Ética, Dignidad y Autogestión

La transformación de Monachil

Escrito por jesusfrancosanchez 07-08-2017 en Andalucía. Comentarios (0)


Los resultados de la brega del ente estatal por liquidar el mundo rural peninsular en la contemporaneidad se harán evidentes a partir de la segunda mitad del siglo XX.

En las sociedades andaluzas se producirán fenómenos como la tecnificación y mecanización de los cultivos, la extensión del regadío y el desarrollo de la agricultura intensiva en invernaderos; la instauración en el medio rural de industrias agroalimentarias y de producción de insumos agrarios; la especialización turística, con la consecuente urbanización y terciarización de la economía; o la expansión del sistema de ciudades al espacio rural.

‹‹Estudio antropológico de un proceso de transformación cultural. Poner Monachil en el mapa››, Pablo Palenzuela Chamorro y Javier Hernández Ramírez, analiza el cambio sociocultural de este municipio granadino en relación a lo apuntado arriba, comprendiendo desde los años cuarenta hasta los noventa del siglo pasado.

Monachil es una pequeña población de media montaña, situada en las estribaciones de Sierra Nevada y dentro de la zona de influencia de la ciudad de Granada.

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Hacia 1940 Monachil era ‹‹un municipio de base económica agropecuaria››. Las actividades agrícolas se realizaban en valles y mediante bancales, siendo los cultivos del cereal y de la patata los más importantes; asimismo era significativa la producción de aceitunas. Sierra Nevada fue definida como una ‹‹cordillera de campesinos››. El sector pastoril fue igualmente destacable, fundamentalmente debido al ganado menor ovino y caprino. La capital granadina era la receptora de los excedentes de tales actividades, así como los procedentes de las pequeñas industrias, que ‹‹aprovechaban recursos naturales del término municipal››.

Por tanto, existía una ‹‹profunda imbricación entre producción local y territorio››.

La aparcería y el arrendamiento como sistemas de tenencia de la tierra posibilitaban que las medianas y pequeñas explotaciones fueran numerosas, si bien ‹‹la propiedad jurídica de la tierra estaba concentrada en pocas manos››. Las familias jornaleras excluidas de tales regímenes de acceso a la tierra (algunas residían en cuevas) eran aproximadamente un tercio de la población total del municipio. La inscripción en el Padrón Municipal de Beneficencia, los trabajos de repoblación forestal o la emigración temporal constituyeron algunas de las vías de soporte para las economías maltrechas.

Es oportuno indicar la importancia que no sólo la pequeña propiedad tuvo en el sudeste peninsular sino también la colectiva. Así, los monachileros habían construido su identificación local a partir de ‹‹la consideración del territorio como comunal y exclusivo de los vecinos››. Las prácticas agrosilvopastoriles, de carácter familiar, se sustentaron además en la existencia de relaciones personales, intensas y frecuentes. Éstas, todavía mediado el siglo pasado, estrechaban ‹‹los vínculos de cooperación entre vecinos y atenuaban los conflictos derivados del desigual disfrute de los recursos locales››. La existencia de sistemas de ayuda mutua, fiestas de carácter comunal y otras formas de solidaridad reforzaban la ‹‹cohesión social››.

La construcción, la industria y los servicios, por el contrario, eran todavía sectores poco desarrollados.

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Los primeros años de la década de los sesenta marcarán un ‹‹claro cambio de la orientación económica del municipio››. Tendrá lugar una ‹‹triple especialización››: agropecuaria, residencial y turística.

La primera, centrada en el núcleo Monachil-pueblo, orientará sus cultivos (judías verdes y cerezas) hacia la competitividad en el mercado, dando de lado a aquellos tradicionales; la ganadería irá convirtiéndose en una actividad de carácter residual (‹‹la venta de leche puerta a puerta fue lánguidamente desapareciendo››) ante el empuje de las centrales lecheras y la exigencia de garantías sanitarias. De otra parte, los aprovechamientos forestales (leña, esparto, plantas aromáticas…) ‹‹desaparecen como actividades importantes a fines de los años cincuenta››.

La segunda se desarrollará en el Barrio de la Vega, sobre todo en el monte Los Llanos, percibido por el vecindario como comunal. Suelo que de forestal pasará a ser urbano. Esta construcción de viviendas ‹‹supone la culminación del proceso de mercantilización y privatización iniciado a mediados del siglo pasado [XIX] con los decretos desamortizadores››. Los monachileros lo vivirán como un expolio territorial. Dicha transformación propiciará también un ‹‹crecimiento vertiginoso›› del sector de la construcción. La política llevada a cabo favorecerá ‹‹claramente a los promotores urbanísticos, al capital especulativo y al desarrollo urbanístico acelerado››.

Y la tercera se concretará en la estación de esquí de Pradollano-Solynieve. Hasta la década de los años sesenta, ‹‹las actividades producidas tradicionales desarrollaban, a lo largo del ciclo anual, un uso estacional del territorio››. Así, la relación hombre/territorio en la sierra era ‹‹de baja intensidad››. A partir de entonces Sierra Nevada conformará uno de los lados del ‹‹triángulo turístico›› de la provincia de Granada, junto a la capital y la costa del sol granadina. Los monachileros perciben este caso como una usurpación de los recursos, de la riqueza generada en esta parte de su territorio; la operación fue ‹‹totalmente externalizada››. El desarrollismo franquista, al incluir la sierra en los planes urbanísticos, originó ‹‹al cabo de unos pocos años la contaminación del río Monachil››, del que antes se bebía, además de ‹‹la erosión de zonas con escasa cubierta vegetal›› debido a otras obras emprendidas. Posteriormente, en la década de los años ochenta, la Junta de Andalucía comprará ‹‹un gran número de acciones›› de la sociedad que gestionaba la estación; participarán también en su sostenimiento otras administraciones “públicas”, pero no por ello los fines se modificarán: ‹‹la urbanización-promoción de suelo urbano y la explotación de los medios mecánicos››. El ‹‹espectacular crecimiento›› del sector servicios desde finales de los sesenta no se ha producido entre los monachileros por la estación invernal, sino que la mayoría de los empleados en dicho sector trabaja en Granada. También la población femenina que labora en el servicio doméstico ha aumentado considerablemente.

La acción política de los ayuntamientos “democráticos” de Monachil no cuestionará el modelo desarrollista heredado del franquismo, más bien lo favorecerá.

La especialización económica y territorial originará ‹‹la percepción general de una clara diferenciación objetiva entre Monachil-pueblo y los otros dos núcleos poblacionales››. Con dos formas de ‹‹interacción social››: para una informante, ‹‹esto [Barrio de la Vega] está como más capital, la gente como más a lo suyo y allí [Monachil-pueblo] todo como en familia››.

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Las estrategias para la subsistencia se reorientarán entre los monachileros desde principios de los años sesenta. Aquéllas consistirán en una ‹‹diversificación de actividades›› (trabajo asalariado múltiple), una ‹‹pluralidad de bases económicas››1 (combinación de la explotación agrícola o ganadera con otras actividades. La persistencia en el cultivo de la tierra ‹‹significa mantener los vínculos de unión con sus raíces y con su pueblo››, además de una garantía ante situaciones precarias. Por ello, ‹‹los viejos se alarman ante los escasos conocimientos que los jóvenes tienen sobre la agricultura››) y ‹‹autoempleo›› (constitución de pequeñas y medianas empresas, cooperativas de trabajadores, o servicio doméstico).

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Para los autores, las modificaciones operadas, tanto en la base material como en la identificación local, son achacables al ‹‹efecto de la intensificación de las relaciones capitalistas››.

Pero hay que señalar al Estado como sujeto agente número uno de la radical mudanza de las sociedades ibéricas en los últimos 250 años. El derecho positivo, los tributos, el adoctrinamiento, el salariado y las armas quebraron especialmente el modo de vida campesino.


1 Se ha de incluir entre ellas a las prestaciones asistenciales estatales, que durante las últimas décadas conocieron un auge por medio de la instauración del binomio PER-Subsidio, que sustituyó al Empleo Comunitario, con el PSOE en el gobierno. Para los jornaleros, el Estado fue siempre el aliado natural de los propietarios. La Guardia Civil reprimía cualquier acción que atentara contra la propiedad. Tras la Transición, un proceso histórico en el que no hubo ruptura sino una reforma consensuada y dirigida por unas élites que negociaron “desde arriba” la permanencia de los “poderes fácticos”, se institucionalizarán y consolidarán las ayudas al desempleo, y el Estado se presentará ante el colectivo campesino con una nueva faz, la de benefactor. El Estado, los Ayuntamientos y el Patrón se convertirán en un “socio” imprescindible para el sector jornalero. El primero otorgará la prestación, el segundo empleará a través del Plan de Empleo Rural, y el tercero facilitará las peonadas necesarias (aun sin realizar el trabajo) para el cobro del subsidio. Las estrategias de supervivencia ya no serán colectivas sino individuales o familiares. Además surgirán nuevas redes clientelares en torno a alcaldes (el PSOE alcanzó éxitos electorales en el medio rural), propietarios y otros. El Estado logró con estas medidas desviar la lucha de clases, evitar el antagonismo y el enfrentamiento directo, en un momento, los años ochenta, en el que el movimiento jornalero conoció un “resurgimiento” por varias razones que no señalaremos aquí. La estabilidad en la percepción del subsidio agrario desactivó las protestas, borró los horizontes reivindicativos de transformación social y consumó la disolución del campesinado. ‹‹La historia de Andalucía a debate. Volumen I. Campesinos y jornaleros››. Manuel González de Molina, editor.


Algunas certezas sobre la guerra civil española

Escrito por jesusfrancosanchez 17-07-2017 en Recuperando la historia. Comentarios (0)

‹‹La historia es testigo de los tiempos, luz de la verdad, vida de la memoria, maestra de la vida, mensajera de la antigüedad››, Cicerón.

‹‹Las fuerzas morales constituyen uno de los asuntos más importantes de la guerra››, Karl von Clausewitz.


Se pretende dar continuidad al texto “Mitología moderna: el ejemplo de la II República española”, en el que sintetizábamos los contenidos de la obra de Félix Rodrigo Mora sobre dicho fenómeno histórico. Para ello, se recogerán los factores de génesis, desarrollo y resolución de la Guerra Civil española expuestos en aquélla, “Investigación sobre la II República española, 1931-1936”.


  1. La Guerra Civil fue, en lo esencial, ‹‹una guerra preventiva contra una situación cuasi-revolucionaria en desarrollo de las clases trabajadoras, en particular de las rurales, en muchos territorios sometidos al Estado español››.

La pregunta cardinal es ¿por qué hubo una guerra civil en España? Responder a ella ‹‹desde la intrahistoria y la naturaleza concreta del orden social, averiguar el qué y porqué sin quedarse en el cómo es lo historiográficamente necesario››.

En la primavera de 1936 la fractura social debido al antagonismo II República-Pueblo ‹‹ya no podía ser resuelta desde y con el parlamentarismo, según los intereses de las élites del poder››.

La acción ‹‹espontánea, apartidista y asindical›› de las clases populares se desbordaba de forma creciente. Se produjo un abandono de los pueblos de patronos, burgueses, directivos… así como de ‹‹diversas autoridades del Estado››, debido al ‹‹vencimiento de facto de la guardia civil››, instrumento principal, y aborrecido por el campesinado, para ‹‹imponer [empleando ‹‹la fuerza con el mayor rigor, desde la tortura hasta el ametrallamiento de multitudes››] la propiedad privada capitalista en la agricultura, cobrar los tributos, realizar la recluta forzosa de quintos, aplicar el patriarcado, efectuar la hegemonía de la ciudad sobre el campo y hacer cumplir la legalidad toda emanada de Madrid››. Se sumaron numerosas huelgas: obreros de la construcción, metalúrgicos, cerveceros, trabajadoras de la confección, empleados de industrias químicas, madera, hostelería, agua, gas y electricidad, camareros, etc.

El poder estatal y el capitalismo1 se desmoronaban ‹‹en beneficio de los nuevos poderes locales de tipo popular››. El antagonismo entre el Estado y el vecindario es ‹‹la clave primera para interpretar lo que sucedió››.

Dado que la República no pudo contener la situación, ‹‹tuvo que intervenir el ejército››.

La República había fracasado en el cumplimiento de su misión2 (‹‹garantizar la paz social, vertebrar al país, reforzar al ejército, fomentar la industrialización, desarrollar el aparato estatal, hacer de España una gran potencia colonial, garantizar y acelerar la acumulación de capital, asimilar a los pueblos no españoles con los estatutos de autonomía, desarticular la resistencia rural a la modernidad y nacionalizar a las clases modestas, aculturándolas3››) y debía ser sustituida.

Así, el alzamiento del ejército español, de nuevo axial ya que el aparato militar es ‹‹el componente decisivo de todo Estado››, fue contra las clases populares, cuya insurgencia esos meses, particularmente en el campo, ‹‹terminó por desbordar al gobierno de Frente Popular››; sólo secundariamente contra la República como sistema de dominación, ya inservible para las élites del poder, cuyo designio era ‹‹relanzar a España en tanto que potencia imperialista de rango medio››. A lo que el mundo rural suponía un obstáculo y ‹‹tenía que ser aniquilado››.

‹‹El estudio detallado e imparcial de lo que efectivamente sucedió en la base de la sociedad entonces, que apenas ha sido iniciado, es una de las grandes tareas historiográficas pendientes››.

La insurrección militar se hizo en primer lugar para ‹‹salvar a España›› de los peligros del “caos” y la “desintegración”. Sólo en un segundo momento, y de manera subordinada, los militares ‹‹se oponen al sistema jurídico-político parlamentarista y partitocrático, que en ese tiempo era republicano (hubieran hecho lo mismo en caso de ser monárquico), para instaurar una dictadura››. Una dictadura militar con maneras fascistas.

Lo decisivo, hay que enfatizarlo, fue ‹‹la presencia y función del ejército, vale decir, del aparato estatal4››.


  1. Al menos tres conspiraciones militares confluyeron en fechas anteriores al inicio de la guerra civil.

De una parte, ‹‹la de los jefes y oficiales de la UME››, de otra, ‹‹la de la junta de generales con sede en Madrid››, y finalmente, ‹‹la urdida por Mola desde Navarra››. La actuación de las tres fue ‹‹de forma paralela e independiente, manteniendo contactos episódicos, aunque la que proporcionó el grueso de la estrategia realmente aplicada fue la establecida por Mola››.

El 8 de marzo de 1936 tiene lugar un ‹‹encuentro clandestino de los principales mandos del ejército, Franco incluido››. En él aún se confía en que ‹‹el Frente Popular desarticule y paralice el auge cuasi-revolucionario de las luchas populares››. Asimismo se proyecta y organiza el levantamiento, que ‹‹sólo se desencadenaría en el caso de que las circunstancias lo hicieran absolutamente necesario››. Lo que se materializa en abril-junio de 1936, al ser el cuerpo armado de la guardia civil ‹‹arrollado por la acción popular››. Se hace, por tanto, ‹‹necesario acudir a una gran operación de policía contra el pueblo/pueblos, dirigida y realizada por la institución castrense››.

Los jefes militares se sirvieron de ‹‹la información proporcionada por los servicios secretos y los aparatos policiales, en particular la guardia civil››. En los archivos de este cuerpo policial, encargado de vigilar y constreñir al mundo rural, epicentro de la gran conmoción, ‹‹tienen que estar las claves fácticas del porqué de la guerra civil o, lo que es lo mismo, los datos más completos de la situación de flujo cuasi-revolucionaria de las multitudes, las agrarias sobre todo, en la primavera y verano de 1936››.

Tanto el ejército como el resto de las instituciones estatales, además de la clase patronal, ‹‹esperaron hasta el último momento›› para lanzarse al baño de sangre. ‹‹La guerra civil representó para España una verdadera catástrofe económica››.


  1. El Pueblo, entendido como la gente común sin poder y apartidista, ‹‹no estuvo con ninguno de los dos contendientes››, especialmente en la ruralidad.

‹‹En la primavera-verano de 1936 la gran mayoría de las luchas agrarias las convocaban las organizaciones locales, no los organismos dirigentes, y ni siquiera los provinciales, de los sindicatos […], esas masas autónomas y ya no sometidas a control sí eran peligrosas para el Estado››.

Los ‹‹cientos de miles de afiliados›› a los partidos y sindicatos afectos al Frente Popular van a ir ‹‹distanciándose e incluso rompiendo con sus organizaciones en los meses de la primavera y verano de 1936 […] al constatar la torcida trayectoria de aquéllos››.

La izquierda, sólo atenta a ‹‹lo fisiológico, monetario y consumista››, concepción habitual del obrerismo, no logró ‹‹establecer lazos sólidos con las clases populares››, quienes solían considerar con más estima la dignidad o el amor al prójimo. Además, el PSOE [‹‹un partido de Estado para obreros pero no un partido obrero››] y el resto de la izquierda en los años previos al conflicto carecieron de un programa que les permitiera ‹‹persuadir cualitativamente a los sectores más avanzados. Su previa derrota intelectual fue parte decisiva de su derrota política y militar en 1939››. La separación entre la izquierda y los trabajadores fue un hecho de ‹‹enorme importancia para explicar la victoria de Franco››.

La política represiva de la II República contra las clases laboriosas propició la desafección de éstas hacia aquélla. Por ello, el republicanismo y el frentepopulismo izquierdista, al generar con su actuar violento y persistente la desmovilización de las clases populares5, ‹‹fueron elementos causales determinantes para que el ejército, la Falange y Franco se alzasen con la victoria en 1939››. Asimismo, un factor que facilitó el triunfo del franquismo ‹‹por inhibición de amplios sectores populares›› fue la ejecutoria caciquil y monetizada de la socialdemocracia6.

La II República fue ‹‹expresión reafirmada de los privilegios de la gran urbe y la industria. Esto contribuye [también] a explicar la pasividad y mentalidad del campesinado en la guerra civil››.

Un dato importantísimo para calibrar ‹‹la agresividad anti-rural y anti-civilizacional de la II república›› es que no hubo prácticamente guerrilla campesina republicana antifranquista ni quintacolumnismo antifascista urbano en 1936-1939. ‹‹Sin duda, una potente guerrilla campesina7 operando en la retaguardia del franquismo durante la guerra civil le habría desarbolado››. Tampoco existió guerrilla antirrepublicana.

Otro dato esclarecedor al hilo de lo comentado es el siguiente: a la llamada para la inscripción en la cenetista columna Durruti (el cual, por lo demás, ha sido sobrevalorado ‹‹en tanto que supuesto revolucionario proletario››), que partió de Barcelona para tomar Zaragoza en los primeros días del conflicto, se esperaban 12.000 milicianos pero se presentaron menos de 3.000. ‹‹Lo que se repitió una y otra vez, a pesar (o quizá por ello) de que el gobierno republicano asignó a los milicianos una soldada crecida, 10 pesetas diarias, bastante superior a la percibida por sus oponentes del bando franquista››.

Por no citar también que ‹‹cuando el ejército de Franco avanzó por Extremadura8 en el verano de 1936 no halló, salvo alguna excepción parcial, un campesinado entusiasta del Frente Popular ni del régimen republicano, aunque tampoco del franquismo. La posición ampliamente mayoritaria de aquél fue negar el apoyo a los dos bandos››.

Así, con el pueblo distanciado de republicanos y nacionalistas, la guerra civil ‹‹fue una pugna entre dos minorías, entre dos formas de poder, por tanto, dos modos de Estado y dos modos de capitalismo››.


  1. Durante los dos primeros meses de la guerra, la actuación popular ‹‹tuvo bastante aunque no lo suficiente, ni muchísimo menos, de revolución auténtica››.

El pueblo/pueblos, entendido como ‹‹causa agente del devenir histórico […], erró, se equivocó, flojeó, falló, no estuvo a la altura de lo que las circunstancias demandaban››. Que en la primavera de 1936 era ‹‹planear, alentar y organizar la revolución››. Situación que no se constituye plenamente; sólo era un ‹‹escenario de ingobernabilidad ascendente››. Había un cuestionamiento integral del Estado ‹‹aunque sin una estrategia coherente››.

La etiología de ello hay que situarla en la debilidad en el seno del Pueblo del ‹‹factor consciente››. Las clases populares se hallaban situadas en una posición defensiva, localista y sin considerar el futuro: ‹‹buscaban impedir que el ente estatal, las nuevas tecnologías agrarias, las grandes infraestructuras, la hegemonía del mercado, la agobiante presión del aparato fiscal y la tiranía del dinero alteraran su muy estimado modo de vida››, colectivista y autogestionado, pero carecían, ‹‹salvo de forma vaga, intuitiva e imprecisa›› de un proyecto para derrocar al Estado y la gran empresa9.

‹‹La voluntad popular›› no se expresaba en las urnas sino en las movilizaciones que se sucedieron en la primavera y verano de 1936. Tales actos de afirmación ‹‹no tienen en sí un carácter plenamente revolucionario consciente, pero sí se encaminan a crear más y más espacios de libertad donde la presencia o influencia de los poderes totalitarios en activo sea nula o al menos lo más exigua posible››.

‹‹El pueblo/pueblos desacertó en diversas cuestiones decisivas en un momento histórico preñado de enormes posibilidades emancipadoras. Al actuar del modo que lo hizo repetía los errores que llevaba siglos cometiendo››.


  1. En modo alguno pueden aducirse el hambre y la pobreza como ‹‹causa agente de la guerra civil››.

Durante los decenios anteriores a la contienda ‹‹el nivel de consumo, la esperanza de vida, la adquisición de bienes y otros factores estuvieron mejorando progresivamente››.

Esta mejora material fue lograda en modo alguno por ‹‹la política y legislación republicanas, rigurosamente parciales hacia la clase empresarial››, sino gracias a ‹‹la continua agitación social››, a ‹‹la colosal capacidad de autoorganización y movilización de las clases populares entonces frente a las instituciones y la patronal›› y a ‹‹la elaboración y realización de numerosas formas de ayuda mutua, asistencia cooperativa y otras10››.

No obstante, ello no afectó en nada importante al ‹‹flujo cuasi-revolucionario del movimiento rural, lo que prueba que [el bienestar material] no era la meta de las movilizaciones, sólo un epifenómeno. En efecto, lo que estaba en ejecución era un gran choque civilizacional, un conflicto entre dos cosmovisiones, y no una rencilla por más dinero, más bienestar fisiológico y más consumo››.

Los comportamientos revolucionarios y combativos se dieron por ‹‹la riqueza espiritual de las clases populares de aquella formación social››. Vale decir, por ‹‹la calidad del sujeto››. Lo cual ‹‹arroja un gran jarro de agua fría sobre la concepción económica/economicista de la historia, la sociedad y el ser humano››.


  1. El aparato estatal español quedó dividido en sus componentes ejército y policía.

Esta escisión ‹‹fue bastante importante en el inicio y desencadenamiento de la guerra civil, así como durante toda ella››. Lo que ha de relacionarse con el tradicional apoyo manifestado por los republicanos al ‹‹imperialismo anglo-francés››. Durante la guerra los republicanos ‹‹fueron antifascistas también (y en bastantes casos sobre todo) para cooperar estratégicamente con Francia e Inglaterra, enfrentadas a Alemania e Italia››. Los facciosos no consiguieron la unanimidad deseada por ellos.

Hubo, por tanto, un ‹‹apoyo activo de numerosos oficiales al bando republicano, en particular en infantería e ingenieros. Lo mismo en el cuerpo de asalto que quedó en sus dos tercios leal a la república, mientras la guardia civil y los carabineros se dividieron mitad por mitad››. Que una parte del aparato militar tomase partido por la República sucedió mucho más por influencia de Francia e Inglaterra que ‹‹por ideales y convicciones, colectivas o personales››.

Veamos el caso de Barcelona. Donde en el sofocamiento de la rebelión militar ‹‹quienes desempeñaron una función determinante fueron la guardia de asalto y la guardia civil, que se mantuvieron leales al gobierno del Frente Popular con escasas excepciones, y una parte de la oficialidad del ejército de tierra así como todo el ejército del aire […] además del cuerpo de carabineros››. Sin estos actores, ‹‹las milicias obreras (en realidad milicias de partidos y sindicatos obreristas) habrían sido muy insuficientes para contener y derrotar a los militares que se habían pronunciado, sobre todo por carecer de una estrategia y un proyecto global de acción revolucionaria››.

En definitiva, existe ‹‹un ejército fraccionado en dos porciones que chocan entre sí. Las fuerzas políticas y sindicales adscritas al gobierno de Frente Popular no estaban preparadas para lo que aconteció, desempeñando una función importante pero con todo secundaria››.


  1. Fue general la inexistencia de ‹‹organismos de participación directa, obrera y popular, de naturaleza asamblearia, en la toma de decisiones políticas, sociales, culturales y económicas en la zona republicana››.

Una vez inhibida la ‹‹semi-espontaneidad popular de los dos primeros meses de guerra›› (la gente común alcanzó ‹‹logros revolucionarios, parciales pero muy auténticos, allí donde había sido vencido el levantamiento militar››) se va a instaurar en el territorio liberado del poder militar insurgente ‹‹una dictadura de los partidos políticos y los sindicatos [a través de los Comités y Consejos Municipales] afectos al orden legal republicano››, cuyo artefacto estatal se verá reconstruido desde el otoño de 1936; tarea en la que se unirán la socialdemocracia y el anarquismo, mayoritariamente. El poder de los comités desplazará ‹‹al de las clases populares, con el que convivió durante unos pocos meses. A su vez fue desplazado/integrado por el poder de la Generalitat/Estado republicano español››.

Los mencionados Comités, en empresas y fábricas, fueron ‹‹organismos de poder no subordinados a las bases, sino a la dirección de los respectivos partidos y sindicatos, o a los organismos del poder estatal republicano›› a medida que se iban rehaciendo. Los partidos y sindicatos de la izquierda se constituyeron en ‹‹nuevo capitalismo de Estado››, dueño de los medios de producción. Surgieron conflictos graves con los trabajadores, ‹‹incluidas huelgas y otras formas de resistencia obrera››.

Esta aplicación del parlamentarismo a las condiciones del momento, con los partidos y sindicatos ejerciendo simultáneamente de ‹‹nuevo poder estatal y nueva burguesía›› propició que ‹‹la mayor parte de la población considerase la guerra como algo ajeno y no lograra alcanzar un particular compromiso con la meta de derrotar al franquismo››. A partir de finales de 1936, ‹‹ya apenas nadie del proletariado deseaba voluntariamente ir al frente […], de manera que hubo que acudir a llamar y llevar constrictivamente a las sucesivas quintas››.

Las colectividades agrícolas de la guerra civil sólo tenían de tal el nombre, ‹‹salvo quizá alguna excepción, al ser una forma específica de capitalismo [neo-empresas] y estar dirigidas por el Instituto de Reforma Agraria››.

Las colectividades estaban guiadas ideológicamente por ‹‹el productivismo, el desarrollismo, el afán modernizador, la preferencia por el consumo material, la hegemonía de la ciudad sobre el campo y el culto por la tecnología11 […], sacrificaban a los seres humanos a las metas económicas: todo eso, en sí mismo, es capitalismo››.


  1. Las fuerzas antifranquistas en 1936-1939 adolecieron de una ‹‹grave debilidad moral››, la cual, constituida en los años republicanos, ‹‹fue un factor causal de primera importancia en su derrota››.

En el Estado totalitario, policial y legicentrista que fue la II República no hubo lugar para ‹‹la convicción interior del individuo ni su valía ética ni [para] la virtud cívica››, nociones que sólo pueden ‹‹arraigar y fructificar bajo la libertad››. En muchas unidades del ejército republicano era corriente ‹‹la falta de convicción, entusiasmo y combatividad de los soldados››, quienes desertaban a menudo; también en la retaguardia ‹‹no escasearon la indiferencia, preferencia por el consumo rechazando toda moral de sacrificio, resistencia pasiva, sabotaje, corrupción, negativa a respaldar el esfuerzo de guerra, manifestaciones y huelgas››. Estas acciones, por lo general, eran llevadas a cabo por la gente común que se oponía a ‹‹la nueva burguesía de los partidos y sindicatos de la izquierda, la cual llevaba una vida de privilegios materiales››.

Miguel Hernández, combatiente antifranquista en el ejército republicano, deplora ‹‹la ausencia de heroísmo de una parte de los milicianos que le rodean, a los que encuentra faltos de alma y excesivos de estómago››. Estos defectos son también señalados por Mika Etchebéhère para una parte de los integrantes de las milicias republicanas instaladas en Sigüenza: ‹‹irresponsabilidad, cobardía, torpeza, hedonismo, pereza y destructividad››12.

La fijación en lo económico y fisiológico como metas y el desdén por lo inmaterial (la ética, la voluntad, la afectividad, el análisis ateórico de la realidad, los ideales, la calidad autoconstruida de la persona, la generosidad, el sentido del deber, el espíritu de sacrificio…) propios del obrerismo13 ‹‹crearon un tipo de individuo de inferior calidad que resultó ser poco apto›› para librar combates. Esa concepción por sí misma ‹‹lleva a la derrota››. Para Stanley G. Payne los católicos españoles demostraron mayor disciplina, determinación y autosacrificio que los utopistas revolucionarios14.

La izquierda también practicó el terror durante la guerra civil, ‹‹no sólo contra los militares alzados, sino también y quizá sobre todo contra el pueblo/pueblos››. Violencia gratuita sumada a la quema de iglesias de quienes estaban imbuidos de ‹‹anticlericalismo burgués››, que el franquismo ‹‹capitalizó políticamente››. George Orwell, también combatiente antifranquista al igual que la autora de “Mi guerra de España”, ‹‹observa en Cataluña la acción de los dos fascismos, el de Franco al otro lado de las trincheras y el del PSUC (la sección catalana del PCE15, el cual fue en la guerra civil ‹‹una patética criatura-instrumento, sin voluntad propia›› y manejada por Stalin y Azaña) en la retaguardia››. Un asunto sobre el que ‹‹apenas nada se ha investigado›› fue ‹‹la represión de integrantes críticos de las clases populares, en desacuerdo con la nueva burguesía izquierdista››.

‹‹La II república, en su etapa bélica, inició una marcha hacia el totalitarismo y la conversión en Estado punitivo a gran escala. Primero permitió y alentó la persecución de los católicos. Luego de los marxistas heterodoxos del POUM [que reproducía la padecida por este partido a cargo del PC en la Unión Soviética]. En tercer lugar de los anarquistas, con los sucesos de mayo de 1937 como centro. Finalmente comenzó a ponerse violenta con los nacionalistas catalanes››.

Otros asuntos a consignar son ‹‹las disputas de poder entre los diversos partidos, una vez que se habían constituido como formaciones neo-estatales/neo-burguesas, y la incapacidad de la nueva burguesía antifranquista para regular la competencia entre ella, con el fin de realizar esa pugna con procedimientos económicos y políticos, sin descender a la violencia››.


  1. ‹‹Sobre la cuestión de la ayuda material y militar externa recibida por ambos bandos››.


  • La aportación ‹‹fue aproximadamente la misma›› para republicanos y franquistas, ‹‹unos 700 millones de dólares de la época››.

  • La alianza en Marruecos con anterioridad a 1936 entre la Falange, el ejército español y el clero islámico permitió que ‹‹unos 100.000 soldados musulmanes mercenarios luchasen al lado de Franco16, siendo decisiva su fuerza de choque, en íntima alianza con la Legión Cóndor enviada por Hitler››. A este tándem hay que añadir las tropas enviadas por Mussolini17.

  • También la república portuguesa contribuyó al triunfo del fascismo español, ‹‹sobre todo en los primeros meses de la guerra, en concreto, durante la decisiva marcha, en el verano de 1936, de las tropas franquistas desde Sevilla a Madrid en paralelo a la frontera portuguesa, abierta de facto para proporcionar a los facciosos ayuda variada››. Además, aquélla envió un cuerpo expedicionario para combatir al lado de los franquistas.

Hay que señalar que ‹‹hasta el otoño de 1937 la superioridad armamentística, financiera, industrial, demográfica y militar estuvo con el bando republicano››.

Richard Overy: las explicaciones materiales que hacen referencia a los recursos, la tecnología y el número de los combatientes no son suficientes. Clausewitz, ‹‹teórico por excelencia del arte de la guerra››, otorga importancia a ‹‹los factores inmateriales como son la corrección de la estrategia, pericia táctica, participación de las multitudes en la vida política, entrega consciente a la causa, calidad de las personas, superioridad moral, igualitarismo en hechos, ausencia de corrupción, buena organización política, mentalidad épica, respeto por el ser humano y voluntad de vencer››. Éstos ‹‹no son apreciados por los partidos republicanos››. La falta de estrategia, de un plan de conjunto sólidamente preparado (general Duval) resultó fatal para los republicanos.

  1. La Guerra Civil y las mujeres de las clases populares.

Hubo ‹‹mayor presencia, entusiasmo, autonomía y entrega de las mujeres en el bando derechista››. La Sección Femenina (falangistas y tradicionalistas) se acercó a las 600.000 afiliadas al finalizar la guerra civil; a esta cifra hay que sumar las féminas de organizaciones católicas. Así, ‹‹el conjunto de mujeres adscritas a organizaciones conservadoras debió ser próximo a un millón››. Por el contrario, el total ‹‹de las organizaciones femeninas republicanas y de izquierda no debieron llegar a las 100.000 en ningún momento […] Pero lo más llamativo era la diferencia en calidad, en la entrega, el entusiasmo y la voluntad de servir a la propia causa corriendo riesgos››. Como fue el caso de ‹‹las organizaciones clandestinas de mujeres fascistas y quintacolumnistas [p. ej. Auxilio Azul] en la retaguardia republicana [que] fueron sorprendentemente poderosas e hicieron una importante contribución a la victoria del franquismo››.

Las milicianas ‹‹fueron escasas […], duraron poco tiempo (en el otoño de 1936 la gran mayoría de ellas ya habían abandonado) y terminaron siendo rechazadas por todos los partidos y sindicatos del Frente Popular, así como por todas las organizaciones de mujeres de signo republicano e izquierdista, que efectuaron campañas de prensa para que las féminas en armas volvieran a la retaguardia››, lo que hicieron casi todas. Esta ‹‹misógina campaña de prensa y agitación callejera […] se inicia en septiembre de 1936, y la lleva adelante el primer gobierno de Largo Caballero, jefe del PSOE››.

El proyecto de la nueva burguesía antifranquista de 1936-1939 para las mujeres consistía en: ‹‹1) privarlas de las capacidades reflexivas, 2) expropiarlas la feminidad, 3) mantenerlas en trabajos mal pagados, sobreexplotarlas, 4) negarles la mayoría de las posibilidades de promoción social […] Ahora se entiende que muchas féminas rehuyeran a las organizaciones de mujeres del progresismo y la izquierda […], y que se dejaran atraer por el falangismo y el franquismo››. La misoginia de estos últimos ‹‹era de otra naturaleza, más hábil, centrada en la opresión de la fémina, sin duda, pero permitiendo a la mujer ser mujer hasta cierto punto, sin exigir que se auto-negase››.

El franquismo ‹‹agregó a muchas féminas a las fábricas de municiones y material de guerra [haciéndose, por tanto, partícipes y responsables del régimen de opresión], lo que fue de importancia para su triunfo en 1939››.

El ejército republicano ‹‹organizó un amplio sistema de mancebías […] Esa mercantilización militarizada del cuerpo femenino sólo fue denunciada por sectores del movimiento libertario. Con ello el bando republicano perdió la superioridad moral y se condenó a la derrota››.

***

La derrota de los republicanos en 1939 queda explicada por ‹‹factores políticos (en primer lugar, la ruptura entre el pueblo/pueblos y el gobierno frentepopulista ocasionada por su feroz política represiva), morales, ideológicos y de calidad de las personas››, y de manera subordinada militares. ‹‹La república no podía ganar la guerra sin tener de su lado al campesinado, a las mujeres y a una amplia mayoría de la masas urbanas, y estas tres fuerzas no tomaron partido por ella (tampoco por el franquismo), salvo en facciones reducidas e insignificantes››.

Para Indalecio Prieto, jefe socialdemócrata, sólo contaba disponer de más medios y más elementos. Los dirigentes republicanos y de izquierda ‹‹creyeron en el primer año de la guerra que les bastaba con su superioridad económica [reservas de oro del Banco de España], financiera, industrial [pesada] y demográfica, y que contarían con la ayuda internacional, de manera que desdeñaron […] alcanzar el respaldo popular››.

La izquierda institucional, derrotada en 1939, se hará vencedora en 1974-1978, relevando al franquismo también en la falsificación de la historia contemporánea: ‹‹el victimismo y el emocionalismo fueron el todo. No hubo una asunción de responsabilidades sustentada en una explicación documentalmente fundamentada de la II república, el Frente Popular y el desenlace de la guerra civil, sino propaganda y más propaganda››.

***

1 El colapso de la economía capitalista supuso ‹‹un factor notable dentro de la etiología de la guerra civil […] La gente pudiente se fue armando, e integrándose en la Falange [que también llegó a ‹‹ciertos sectores de trabajadores, proletarios y jornaleros que afluyeron a sus filas››] desde la primavera de 1936››. Al desarrollo del fascismo español contribuyó ‹‹la estrategia de Frente Popular, al poner explícitamente a la izquierda a las órdenes del capitalismo››. Si bien, el ‹‹principal partido fascista español›› fue el ejército, ‹‹la realización más importante de la revolución liberal››.

2 ‹‹El antifascismo burgués sugiere que si las clases trabajadoras hubieran detenido su ofensiva de la primavera y estío de 1936 el alzamiento militar no habría tenido lugar, lo que probablemente es cierto pero, a fin de cuentas, viene a argüir que si hay sumisión no se da la represión››.

3 Sin considerar el hecho de ‹‹la superioridad cultural de las clases populares sobre las élites políticas en la península ibérica›› no puede comprenderse el porqué de la guerra civil.

4 El golpe militar de 1936 fue financiado en primer lugar ‹‹por el propio Estado español››. Para lo que estaba ‹‹suficientemente dotado de ingresos hacendísticos››. El Estado resultó ser el ‹‹sujeto agente y principal beneficiario›› del levantamiento.

5 Por su parte, el estamento clerical en la guerra civil ‹‹estuvo, en general, con Franco, en lo que influyó bastante la no sólo inhumana sino también impolítica persecución a que estaba siendo sometido en el otro bando››.

6 Otros fueron empujados ‹‹hacia la derecha e incluso al fascismo, al verse violentados en sus convicciones, esperanzas, sentido de la justicia y libertad personal››. Muchos pequeños campesinos se hicieron ‹‹permeables a las propuestas de la derecha, luego de la Falange››, al constatar ‹‹el ansia de enriquecimiento de la nueva burguesía que se albergaba en el interior del PSOE-FNTT-UGT, deseosa de apoderarse de todo so pretexto de socialización››.

7 El campesinado, terminada la contienda, ‹‹crea y sostiene al movimiento del maquis, o guerrilla antifranquista autónoma [en el que estuvieron implicadas de forma ‹‹directa y militante›› más de 300.000 personas], que será con mucho la mayor resistencia al fascismo español [para la defensa de la sociedad popular rural tradicional, liquidada de forma definitiva en la década de 1960, pero no de la república] en toda su existencia, 1939-1977. A su lado la oposición antifranquista urbana, proletaria y estudiantil al régimen de Franco fue poca cosa. La amenaza, efectiva y sobre todo latente, que significaba el maquis rural en los años 1939-1942 fue un factor de importancia para que el franquismo no se sumara al Eje en la II Guerra Mundial››.

8 La denigración de lo rural a través de textos y documentales editados ‹‹bajo la segunda república o antes›› por literatos, cineastas y otros “intelectuales”, ‹‹ayuda a entender asimismo la durísima represión del mundo agrario que en el verano de 1936 realizan las columnas militares franquistas en su avance por Andalucía y Extremadura, que tuvo su peor episodio en la conocida como matanza de Badajoz, perpetrada los días 15 y 16 de agosto. Aquéllas podían exterminar a las gentes sin problemas de conciencia pues […] no asesinaban personas, sino que limpiaban la tierra de seres racialmente inferiores››.

9 ‹‹Por el contrario, el ente estatal sí busca la aniquilación de su oponente, que [logra realizar] en 1955-1970, valiéndose del franquismo››. Éste es más exacto definirlo como una “ingenierocracia” que interpretarlo ‹‹desde el anticlericalismo burgués, dado que los técnicos e ingenieros fueron más decisivos en él que el clero››. La “revolución nacional-sindicalista” realizó ‹‹las metas industrialistas, desarrollistas, tecnoentusiastas, modernizantes y consumistas comunes a todas las fuerzas políticas españolas, de izquierda tanto como de derechas, desde mediados del siglo XVIII, al menos››.

10 Será el franquismo quien liquide ‹‹la forma tradicional de familia propia de los pueblos peninsulares, para imponer la familia nuclear, su versión envilecida, que era, además y sobre todo, la etapa previa a la supresión de lo familiar para que sólo existieran dos poderes, el de la coerción (el Estado) y el del dinero (el capital)››. A partir de los años 60 del pasado siglo surge el ama de casa, para las clases populares peninsulares, ‹‹como exigencia del paso de millones de personas –unos seis- desde el campo a las ciudades››. El franquismo, además, sirviéndose de las referencias alemana e italiana, ‹‹estatuye en España el Estado de bienestar con la legislación de 1963››.

11 Estos designios los realizará el franquismo a partir de 1950: ‹‹es el régimen franquista el que crea la sociedad de consumo de masas, megalópolis atestadas de bloques de viviendas tanto como de automóviles y alto nivel tecnológico con que soñaron los partidos y sindicatos supuestamente obreros en 1936-1939››.

12 ‹‹Uno de los episodios más reprobables de la guerra civil, en el que se manifestó la baja calidad política, cívica y moral de una buena parte de los combatientes antifranquistas, fue la batalla por Badajoz, los días 13 y 14 de agosto de 1936, que enfrentó a unos 6.000 republicanos con 2.500 facciosos. En ella tuvo lugar la huida a Portugal o a la retaguardia, en los primeros y decisivos momentos de la batalla, de las autoridades civiles y militares del Frente Popular en la ciudad, dejando abandonados y desorganizados a los combatientes […] Nadie asumió, posteriormente, la responsabilidad de tales comportamientos sin honor ni valentía ni moralidad ni inteligencia››. La torpeza e incompetencia de los partidos y sindicatos de izquierda se manifiestan en el actuar de ‹‹las tropas republicanas y las milicias antifascistas […] en los primeros meses de la guerra civil en el frente suroeste y en el sistema central››.

13 Los acontecimientos de 1931-1939 demuestran ‹‹la tendencia, práctica y de facto, a proteger y rehacer el capitalismo de los dos grandes proyectos obreristas decimonónicos: el marxista y el anarquista››.

14 Según Juan García Oliver, ‹‹la victoria del franquismo en 1939 se debió a la aplastante superioridad en armamento de aquél››. Veamos, por el contrario, algunos datos aportados por Payne: ‹‹unos 10.000 oficiales profesionales del ejército y de las fuerzas del orden público no estuvieron comprometidos con los facciosos, de los cuales 3.000 en activo en 1936 y 1.500 retirados se sumaron al ejército republicano, lo que indica que es abusivo sostener que no hubo estructura militar para vencer al franquismo […] En Aragón unos 30.000 milicianos anarquistas y marxistas fueron contenidos por unos 10.000 hombres en el bando franquista, una parte de ellos también milicianos de derechas, con la agravante de que los antifascistas, en este frente, estuvieron mejor abastecidos y municionados que sus adversarios […] Durante los tres decisivos primeros meses de la contienda, hasta la llegada de la Legión Cóndor, la república poseía 300 aparatos y los alzados 130. La flota de guerra quedó casi toda con la república […] En abril de 1937 los soldados de Franco eran 290.000 y los republicanos 350.000, y para estas fechas la república controlaba el 75% de la industria metalúrgica, por tanto, de la producción de armas y municiones, además de las crecidas reservas de oro y divisas del Estado español […] El número de soldados afectados por neurosis de guerra y fatiga del combate fue mayor entre los republicanos que entre los franquistas››. La aserción de Oliver, ‹‹además de no ser verdadera ni siquiera numéricamente, niega todo aprendizaje y avance››, y lleva a instalarse en ‹‹el victimismo y la autocomplacencia››.

15 Santiago Carrillo, dirigente de la juventud de dicho partido, ‹‹presidió en el otoño de 1936 la Consejería de Orden Público de la Junta de Defensa de Madrid, responsable de la matanza de unos 2.200 presos, la mayor de la guerra civil considerando los dos bandos. Aquélla debió ser, inexcusablemente, autorizada por el gobierno republicano››. También se implicaron en este asunto IR y CNT.

16 ‹‹No hay que olvidar tampoco a los cientos de marroquíes antifascistas y contrarios al clero islámico que lucharon en el ejército republicano en 1936-1939››.

17 Musulmanes, nazis, italianos y franquistas arrollaron ‹‹al denominado ejército popular de la república batalla tras batalla, sobre todo en la que fue su final, la librada en el Ebro en el verano y otoño de 1938››.


Un gran error filosófico y moral

Escrito por jesusfrancosanchez 03-06-2017 en Filosofía. Comentarios (0)

Heleno Saña disiente del pensamiento heideggeriano en La filosofía de Heidegger. Un nuevo oscurantismo (2016). Ya que el filósofo alemán es tenido por muchos como uno de los más sobresalientes del siglo XX, el libro del escritor barcelonés supone, en primer lugar, una contribución a la desmitificación de aquél y, por ende, una defensa de la Verdad. Lo que realiza a través de un documentado trabajo y con la elegancia y lucidez habituales.

El sistema de ideas del autor germano no es en modo alguno original,

‹‹sus posiciones fundamentales son replanteamientos, reinterpretaciones, reconstrucciones y sobre todo deformaciones y manipulaciones de actitudes ideativas anteriores a él. Es decir, no sólo hermenéutica, sino hermenéutica a menudo malintencionada››.

Se sirve para ello de malabarismos lingüísticos y de un estilo críptico. No obstante,

‹‹su insaciable afán de llamar la atención e impresionar››

no logra velar que

el problema de Heidegger no es el lenguaje, sino el pensamiento (Hassan Givsan).

Que Saña califica de ‹‹fraudulento››. Porque detrás de las tinieblas comunicativas y la especulación no hay verdad explicitada ni contenido concreto ni respuestas a los grandes problemas de la existencia;

‹‹su pretendido magisterio filosófico no ofrece al lector la orientación que este busca››.

Más bien

‹‹siembra conscientemente la confusión››.

Es más, entre la jerga heideggeriana el sujeto desaparece ya que

‹‹pierde su autonomía e identidad ónticas para quedar degradado a simple producto lingüístico››.

La cosmovisión heideggeriana es de naturaleza irracional, arbitraria, escéptica, regresiva, destructiva, pesimista y nihilista. Establece que

‹‹la verdadera identidad del hombre es la nada››,

lo que resulta una contradicción, y considera

‹‹la muerte como destino supremo del hombre, como su verdad más profunda y auténtica››.

Esta absolutización del ser-para-la-muerte

‹‹no es en el fondo más que un acto de evasión ante la propia vida››.

Como representante del nihilismo, la carencia de sentido de la vida no buscará compensarla mediante los valores inmateriales,

‹‹sino a través de un regreso a las fuerzas libres y elementales del Ser original no mediatizado por la evolución histórica››.

Heidegger se pronunciará finalmente por

‹‹un oscurantismo quietista basado en la adoración arcaizante del Sein (ser) de los fisiólogos presocráticos››.

Una situación de ensimismamiento en la que lo auténtico para él consistirá en la separación entre vivencia interior y conducta exterior. Reafirmará su perspectiva radicalmente subjetivista, reduccionista y narcisista. No habrá verdades objetivas e inmutables:

‹‹la verdad o autenticidad no se deduce de la relación dialéctica e interactiva entre el sujeto y el mundo objetivo, sino que se desarrolla y decide exclusivamente en el propio recinto interior del hombre››.

La hegemonía del Ser como lo Absoluto y Universal sobre el hombre mismo sustituirá a la explicación de la esencia a través de la existencia de Ser y tiempo (1927), su obra central. También en el Heidegger tardío permanece el vacío conceptual:

‹‹no nos explica claramente la naturaleza del mismo Ser destinado según él a dar sentido a la vida del hombre y fundamentar su existencia aquí y ahora››.

E igualmente, bajo la turbidez expositiva

‹‹subyace el propósito central de su pensamiento: la negación del homo humanus››.

En efecto, especialmente impúdico resulta la ausencia en los escritos del ‹‹filósofo de los Bosques Negros›› de las categorías de Bien y Alteridad. No hay dimensión ética ni social. No hay mención a la lucha personal y colectiva por transformar en sentido ascensional el orden establecido;

‹‹se desentiende completamente de las necesidades espirituales y materiales del ser humano››.

La realidad intersubjetiva queda degrada a

‹‹lo inauténtico por excelencia, esto es, a la relación impersonal y anónima››.

Pudiéndose hablar de

‹‹la perspectiva parasitaria e inhumana de su pensamiento››.

A lo que hay que añadir

‹‹su concepción germanocéntrica del ser humano, la historia y el mundo››,

su relativismo historicista y sus generalizaciones abstractas.

Por tanto, repudiar a Heidegger es hacer lo propio con la moral antihumanista de Nietzsche, su maestro en primer lugar. Esto es, rechazar la voluntad de poder, el superhombre, el desprecio a los débiles, la difamación del cristianismo, y el odio al amor y a la democracia1.

Ser y tiempo ha sido calificada por Hans Albert, uno de los autores que enjuició de manera negativa las aportaciones del filósofo teutón, como

el resultado de la arbitrariedad filosófica y de una corrupción del pensamiento filosófico en forma de mascarada trascendental.

Más allá de la terminología sui generis utilizada, Ser y tiempo es

‹‹la versión filosófica de la “revolución conservadora” predicada por los estratos intelectuales reaccionarios, revanchistas, nacionalistas y antisemitas de la nación››.

Por tanto, no hay que olvidar que la filosofía heideggeriana es

política de cabo a rabo (Pierre Bourdieu).

Saña no sólo reprueba el aparato conceptual de Heidegger sino también su carácter, ayuno de humildad y pleno de elitismo (“el problema del Ser planteado por mí no ha sido todavía comprendido”); su conducta, de índole muchas veces ambivalente; y su adhesión militante al III Reich. Karl Jaspers señala la afinidad entre la filosofía heideggeriana y el hitlerismo; Víctor Farias

‹‹no se contentaba con documentar profusamente la colaboración de Heidegger con el nacionalsocialismo, sino que establecía por añadidura un nexo causal entre su actitud política y su filosofía››;

y asimismo para Richard Wolin,

la implicación de Heidegger con el nacionalsocialismo, lejos de ser un episodio repentino y meramente biográfico, tiene sus raíces en las tendencias más acusadas de su pensamiento.

Como la resignación y el miedo, o el revanchismo y la hostilidad. Lo que permite concluir que

‹‹la filosofía heideggeriana es, en una de sus motivaciones primarias, una filosofía del resentimiento››.

A pesar de que tras la II Guerra Mundial no deploró su identificación con el nazismo, Heidegger se verá rehabilitado como filósofo y catedrático. Así, Foucault, Althusser y más tarde los representantes del postmodernismo2, devotos de la destrucción/deconstrucción de la metafísica, fomentarán

‹‹una nueva ola de heideggerianismo››.

Heidegger

‹‹tuvo la desdicha de consagrar sus dotes intelectuales al servicio de un gran error filosófico y moral, aunque él estuviera convencido de que había penetrado en los arcanos más profundos de la existencia humana››.

***

1 Consultar Nietzsche contra la democracia. El pensamiento político de Friedrich Nietzsche (1862-1872) (2010), Nicolás González Varela.

2 El propio Heleno Saña en Breve tratado de ética. Una introducción a la teoría de la moral (2009), realiza el pertinente ajuste de cuentas con ‹‹la antifilosofía posmodernista››.


Aprovechamientos vecinales y desamortización en Almonte

Escrito por jesusfrancosanchez 19-05-2017 en Andalucía. Comentarios (0)

‹‹Ocurre, no pocas veces, que el proceso mutacional engendra situaciones regresivas››. Heleno Saña.

El discurso historiográfico dominante ha proyectado una imagen de la Andalucía rural caracterizada por diversas patologías propias, como el burdo binomio señores-vasallos o el atraso económico y cultural 1.

Ello silencia experiencias valiosas. Tan necesarias hoy.

La reduccionista concepción de un sur peninsular latifundista salpicado de minifundios funcionales se verá complicada y enriquecida por la emergencia de una Andalucía campesina, ‹‹donde la propiedad colectiva, los aprovechamientos vecinales, la pequeña explotación agrícola o ganadera, la pluriactividad, etc., reflejan estrategias de supervivencia de un número muy significativo de individuos que superan la condición de meros jornaleros›› 1.

A finales del denominado Antiguo Régimen existía en Andalucía ‹‹una cantidad considerable de tierra de carácter comunal›› 1. Los bienes y usos colectivos, de aprovechamiento libre, gratuito y regulado 2, ‹‹desempeñaban una tarea esencial›› 1.

El proceso desamortizador ejecutado por el Estado liberal en el siglo XIX tuvo efectos de una ‹‹extraordinaria magnitud›› 1 para el campesinado. El artículo 2º de la ley Madoz de 1855 exceptuaba de la venta aquellos bienes que eran de aprovechamiento común 3. No obstante, el comunal en Andalucía quedó reducido a aproximadamente la mitad 1. Veremos luego, para el caso almonteño 4, cómo se procedió a su despojo y privatización.

Al expolio de los terrenos forestales vino a sumarse, con la ley de Montes de 1863, ‹‹la privatización de uso de dichos patrimonios›› 1. Lo que condujo a la subasta y explotación de los distintos esquilmos; práctica generalizada especialmente en Andalucía oriental y Cádiz 1.

Ambos procesos privatizadores, del suelo y de los aprovechamientos, ‹‹fueron especialmente intensos en el sur de España›› 1.

Cabe suponer que dicho fenómeno de privatización de las tierras públicas fue, no sólo después de 1855, sino también antes ‹‹bastante intenso›› 1 en Andalucía, especialmente en las provincias occidentales. Así, Cabral Chamorro sitúa en un lugar secundario para la provincia gaditana la desamortización de Madoz, por detrás de los repartos de tierras llevados a cabo desde mediados del siglo XVIII hasta la primera mitad del siglo XIX 2.

Lo que hizo la ley de 1855 fue acabar con los repartos como vía de enajenación e imponer ‹‹las ventas en pública subasta como la forma más importante de reducción a propiedad particular del patrimonio municipal›› 1. La “redención de censos” que posibilitaba el acceso a la propiedad a precios inferiores a los del mercado, las “roturaciones arbitrarias” de tierras de Propios y las “enajenaciones fraudulentas” constituyeron otros procedimientos en los que participaron ‹‹el pequeño y mediano campesino, aunque otra cuestión fue su supervivencia›› 1.

La Reforma Agraria, de matriz regeneracionista, se constituyó a partir de finales del siglo XIX en la única vía de “redención de Andalucía”, según propagandistas de partidos y sindicatos de izquierda y anarquistas, y algunos intelectuales y técnicos. Pero ‹‹¿por qué no se reivindicó antes de esas fechas? Precisamente porque la subsistencia campesina dependía en mayor medida de los bienes comunales y del acceso estable a los repartos anuales de suertes de Propios que de la fragmentación de la gran propiedad›› 1. A partir de entonces se experimentarán altos niveles de conflictividad, resistencia y protesta social *, reprimidas con celo por la Guardia Civil, en las que el deseo de gran parte del campesinado de un retorno al colectivismo será una cuestión decisiva 5.

La campesinización se fundamenta no sólo en el tamaño de las fincas o el aporte predominante de mano de obra, sino también en ‹‹la existencia de fuertes vínculos de solidaridad trabados alrededor de los bienes comunales […], la actitud de resistencia a la penetración de los valores capitalistas, la fuerza del parentesco o la vecindad en las relaciones socioeconómicas, la experiencia reivindicativa en defensa de la comunidad […], las pautas identitarias propias de una cultura oral y agraria, de una cosmovisión muy diferente de la urbana y letrada, la posesión de una lógica distinta a la del lucro…›› 1.

*Durante la II República española, ‹‹no se produce la esperada devolución al pueblo de sus antiguos comunales, ni el reparto de los latifundios del Sur. Todo discurre de tal forma que casi nada cambia entre 1923 y 1940››. Ojeda Rivera, nota bibliográfica 4.

El trío privatización-deforestación-agricolización supuso la ‹‹quiebra del sistema agrosilvopastoril o de uso múltiple del suelo, con graves consecuencias para la ganadería y los nutrientes del suelo, lo que terminó por reducir los límites de subsistencia del campesinado›› 1.

Las reformas liberales se orientaron a convertir la propiedad en privada absoluta y ‹‹a remover cuantos obstáculos se oponían al libre desarrollo del interés individual›› 1.

De ello resultó un remozado y fortalecido aparato estatal, una clase burguesa pujante y unas clases populares notoriamente debilitadas 6.

*

En las dos últimas centurias Almonte ha experimentado profundos cambios, antropológicos, socioeconómicos y paisajísticos.

Para Domínguez Ortiz el mundo rural del siglo XVIII ‹‹funciona como un microcosmos››, donde se simultanean ocupaciones como el cultivo, la caza, la pesca, el acarreo, el artesanado, etc.

Este “agrosistema tradicional” se ejecutaba en gran medida en Almonte sobre las 2/3 partes de la superficie municipal, ‹‹de propiedad, o al menos, de uso público››. Este espacio de todos los vecinos lo componían los baldíos del común, las ‹‹generosas›› marismas, las dehesas y pinares del Concejo y también el coto de Doñana que, aunque de jurisdicción señorial, fue puesto en duda por ‹‹la consideración popular››. Cabral Chamorro informa del vigor de la comunidad campesina en la defensa de su existencia económica y autonomía administrativa 2. Ojeda Rivera señala el ‹‹enfrentamiento abierto›› entre la población almonteña, según las circunstancias históricas, y el estado señorial de Medina Sidonia.

Los bosques de pinos, alcornoques, encinas, acebuches, moreras, álamos, sauces, sabinas, enebros…; los matorrales de brezos, jaguarzos, lentiscos, aulagas, cantuesos…; los pastizales y los charcos o caños marismeños ofrecían una diversidad de recursos.

Las actividades pastoriles proporcionaban carne y leche.

La corta de madera de alcornoque o encina se empleaba para la construcción de ruedas de carretas, arados o yugos; la de pino para la cubierta de viviendas o la elaboración de muebles; la de sauce para la fabricación de toneles o sillas.

Los frutos de los árboles (piñones, bellotas, acebuchinas) se destinaban a la alimentación, tanto humana como animal; el corcho o casca de las quercíneas a la artesanía de curtidos y la confección de colmenas.

Por su parte, el matorral o monte bajo proveía de eneas, cañas, juncos, castañuelas y bayuncos para la construcción de chozas; de almajos, materia prima para la elaboración de jabón o sosa; de jaguarzos y brezales, fuente principal de combustible de los hornos de pan; y de cepas y leñas para el carboneo.

En estos montes se asentaban también colmenares.

Esta área, gracias a su variedad de biotopos, la confluencia Atlántico-Mediterráneo y la estacionalidad del régimen hídrico, entre otros factores, se conformaba como un formidable cazadero. Apareciendo además buenas reservas de pesca. Una ‹‹gran despensa proteínica›› constituida por venados, conejos, ánsares, gansos, patos, huevos…

Los almonteños no se limitaron a una ocupación exclusiva. Conocían y aprovechaban todos los recursos que el medio podía ofrecerles. Fueron capaces o no necesitaron ‹‹territorializar y hacer productiva la mayor parte de la superficie municipal con que contaban››. Las actividades de ‹‹predación y recolección›› las compaginaban con el trabajo en la agricultura como jornaleros, colonos o minifundistas. Aquí la estructura de la propiedad se perfila más igualitaria que en otros municipios de la Baja Andalucía, como son los de las campiñas sevillana y cordobesa. ‹‹El dominio de lo disperso y lo pequeño se convierte en característica fundamental››, salvando ‹‹la gran importancia de los bienes comunales y concejiles›› y los ‹‹extensos predios de la nobleza››.

Propietario

Porcentaje del territorio

Secular

8-12%

Eclesiástico

3-6%

Duque

19-20%

Propios

4%

Comunal

61%

*

En 1785 el párroco de la villa de Almonte describía así las áreas baldías: ‹‹Tiene la mayor parte de su término poblada de montes bajos con variedad de árboles derramados como son alcornoques y acebuches y el monte bajo de jaguarzos, ahulagas, lentiscos, madroños… Tiene varias dehesas de alcornoques, encinas y una gran parte de pinares, que unos y otros sirven para los Reales Arsenales de S.M… La dehesa de la Rocina, que tendrá de latitud nueve millas y de ancho un tiro de fusil, cuya arboleda se compone de fresnos, sanguinos, álamos negros y blancos, alcornoques, parrales y otras variedades de matas muy frondosas y esta arboleda está regada por una gran ribera… y en los extremos o distancias hay unos grandes charcos profundos donde se crían varias especies de peces como son anguilas, galápagos, barbos y otros…››.

Al contrario de lo que acontecía en el valle del Guadalquivir, ‹‹donde los bienes públicos se privatizaron en su mayoría en fechas anteriores a Madoz››, tanto en Almonte como en localidades próximas como Aznalcázar o Hinojos, ‹‹se constata la fuerte presencia actual de tierras concejiles, como también se observa en municipios serranos de Huelva, Sevilla y Córdoba››.

Los baldíos descritos por el cura, de tradicional aprovechamiento común, muy aptos para el pastoreo e incluso para el cultivo, fueron desamortizados, a pesar de la exclusión a la que estaban sujetos, como se dijo *, debido a que sobre ellos había recaído algún tipo de arbitrio.

Si bien anteriormente estos terrenos colectivos fueron objeto de injerencia por el Estado en su política naval y de repartos por el concejo almonteño, no tendrá lugar ‹‹un fenómeno de profundas repercusiones›› en el municipio sino a raíz de la desamortización de 1855.

‹‹Los perdedores en el proceso serán los jornaleros, colonos y pequeños propietarios que, además de no contar con medios económicos para adquirir terrenos en las subastas desamortizadoras, son desposeídos de sus tradicionales espacios de uso común››.

*En 1860 se exceptuarían además, por razones de “utilidad pública”, ‹‹aquellos montes cuya especie arbórea dominante sea el pino, el roble o el haya y que cubran una extensión de al menos 100 Ha››, y que engrosarán los “propios”.

Por la ‹‹falacia de la arbitración›››› fueron puestas en venta más de 51.000 hectáreas de baldíos de uso comunal, cifra muy superior, por cierto, a las afectadas por la desamortización eclesiástica, que oscilan entre 500 y 2.000. La aplicación de las medidas liberales propiciará una ‹‹aparente paradoja, según la cual dejan de existir los baldíos de uso comunal, exceptuados de desamortización, y aumentan considerablemente los terrenos concejiles o de propios, objetivos directos de dicha ley››.

TIERRAS CONCEJILES Y COMUNALES. COMPOSICIÓN Y EVOLUCIÓN (1854-1951). En Ha.

1854

1881

1901

1925

1951

Concejiles o “propios”

Dehesas

1.819

435

-

-

-

Pinares

1.038

1.156

10.769

2.046

2.336

Montes y marismas

1.916

10.120

-

7.715

7.482

Colonias agrícolas

549

807

-

978

1.021

Baldíos comunales

51.592

-

-

-

-

Por tanto, pasan a manos del ayuntamiento unas 8.000 ha de comunal; son vendidas (destacando entre los compradores algunos potentados como Ibarra o Medina Garvey) unas 25.000, de las cuales el Estado franquista recuperará el 84% a partir de 1940, permaneciendo el 16% restante en manos privadas; en torno a 18.000 quedarán en posesión del Estado entonces liberal.

*

La pérdida en Almonte a partir de 1855 de los baldíos comunales, convertidos ‹‹en grandes fincas cerradas a todo posible uso gratuito››, supondrá ‹‹un encorsetamiento de pequeños agricultores y jornaleros que, acostumbrados a contar con aquellas tierras para rozar, cazar, predar y obtener los suplementos necesarios para sostener sus economías familiares, se ven constreñidos a sus pequeñas parcelas o a sus jornales eventuales››. La ‹‹agudización de las contradicciones sociales›› y las ‹‹reapariciones periódicas de agitaciones campesinas›› en estas áreas, menos proclives al ‹‹dualismo social››, se relaciona, sin duda, con el fin de los baldíos comunales que habían constituido ‹‹la mejor válvula de seguridad para el sistema social tradicional››. Las clases populares percibieron aquellas ventas ‹‹como un despojo o abuso de autoridad del nuevo Estado››, que ‹‹resultaba bastante más duro y con menos elementos dulcificadores de las desigualdades sociales que el viejo sistema estamental››. Las roturaciones, legales e ilegales, de tierras de propios para la cobertura de necesidades primarias, serán ‹‹una fórmula de defensa ante las agresiones del nuevo sistema social clasista››. Durante todo el primer tercio del siglo XX se llevaría a cabo una ‹‹labor de subordinación política del campesinado››, procurando que ‹‹no perdieran su carácter de jornaleros››.

El equilibrio existente durante el Antiguo Régimen ‹‹entre zonas agrícolas y espacios naturales en la relación sociedad-medio›› se quebrará. Los habituales ‹‹espacios plurifuncionales›› se transformarán en ‹‹áreas monoproductivas››. La repoblación forestal con pinos y eucaliptos llevada a cabo por el Estado, mediante el cuerpo de ingenieros de montes, afectará a unas 30.000 hectáreas en el municipio onubense; su madera abastecerá ferrocarriles y minas. El bosque dejará de tener un valor de uso (comunal) para convertirse en valor de cambio.

El ‹‹igualitarismo y uso comunal›› y ‹‹los pequeños y medianos propietarios›› serán sacrificados. Se consagrará la concentración de la propiedad de la tierra.

A pesar de los muchos aciertos, Ojeda Rivera yerra en la motivación de fondo: ‹‹los planteamientos de la burguesía sobre organización del espacio parten de una necesidad, la de alimentar a la población creciente››. Más bien, el propósito último de la desamortización civil es ‹‹aumentar de manera radical el poder de intervención y mando del Estado, por sí y a través de la desintegración de la comunidad popular rural, que era su adversario principal al operar como un efectivo contrapoder que en lo político, jurídico, administrativo, ideológico y económico limitaba de forma notoria la potestad y regalías del artefacto estatal, bloqueando o dificultando su expansión ulterior›› 6.

Desde la década de los 60 del siglo XX, la ordenación del espacio municipal almonteño ha caminado ‹‹hacia la progresiva consolidación de cinco unidades paisajísticas netamente diferenciadas y muy desconectadas entre sí››. Esta especialización zonal comprende: agrícola de ruedo tradicional, nueva agricultura de regadío en arenas, forestal repoblada, ganadera, y natural y de ocio (Doñana y playas).

*

La interpretación de la temporalidad del hombre y de la historia en un sentido ascendente y apologético es refutada por los sucesos de los dos últimos siglos. La teoría del progreso es profecía y abstracción, elaborada al margen de la realidad. Giambattista Vico, situándose en una perspectiva diametralmente opuesta, divide la historia en un proceso alternativo de fases ascendentes y fases descendentes 7.

La experiencia muestra que la naturaleza última de los acontecimientos es decisionista; un decisionismo, eso sí, imperfecto, normalmente entremezclado con elementos de necesidad y de azar. Pues la praxis humana no opera en el vacío: nuestra libertad es finita y está siempre sujeta a condiciones 6.

Bibliografía consultada

1 La historia de Andalucía a debate. Volumen II. El campo andaluz. Manuel González de Molina (editor).

2 Propiedad comunal y repartos de tierras en Cádiz (siglos XV-XIX). Antonio Cabral Chamorro.

3 Historia de la propiedad comunal. Rafael Altamira y Crevea.

4 Los datos e informaciones sobre la localidad onubense tomados de Organización del territorio en Doñana y su entorno próximo (Almonte). Siglos XVIII-XX. Juan Francisco Ojeda Rivera.

5 Investigación sobre la II República Española, 1931-1936. Félix Rodrigo Mora.

6 La democracia y el triunfo del Estado. Esbozo de una revolución democrática, axiológica y civilizadora. Félix Rodrigo Mora

7 Breve tratado de ética. Una introducción a la teoría de la moral. Heleno Saña


Ilustrados y liberales contra la vida comunal

Escrito por jesusfrancosanchez 01-05-2017 en Recuperando la historia. Comentarios (0)

Del libro Una riqueza inmensa casi abandonada. Los comunales y la revolución liberal en la alta Andalucía, Luis Carlos Navarro Pérez, es posible extraer conocimientos valiosos. Uno de ellos, el que se va a intentar expresar en las siguientes líneas, revela el general acuerdo de los integrantes de la intelectualidad ilustrada y liberal sobre varias cuestiones necesarias para dar cumplimiento a la razón de Estado:

i)  la dominación del ente estatal sobre el pueblo,

ii)  la destrucción de los usos y la propiedad comunal de los vecinos,

iii)  el desprecio de la ética,

iv)  el desarrollo de la gran propiedad,

v)  el fomento de la agricultura, y

vi)  la penetración del individualismo en el cuerpo social.

El germen ideológico de las transformaciones hay que buscarlo en los escritos de Jovellanos. El Informe de la Sociedad Económica de Madrid al Real y Supremo Consejo de Castilla en el expediente de la Ley Agraria, extendido por su autor en nombre de la junta encargada de su formación, 1795, influirá ‹‹la organización de la sociedad española de la primera mitad del siglo XIX››, la cual se realizará sobre ‹‹bases diferentes››. Para los dirigentes liberales el texto será ‹‹libro de cabecera››.

El discurso individualista del prohombre ilustrado (1) va a antagonizar con una sociedad que ‹‹en una gran mayoría sigue otra política aún regida por principios morales››. Lo que anuncia el choque entre utilidad particular y bien común, entre Estado y Pueblos, tan característico de la historia contemporánea peninsular.

Jovellanos, y posteriormente los teóricos liberales, sostendrá como ‹‹realmente prioritario […] la defensa a ultranza de la propiedad particular››. Pero no es meramente un cambio de titularidad lo que se plantea. Así, formula el prócer asturiano: “la desigualdad de condiciones tiene muy saludables efectos. Ella es la que pone las diferentes clases del Estado en una dependencia necesaria y recíproca”.

Para el desarrollo de la agricultura, otro de los objetivos perseguidos, la propiedad colectiva así como los usos y costumbres comunitarios ‹‹serán vistos como los estorbos más importantes››, pues el agro ha de basarse en el interés privado. Las actividades productivas, ‹‹antes variadas y multifuncionales››, resultarán agricolizadas con la ejecutoria liberal.

La doctrina de Adam Smith marcará el Informe de Jovellanos. Aquélla establece que la dirección de la economía política se seguirá ‹‹prescindiendo de cualquier consideración de tipo moral››.

La parte más extensa del citado Informe se dedicará a ‹‹exponer la necesidad, por un lado, de convertir en propiedad particular las tierras que venían empleándose de forma colectiva y, por otro, de acabar con las prácticas comunales que limitaban los derechos de los propietarios individuales››.

Resultaba imprescindible finiquitar las “bárbaras costumbres que tanto menguan la propiedad individual” y derogar el “vergonzoso derecho que en ciertos tiempos y ocasiones convierte la propiedad particular en baldíos”. La propuesta jovellanista consistía en que todo debía estar “cerrado sobre sí”: tierras de labor, prados, huertas, viñas, olivares, selvas y montes.

Jovellanos en su Informe suscribe ‹‹la mayoría de las opiniones de sus predecesores en el Memorial ajustado… [sobre establecimiento de una Ley Agraria, 1784], y muy especialmente la de P. de Olavide [para quien “lo que es de todos no se disfruta bien por nadie” y “los pobres no tienen interés mayor que hallarse en medio de una Agricultura grande”], referidas a la propiedad de la tierra y a la libertad del tráfico comercial y a rechazar cualquier propuesta que significara protección de los derechos de los colonos o de los usos y prácticas comunales››.

Vayamos con los ‹‹publicistas liberales››.

Éstos, calificados también por Navarro Pérez como ‹‹intelectuales del régimen››, ocuparon ‹‹en bastantes casos responsabilidades de Gobierno›› y reprodujeron lo manifestado por Jovellanos, ‹‹casi con los mismos términos y descalificaciones››, en torno a ‹‹la propiedad pública no privatizada››.

La política del Estado liberal desde las Cortes gaditanas se definirá ‹‹por un código netamente individualista››. Ya el decreto del 8 de junio de 1813 se apresura a “proteger el derecho de propiedad” y a dar respaldo al fomento de la agricultura y ganadería “por medio de una justa libertad en sus especulaciones”. Seguirá, además, ‹‹punto por punto la recomendación de Jovellanos sobre cerramientos y contratos agrarios››.

Eusebio María del Valle, catedrático de Economía Política de la Universidad de Madrid, escribe en 1846 en el prólogo a la traducción al castellano de la obra de Malthus Ensayo sobre el principio de la población, lo siguiente: “En tiempos de desgracias, los ricos propietarios, los grandes capitalistas, son la Providencia para los pobres”. El modelo a seguir será el de la gran propiedad; los liberales en este aspecto continuaban a ‹‹sus predecesores ilustrados››. Por tanto, tampoco fueron proclives a ‹‹llevar a cabo repartos de la tierra de forma igualitaria y generalizada […] salvo en algún período concreto de especiales características revolucionarias que apenas si llegarán a hacerse efectivos››.

En un artículo publicado en torno a 1853 en Diccionario de Agricultura Práctica y Economía Rural, que ‹‹recoge lo que podría ser la línea oficial del pensamiento agrario›› y entre cuyos redactores y colaboradores figuraban directores de revistas agrarias, ingenieros de montes y ‹‹personajes influyentes por sus puestos políticos de diputados y senadores o el desempeño de cátedras universitarias››, se señala como “un gravísimo mal” la división de la propiedad y como solución “poner todas esas propiedades en una sola mano”.

Lucas de Olazábal en 1861 asegura que “el aprovechamiento común es, pues, el blanco, o mejor dicho el negro que se ha de herir en el proyecto de ley. Pero cuidado que hay que herirle bien, porque sus raíces son seculares y fuertes” (2).

Manuel Colmeiro dos años después repite ‹‹los argumentos de los ilustrados y, especialmente, de Jovellanos sobre las tierras concejiles y baldías››, y sobre la necesidad de consagrar el derecho de propiedad para la existencia y florecimiento de la agricultura. Prosigue el elogio para unos y el insulto para otros: “cuando las personas acaudaladas huyen del campo, la agricultura desfallece sin remedio, porque ningún socorro puede recibir de gente rústica y miserable”.

También por las mismas fechas que Colmeiro, Fermín Caballero se mostrará si cabe ‹‹más beligerante en sus juicios contra el mantenimiento de los bienes en poder de la comunidad››. Los pobres sólo obtenían de los comunales “algunas cargas de leñas inútiles y el poder soltar un burro a que dé cuatro bocados”. La comunidad era ‹‹la causa de que ni la agricultura ni la población agrícola lleguen a desarrollarse›› y, sobre todo, ‹‹una institución peligrosa en el nuevo orden social que había que erradicar››, pues ‹‹suponía un semillero de malos hábitos laborales e ideas disolventes contra la propiedad››: “nuestras clases pobres han mamado ideas perniciosas acerca del cultivo, del trabajo y del derecho de propiedad”. Con el cerramiento de los campos, la venta de los montes y la desaparición del sistema agrosilvopastoril, ‹‹el mediano propietario agrícola, su ideal, iba a disponer de una mano de obra abundante y también más disciplinada›› (3). Denuesta “el apego que los lugareños tenían a vivir en pueblos, [donde están] los parientes, los amigos en continua comunicación”. La presencia de terrenos de uso comunal permitía ‹‹la no dependencia exclusiva del salario y, en consecuencia, la eventualidad de no someterse a una disciplina laboral que era sentida como extraña a la comunidad››. Caballero, por tanto, vitupera una forma de vida, comunitaria y con un alto de grado de autoabastecimiento, que se situaba en las antípodas de lo que demandaban el Estado y el Capitalismo.

‹‹La visión de Fermín Caballero sobre los comunales no es excepcional, sino que forma parte de un amplio estado de opinión››.

José Echegaray, ministro y dramaturgo, proponía en 1872 la “sustitución del disfrute confuso, irregular, demoledor y primitivo del suelo” por la propiedad individual, “germen de todo progreso, garantía de todo orden y correctivo eficacísimo contra esta especie de socialismo campesino”.

Francisco de Cárdenas realizará una ‹‹defensa acérrima de los derechos de propiedad individual (las colectivas no son sino la suma de derechos individuales) sin ninguna limitación››. En Ensayo sobre la propiedad territorial en España anota: “ciertamente no conviene al Estado que la dotación de los pueblos consista en bienes raíces: mejor es que estos bienes se hallen en manos de particulares, que suelen hacerlos más productivos”. Si bien no era partidario de ‹‹que se vendieran los bienes de propios de los municipios››, sus argumentos ‹‹son de un talante netamente conservador […], el mantenimiento de dichos bienes era una forma de proteger la propiedad ya constituida por el temor a que tantas transformaciones acabaran convirtiendo el derecho de propiedad en algo ilusorio››. Las ventajas de la gran propiedad eran superiores a las de la pequeña. Esa concentración de la tierra en pocas manos era para Cárdenas, como para tantos otros, sinónimo de Poder. Sobre este fundamento ‹‹deberían asentarse las instituciones››.

El discurso a favor de la gran propiedad será el más difundido en la ‹‹publicística›› liberal ‹‹por consideraciones de orden político y social, más que por su eficacia productiva››. Aunque según Jovellanos y los liberales después, el monte y los espacios incultos eran “un inútil recurso de los miserables”. Más bien, el patrimonio comunal (4) representaba “el pan de los pobres, su mina, su fondo de reserva, diríamos el Banco de España de las clases desvalidas y trabajadoras, [permitiéndoles] dentro de cierto límite, rechazar las imposiciones de los patrones” (Joaquín Costa). En cualquier caso, lo que se pretendía por ilustrados y liberales no era ‹‹mejorar la utilización de los bienes de la comunidad en beneficio de la mayoría, sino justificar su desaparición en provecho de los menos››.

Junto a la doctrina y la legislación positiva (5), un auxilio que ‹‹ningún publicista olvidará […] pedir a los poderes públicos›› para lograr la ‹‹rápida transformación›› del binomio ‹‹ganadería extensiva-derechos comunales›› en el de ‹‹agricultura-privatización total de la tierra›› será ‹‹el ejercicio de la fuerza››. Entre los medios represivos a emplear, Manuel Colmeiro considera la idoneidad de “una buena policía rural”, y Fermín Caballero la del “establecimiento de una guardia rural, regimentada a semejanza de la guardia civil, o ampliando ésta en la forma más adecuada al servicio que tiene que llenar”.

*

Concluimos. Navarro Pérez afirma (página 96) que muchos de los escritos liberales, tanto procedentes de instituciones del Gobierno (6) como de publicistas, tienen el propósito no sólo de ‹‹la individualización o privatización de las extensas superficies››, sino también y ‹‹quizá primordial, de crear las condiciones para el sometimiento y dependencia de la población campesina››.



(1) Sobre las nefastas consecuencias, materiales e inmateriales, de la aplicación del ideario de este alto funcionario del Antiguo Régimen y lo imperioso, por tanto, de romper con tal cosmovisión, véase La democracia y el triunfo del Estado. Esbozo de una revolución democrática, axiológica y civilizadora, Félix Rodrigo Mora.

(2) “Todos miraban estas pertenencias como propiedad común, creyéndose que los frutos de la tierra eran propiedad de todos y para todos”. Recogido en la Instrucción dada a los Gobernadores Civiles por el Ministerio de Comercio, Instrucción y Obras Públicas en 1850.

(3) Navarro Pérez alude muy acertadamente al trabajo asalariado como instrumento de control. Lo que se logra mediante la asignación de un valor productivo al tiempo y la creación de un hábito de sumisión. Para E.P. Thompson, frente a los variados quehaceres de la agricultura familiar, el trabajo industrial de tareas repetitivas y alienantes “aherroja la inteligencia para refinar el tacto y automatiza al hombre para avasallarlo a las obras”. Consultar en este sentido La condición obrera, Simone Weil.

(4) De él se obtenía: ‹‹pastos, tanto para el mantenimiento de la ganadería de labor como de la de renta y carne; camas para los animales y provisión de abonos; leñas y maderas para combustible de los hogares y la mayor parte de las actividades artesanales, desde el alfarero y el herrero al calero, etc., sin olvidar su utilización como materia prima de otros procesos productivos como la construcción de viviendas y de aperos; caza o proteínas animales sin tener que sacrificar, de no ser indispensable, las pocas cabezas de ganado de la población con menos recursos; resinas, betunes, ciertas cortezas de árboles empleadas por los curtidores; fibras de los espartos para la fabricación de sogas, maromas, capazos y mil [sic] instrumentos para el trabajo de variados sectores y no exclusivamente el agrícola, etc.; es decir, prácticamente todas las actividades de la población…››.

(5) Ésta no sólo propició un cambio de titularidad de los bienes sino que también modificó los usos vecinales establecidos. Así, ‹‹en el capítulo de policía rural de cualquier ordenanza municipal de la segunda mitad del siglo XIX, nunca se dejan de incluir una serie de artículos referidos a la prohibición del rebusco de toda clase de frutos y despojos, del aprovechamiento de los pastos de barbecheras, rastrojos y eriazos, atravesar por medio de propiedades particulares, etc.››.

(6) En la citada Instrucción a los Gobernadores Civiles se señala asimismo: “nada deben leer los niños en los establecimientos públicos que no les sugieran una idea de religión, de moral, de patriotismo, de respeto a la ley, de subordinación a la autoridad, de apego a los intereses del país, o de utilidad conveniente para ellos mismos cuando entren a funcionar en el sendero de la vida”.