito por jesusfrancosanchez 01-03-2018 en Andalucía. Comentarios (0)

La coerción jurídico-legal, la represión policial-militar, el cobro forzoso de tributos y el monopolio en la difusión de ideas y valores son algunos de los procedimientos empleados por el Estado para ejercer su razón de ser: dominar.

Quienes comulguen con los mensajes que el sistema dicta como ciertos y adecuados serán premiados, entre los que cabe citar a profesionales de la “información”, escritores, profesores, integrantes de la industria del ocio y el espectáculo, médicos… Quienes no, quienes disientan y propongan alternativas transformadoras por opuestas y superadoras de lo establecido, serán excluidos. Lo propio de un régimen totalitarista. Eso sí, enmascarado con el discurso huero de la democracia, los derechos y demás palabrería.

Emite Canal Sur TV, uno de los voceros mediáticos de la sucursal del Estado en Andalucía, unas imágenes a propósito de la celebración institucional del 28-F en las que un alumno de la escuela primaria repite una de las consignas que le inculcan en clase, siguiendo en este caso la interpretación histórica de Blas Infante (el padre de la patria andaluza, ¿quién será la madre? Tal vez pronto el feminismo del statu-quo dilucide esta cuestión), que Al-Ándalus fue la época de mayor esplendor en Andalucía.

¿Cuál era el estatuto de la mujer, los homosexuales y los ateos en Al-Ándalus? ¿Existía esclavitud? ¿Había procedimientos democráticos para la toma de decisiones sobre el gobierno de la vida toda? ¿Cuál era la distribución de la propiedad de la tierra? ¿Supuso la invasión islámica una ruptura a mejor civilizatoriamente con respecto a periodos anteriores? ¿En qué condiciones laborales se construyeron los edificios que hoy son objeto de devoción (y fomento institucional) turística? ¿Cuál era la situación del campesinado y, en general, de las clases populares? ¿Cuál la del medio natural? ¿Qué ocurría, en relación a los anteriores asuntos, en las zonas peninsulares no islamizadas?

Tomemos el voluminoso texto “Historia general de Andalucía”, de José Manuel Cuenca Toribio, que da respuesta a algunas de las interrogantes.

Unas clases dominantes y hegemónicas impusieron su ‹‹ley de hierro›› a la masa de la población. Aquéllas, las de la corte emiral y califal, tenían ‹‹un elevado tono de vida››, con ‹‹afán de lujo y ostentación››.

El régimen se apoyaba en la ‹‹fuerza desnuda›› de un ejército permanente; en la fiscalidad (la monetización era ‹‹un agente estatal››); y en la centralización burocrática, siendo la ciudad base de la división administrativa, y proscribiendo ‹‹toda soberanía local y regional››.

Los mercaderes comerciaron con esclavos, por ejemplo con ‹‹la mercancía femenina de los mercados de esclavos de Córdoba, Sevilla, Almería…››. La condición de la mujer ‹‹apenas sí sobrepasó el de reproductora de la especie››.

Se disciplinó el trabajo campesino para hacerlo ‹‹más productivo y sistemático››.

‹‹El hilo conductor que nos guía con más fiabilidad es aquél que no fija solución de continuidad sustancial en el régimen de propiedad de la tierra por los duques y seniores visigodos e hispanorromanos y el de los árabes, que establecieron el sistema latifundista […] El dominio de la tierra se convirtió, al paso de los días, en propiedad pura y simple de la aristocracia árabe y de la influyente oligarquía siria››. En esto, como en todo lo esencial, ‹‹la España [sic] arabizada seguía siendo la misma España goda, trocado uno por otro invasor››. Continuidad que ha de ser llevada hasta la dominación romana.

La tradición jurídica andalusí se caracteriza por el ‹‹conservadurismo››. La literatura es ‹‹fundamentalmente aristocrática››, despreciadora de la popular.

En cuanto a realizaciones materiales, salvo alguna que otra ‹‹arquitectónica o viaria de cierta entidad […] Roma perdura en Córdoba hasta el fin del Califato››.

Cuenca Toribio admite ‹‹el grado de autonomía y democracia de los concejos castellano-leoneses de los siglos XI y XII››. Cita a Claudio Sánchez-Albornoz, para quien la condición jurídica de las clases populares de los reinos norteños se basaba en ‹‹el respeto a sus propios y recíprocos derechos››, su ‹‹sentido y valor de la libertad política›› y su organización en ‹‹municipios libres››, batalladores por la limitación de la autoridad regia. Un criterio similar es el de Nicolás Tenorio y Cerero en “El concejo de Sevilla”: los concejos de Castilla significan ‹‹la emancipación del estado llano›› y son ‹‹instituciones verdaderamente libres››.

Por tanto, nos preguntamos, ¿cómo es posible que de una sociedad, la no sometida al dominio islámico, acostumbrada al servilismo feudo-estamental, como se nos ha contado, surjan el comunal, el concejo abierto o el derecho consuetudinario?

La implantación con facilidad en el sur peninsular del regimiento o concejo cerrado que sustituye a la asamblea decisoria de vecinos durante la baja edad media, aunque hubo resistencia en la Alta Andalucía, se debió de una parte a la inexistencia de una tradición democrática previa que mantener y, de otra, a las condiciones de reflujo civilizatorio (crecimiento de la corona y mengua del pueblo en los territorios peninsulares no islamizados) en que acontecen los procesos de conquista, repoblación y repartimiento andaluces.

*

Hay que señalar la tristísima función desarrollada por los trabajadores asalariados del periodismo. Han quedado reducidos a meros correveidiles de los poderes establecidos. El éxito profesional, el lucro, la fama o simplemente una nómina han desbancado a la verdad y a la honradez.

Pero no menos corresponsables son los papás y las mamás, al delegar las tareas educativas en los mercenarios del Estado social. Se ha de reivindicar y poner en práctica la autogestión del conocimiento y la resistencia frente a la manipulación planeada por el ministerio de educación y otros agentes de la uniformización mental. Para ello será imprescindible dedicarse al estudio, la reflexión y al trabajo de conversión interior y abandonar los pasatiempos banales y las metas burguesas de comodidad material.


Ha sido publicado el libro "Ética y revolución integral"

Escrito por jesusfrancosanchez 27-02-2018 en Presente. Comentarios (0)

Escrito por Félix.

Fruto de una preocupación intensa y permanente por los problemas morales y axiológicos, de la sociedad y del individuo, un equipo de cuatro amigos hemos publicado el libro “Ética y revolución integral. Reflexiones para una sociedad convivencial”.

La obra es el resultado de años de trabajo.

Su meta es favorecer el desenvolvimiento de una sociedad moral, asentada en valores, en la que la virtud personal y la virtud cívica sean pilares fundamentales de una vida nueva, con especial atención a lo convivencial y relacional, es decir, a lo afectuoso y amoroso. Todo ello enfocado de un modo revolucionario, sin concesiones hacia el eticismo o la falsa espiritualidad, haciendo de la moralidad una herramienta cardinal en la transformación revolucionaria de la sociedad, con la autotransformación de la persona, o autogestión del yo, como integrante de primera magnitud.

El texto es plural, pues cada una de los cuatro capítulos proporciona una interpretación propia y singular, aunque unidos por la voluntad de contribuir a la realización de una revolución ética y axiológica, en el interior de cada persona y en la totalidad del cuerpo social. Mi parte se titula “El yo y la ética. Manifiesto a la juventud”. Los cuatro estamos convencidos que sin revolución ética no puede haber revolución social.

El libro lleva un Prólogo de Heleno Saña, el autor de una obra imprescindible, “Breve tratado de ética”.

Ha sido publicado por Potlatch Ediciones. La autoría es de Jesús Franco Sánchez, Félix Rodrigo Mora, Rafael Rodrigo Navarro y Ricard Vidal Miras. Tiene 301 páginas, en papel hueso y con una cuidada portada.