Ética, Dignidad y Autogestión

Felipe II, gran violador de la propiedad comunal en Andalucía

Escrito por jesusfrancosanchez 13-02-2018 en Andalucía. Comentarios (0)


“¡Ay de aquella edad sencilla!/Agora todo es maldad/ en la más pequeña villa”. ‹‹El Alcalde de Zalamea››, Lope de Vega.

“La soledad es finitud y limitación; la comunidad es libertad e infinitud”. Ludwig Feuerbach.

“Ante todo, amor humano y solidaridad han de ser las bases fundamentales de la sociedad futura”. Federico Urales.


Los trabajos de David E. Vassberg ‹‹La venta de tierras baldías: el comunitarismo agrario y la corona de Castilla durante el siglo XVI›› y ‹‹Tierra y sociedad en Castilla. Señores, “poderosos” y campesinos en la España del siglo XVI››, que utilizamos aquí, han posibilitado conocer la importancia de la propiedad comunal en los territorios de Castilla en el siglo XVI.

El campesinado, fundamento de la sociedad castellana, sufrió un proceso de enorme impacto: la venta de tierras baldías, una de las más destacadas fuentes financieras de la hacienda real de Felipe II (1556-1598). El reinado de este monarca fue el tercer gran hito del desenvolvimiento del Estado castellano, luego español, tras la aprobación bajo el mandato de Alfonso XI del Ordenamiento de Leyes en 1348 que instaura el concejo cerrado como forma de gobierno, y el obrar imperialista, inquisidor y opresor de los pueblos peninsulares de los Reyes Católicos. Felipe II proporciona un nuevo impulso al ente estatal, dotándolo de un aparato funcionarial relativamente bien estructurado y de un fuerza militar que se aproxima a un ejército permanente. Con él tiene lugar el apogeo del colonialismo de la corona de Castilla (1).

Los baldíos solían ser terrenos de monte con una densidad de vegetación variable destinados a muy diferentes usos, siendo el más típico el pastoreo. Junto a otras tierras y bienes disponibles para el aprovechamiento comunal sostenían la ganadería y la agricultura y eran la clave de la estructura social y económica de la vida rural de Castilla desde la época medieval, en un complejo sistema de dominio público del campo y sus frutos. Hasta el punto que en la mayoría de los lugares una gran parte o incluso la totalidad de las tierras pertenecían a la comunidad de vecinos y no a individuos particulares. Es más, la propiedad particular en Castilla estuvo sujeta al disfrute colectivo de los rastrojos y la vegetación espontánea según la costumbre de la derrota de mieses, una combinación de derechos comunales y privados adecuada a la relación de complementariedad (y no de antagonismo) existente entonces entre la agricultura y la ganadería. Estas actividades se integraban asimismo con el empleo de los bosques, cuya extensión superaba con creces a la actual.

Dentro de la categoría “propiedad municipal” el escritor tejano incluye, de una parte, los terrenos comunales (ejidos, dehesas, cotos, prados, “entrepanes”, montes, tierras de labranza) y los baldíos, ambos de libre y gratuita utilización vecinal y, de otra, los propios, pertenecientes a la municipalidad en tanto que ente jurídico, esto es, bienes de propiedad privada del gobierno local que habitualmente se arrendaban para cultivo o pasto. Esta distinción, al parecer, no se produjo durante la Alta Edad Media, lo cual sería un indicador del empuje que conoció lo popular en aquellos siglos, al gestionar desde el concejo abierto la totalidad de los bienes comunales. No obstante, en la práctica tal diferenciación podía ser muy vaga. Otros derechos y recursos de propiedad comunal eran la madera, la leña y el carbón vegetal, la caza y la pesca, las hierbas medicinales, el corcho, los frutos, las verduras silvestres, las abejas y las flores para su sustento, las aguas, el esparto, el rebusco y el espigueo, etc. Además, medios de producción como molinos, fraguas, aserraderos, hornos… formaban parte de los bienes del común.

Vassberg asevera que durante la Reconquista y Repoblación de Castilla la propiedad comunitaria se fortaleció y recibió importantes sanciones legales, cualquiera que fuera su origen. ¿Cuál fue éste? Según Félix Rodrigo Mora en ‹‹El derecho consuetudinario en Navarra, de la revolución de la Alta Edad Media al Fuero general››, contenido en ‹‹Derecho pirenaico››, VVAA.: “El comunal es mencionado profusamente en los documentos a partir del siglo X y sabemos que no existía antes de mediados del siglo V, por tanto tuvo que ser constituido en ese lapso de tiempo, justamente la Alta Edad Media. La expropiación del latifundio vasco-romano y su conversión en comunal fue una revolución social clásica, bien reconocible”.

El sistema comunitario existía tanto en las poblaciones jurisdiccionalmente señoriales como en las realengas. Al ser tenido en sus múltiples formas (una de ellas el uso intercomunal, entre municipios, muy difundido, llegándose a constituir confederaciones poblacionales) como altamente beneficioso y ser defendido por ende con ardor durante siglos, conoció a mediados de aquella centuria una situación de pleno apogeo en Castilla. Era intenso el sentimiento popular de apego a dicho sistema, así como el de inviolabilidad. Estaba considerado como una parte esencial de la sociedad hispánica.

Sobre esta propiedad comunal Felipe II cometerá violaciones de tales proporciones que las anteriormente realizadas resultarán insignificantes, siendo difícil hallar una parte de Castilla que escapara de las ventas durante su reinado. Antonio Cabral Chamorro en ‹‹Propiedad comunal y repartos de tierras en Cádiz (siglos XV-XIX)›› expone: “Más temible que la usurpación de tierras por los señores y poderosos fue la embestida de la monarquía”. Igualmente, María Antonia Carmona Ruiz en ‹‹Usurpaciones de tierras y derechos comunales en Sevilla y su “tierra” durante el siglo XV›› afirma que el retroceso de los bienes comunales se acentuará notablemente durante los siglos XVI y XVII “mediante otros métodos mucho más contundentes, como la venta y el arrendamiento de las tierras baldías”.

Para el sostenimiento de la política imperial y de “la propia estructura de la Hacienda estatal” (Cabral Chamorro), las medidas sobre venta de baldíos afectaron no sólo a las tierras sino también a arbolado, colmenares, pozos… que eran, como se ha mencionado, igualmente comunales. En toda transacción primó el beneficio del erario ya que el objetivo era exclusivamente obtener ingresos, muy necesarios para el delicado momento fiduciario de la Hacienda. También se pusieron a la venta oficios concejiles, títulos de nobleza e hidalguía, rentas, jurisdicciones, licencias… En expresión de Cabral Chamorro, “el país entero fue puesto en almoneda”.

Las ventas comenzaron en 1550, aumentaron gradualmente hasta llegar a su momento álgido en 1580 y decayeron sensiblemente a partir de la década de 1590.

*

En la región andaluza (2) la venta de tierras baldías originó la mayor riqueza pecuniaria para la Corona, junto a la efectuada en los Campos de Zamora y Valladolid y las tres provincias centrales de Toledo, Madrid y Guadalajara. Concretamente, los lugares y sus correspondientes porcentajes sobre el total de ventas fueron: Jaén (17,55), Córdoba (9,15), Málaga (8,76), Sevilla (7,65), Cádiz (4,40) y Granada (1,88). Por lo que estas seis provincias aportaron casi el 50% de los ingresos de la Corona.

El caso de Cádiz ha sido analizado por Cabral Chamorro, quien se ocupa también de la erosión padecida por los comunales durante los siglos XVII y XVIII (3), bajo el epígrafe La voracidad de la hacienda austriaca y borbónica. Expone varias conclusiones: la monarquía obtuvo sustanciosos ingresos; las comunidades locales retuvieron los patrimonios a costa de endeudarse y de privatizar su uso, esto es, una parte importante son convertidos en bienes de propios y arbitrios (estos últimos, de inicial carácter temporal, se tornaron crónicos en muchas ocasiones); y los concejos municipales presionaron y se rebelaron ante la tentativa de la aristocracia de ejercer su opción de compra de baldíos. La operación durante la segunda mitad del siglo XVI no abarcó al conjunto de la provincia sino que se desarrolló esencialmente sobre Jerez y Arcos, lo que significó el 88,17% del total de ventas gaditanas. Además, en estas dos poblaciones y en localidades de la sierra norte se utilizó la amenaza de venta como mecanismo para allegar recursos monetarios a la hacienda real.

De la venta de baldíos en Antequera y Málaga, en los años 1576 y 1581 respectivamente, se ocupan Juan Jesús Bravo Caro y Mercedes Fernández Paradas en ‹‹La venta de baldíos en la Andalucía del Quinientos: las reformaciones de Junco de Posada››. Tras señalar la significación económica, social, política y ecológica de las tierras municipales, concluyen que aquel proceso tuvo como importantes consecuencias: la enajenación de una gran extensión de tierras comunales, el perjuicio de los grupos sociales más desfavorecidos, la contribución al incremento de grandes patrimonios territoriales, la creación y consolidación de un número muy elevado de medianos y pequeños propietarios, la expansión de la actividad agrícola (por ejemplo, del viñedo en el alfoz malagueño) en detrimento de la ganadería, el deterioro del monte arbolado y el paso a manos privadas de una proporción considerable del patrimonio rústico público.

¿Hubo resistencia contra la venta de baldíos? Sí. Desde muchos sectores sociales y bajo múltiples formas (4). Cabral Chamorro estima que ésta debió de existir, aunque admite que en la documentación manejada la oposición detectada fue escasa. Las Cortes de Castilla, según Vassberg, actuaron como un freno para las ventas y matizaron su alcance.

*

Para Cabral Chamorro la presión fiscal de la monarquía, al conducir al arrendamiento de fincas comunales o a la imposición de censos sobre las mismas, transformó el espacio productivo de los pueblos, dinamitó las comunidades rurales, aceleró la polarización social y la proletarización y, en consecuencia, la lucha de clases. Por su parte, el autor norteamericano enjuicia asimismo como un factor relevante de ruina para la economía rural castellana la venta de baldíos (5), al resultar en una transferencia masiva de fondos del campesinado a la Corona.

Este fenómeno, junto al de acotamiento o cerramiento, reflejaba la expansión de la propiedad privada a expensas de las antiguas costumbres comunitarias. En efecto, el siglo XVI fue testigo de una creciente corriente de individualismo económico. Según Mercedes Borrero Fernández (6), a finales del siglo XV y principios del siglo XVI “nace una sociedad adquisitiva en la que domina el espíritu de ganancia”.

La erosión de la propiedad colectiva debilitó la cohesión social de las comunidades aldeanas. En este sentido, Rodrigo Mora, que pone el énfasis en la naturaleza meta-económica y civilizatoria de los bienes comunales, señala que los daños fueron principalmente de tipo convivencial y espiritual (7).

Si la economía tradicional se basaba en la autosuficiencia productiva, la nueva agricultura lo hará en la monetización y la mercantilización (se puede citar el valle del Guadalquivir como ejemplo notable). Esto será un factor de opresión del campesinado. La expansión de las zonas de cultivo fue posible, en gran parte, mediante la usurpación de los dominios públicos.

*

Pero el sistema comunitario, observa Vassberg, estaba profundamente arraigado como para ser erradicado en poco tiempo. Aunque la tendencia general durante los siglos de la época moderna había sido la privatización de la tierra, no será hasta la desamortización decimonónica (la cual reveló la existencia de numerosas municipalidades en donde la totalidad del territorio seguía siendo de propiedad colectiva) realizada por el Estado liberal cuando la propiedad comunal sufra un golpe definitivo.

Argumenta Rodrigo Mora (8) que el proceso desamortizador revistió un carácter político y axiológico, más que económico. El Estado, para avanzar en su robustecimiento, debía liquidar a su oponente, la comunidad popular rural. La extinción de los bienes comunales es uno de los puntos del amplio programa del ente estatal para alcanzar la victoria sobre el pueblo. Lo que logrará de forma completa en la segunda mitad del siglo XX.

Notas

(1) Consultar ‹‹Hacia una historia del Estado en “España”››, capítulo XXIII de ‹‹El giro estatolátrico. Repudio experiencial del Estado de bienestar››, Félix Rodrigo Mora.

(2) La distinción entre “Andalucía” (reinos de Jaén, Córdoba y Sevilla) y “reino de Granada” se extiende desde finales del siglo XV hasta la división provincial del siglo XIX, aunque desde el siglo XVI el término “Andalucía” se referirá a la totalidad de la realidad física y humana que hoy continúa designando. ‹‹El español hablado en Andalucía››, Antonio Narbona, Rafael Cano y Ramón Morillo.

(3) Afirma Antonio Miguel Bernal Rodríguez en ‹‹La tierra comunal en Andalucía durante la Edad Moderna›› que la transformación de la propiedad comunal en tierras municipales de propios o en propiedad privada tuvo lugar durante los siglos XVI, XVII y, “más aún, durante el siglo XVIII”. A pesar de lo cual una parte no bien cuantificada del patrimonio comunal de Andalucía consiguió alcanzar las desamortizaciones.

(4) Las ventas se reanudaron en el siglo XVII. En ‹‹Venta de baldíos y tensión social en Andalucía a mediados del siglo XVII›› José Calvo Poyato señala que en la mayor parte de los lugares donde se pusieron al cobro las tierras baldías sus moradores se consideraron agraviados y, por tanto, las protestas surgieron “por todas partes”. Ciñéndose a continuación al caso de Córdoba, relata que en ésta en 1645 se generó un ambiente que se ha denominado como prerrevolucionario. En dicha ciudad se celebró un cabildo abierto donde se puso de manifiesto el profundo malestar existente entre las clases populares por la venta de baldíos, pues tal acción suponía la ruina de muchas personas. Los vecinos defendían que aquellos terrenos habían sido de aprovechamiento común desde tiempo inmemorial.

(5) Otro fue el sistema tributario.

(6) En ‹‹Mundo rural y vida campesina en la Andalucía medieval››.

(7) Ver ‹‹Naturaleza, ruralidad y civilización››.

(8) Ídem (7).


Montes comunales estatalizados y privatizados. Los casos de Cúllar y Zújar

Escrito por jesusfrancosanchez 02-02-2018 en Andalucía. Comentarios (0)

Los bienes comunales de estos municipios (1) situados en la granadina comarca de Baza sufrieron el intervencionismo estatal y municipal a partir del siglo XVIII, concretado en privatización, restricción de uso campesino y manejo comercial.

Este patrimonio colectivo, del cual se hacía un empleo múltiple en tanto que sistema agrosilvopastoril, proveía a las comunidades rurales de recursos energéticos y nutricionales. Además, este uso consuetudinario de los montes comunales se basaba en mecanismos de solidaridad y ayuda mutua. Aseveración que permite colegir la naturaleza meta-económica y civilizatoria del régimen comunal señalada por Rodrigo Mora (2). Asimismo, González de Molina concluye que la posesión de tierras y derechos en común era el fundamento material de fuertes lazos de familiaridad, vecindad, amistad y cooperación en muchas zonas de Andalucía (3).

Desde la segunda mitad del siglo XVIII es posible documentar un alto nivel de deforestación y de ampliación de los terrenos de cultivo en Cúllar. Tradicionales aprovechamientos campesinos como la recolección de madera pasarán a tener el estatuto de delitos, al situarse fuera de la legalidad institucional. A la presión de los grandes propietarios se sumará la presión estatal durante los siglos XVIII (construcción de barcos) y XIX (diferentes episodios desamortizadores). Lo que conforma un proceso histórico de transferencia de tierras públicas hacia manos privadas y de desarrollo de la producción agrícola en detrimento del uso comunal.

Los montes comunales de Zújar fueron sometidos a un intenso proceso de explotación comercial desde 1860, centrado en las subastas del esparto. De modo que la lógica de la subsistencia cedía ante la del beneficio. Esta orientación mercantil-industrial del comunal subordinó al campesinado a la salarización (y estacionalidad del trabajo) en torno a la recolección del esparto. Igualmente la “delincuencia forestal”, esto es, la persistencia en el uso de los bienes comunales como afirmación de un derecho consuetudinario, pasó a ser un método de protesta campesina (4). El incendio y el “robo” serán otros procedimientos de lucha contra las subastas de esparto. Las recolecciones (ya consideradas hurtos) de esta planta para imposibilitar su explotación lucrativa son descritas no como meros actos individuales sino como invasiones masivas de jornaleros, siendo muchas de las consignadas lideradas por mujeres, las cuales se erigían en eje de la frontal oposición de la comunidad rural a la privatización de uso del monte. Ello es un indicador, añadimos, de la unidad de las clases populares ante los atropellos de entes ajenos. La valía de la persona y su amor por una vida autónoma hubieron de ser la raíz de tal cohesión.

¿Qué consecuencias medioambientales tuvo el auge de la forma comercial de manejo del monte? La acentuación del carácter xerofítico-semidesértico de estos espacios mediterráneos. Y ello por la potenciación del monocultivo forestal y de plantas arbustivas, así como por la destrucción de la cubierta arbórea.

Para Ortega Santos, la “tragedia de los comunales” ha de ser entendida como un proceso combinado de transformación de la titularidad jurídica y de los modos de uso de aquéllos. Por nuestra parte anotamos que la desarticulación del comunal es uno de los puntos esenciales de la estrategia ofensiva del Estado durante la contemporaneidad para alcanzar una potestad absoluta sobre el cuerpo social.

***

(1) Las siguientes líneas están elaboradas a partir del artículo ‹‹Montes comunales en sociedades mediterráneas: modos de uso de los recursos naturales en Andalucía oriental, siglos XVIII-XX››, Antonio Ortega Santos.

(2) En ‹‹Investigación sobre la II República española, 1931-1936››.

(3) Consultar ‹‹La historia de Andalucía a debate I. Campesinos y jornaleros››.

(4) Ver ‹‹Privatización del monte y protesta campesina en Andalucía oriental (1836-1920)››, Francisco Cobo Navarro, Salvador Cruz Artacho y Manuel González de Molina.



Diferenciar el Cristianismo de la Iglesia

Escrito por jesusfrancosanchez 25-01-2018 en Recuperando la historia. Comentarios (0)

Texto elaborado a partir de “Revolución en la Alta Edad Media Hispana” (inédito), Félix Rodrigo Mora.

‹‹Nos apartamos del mal, o por temor del castigo, y tenemos la disposición del esclavo, o movidos por el incentivo de la recompensa… y nos parecemos a los mercenarios, o acaso obramos el bien a causa del mismo bien, o por amor››. San Benito.

‹‹La virulenta reducción de la esencia humana a lo fisiológico, utilitario, monetario y placentero ha llegado a ser la ideología oficial hoy en Occidente, justificadora de un barbárico consumismo y causa de un gigantesco declive de la calidad de los individuos, de la libertad del cuerpo social, de las condiciones medioambientales y del nivel de la civilización››. Félix Rodrigo Mora.

***

El cristianismo, como cosmovisión y movimiento social, surge en Palestina en el siglo I. Es una negación por las clases modestas del imperio romano y de la aristocracia israelita colaboracionista. Conoció una imparable expansión entre el pueblo hasta comienzos del siglo IV.

Entre sus precursores se encuentran los cínicos, Sócrates y los esenios.

El mundo antiguo, sumido en el declive constante de la calidad de los seres humanos por la ejecutoria de Roma, urgía de un ideal civilizador. Éste será aportado por los cristianos por medio del amor en actos y la vida en común materializada en las fraternidades, nociones axiales para hacer frente al problema número uno: el Estado, garante, entre otras nocividades, de la esclavitud y de la subordinación patriarcal padecida por las mujeres. El amor en el cristianismo no es una categoría absoluta o única sino un valor relativo que deja lugar a la justicia y aun a la ira consciente. Es amor hacia los hermanos y resistencia ante los opresores, esto es, ética sodalicia.

Por tanto, ni la riqueza ni la carne eran las cuestiones decisivas sino la continuidad de las instituciones, normas legales y relaciones entre las personas basadas en la violencia constante, el odio y la codicia. Que la iglesia romana convirtiese la abstinencia sexual en el ideal más preciado ha de entenderse como una operación ideológica para obviar los verdaderos asuntos. Para el cristianismo, sencillamente, no hay lugar para la exacerbación de lo erótico, ya sea de forma impositiva, ya prohibitiva. Ni lubricidad ni mojigatería. 

El cristianismo, frente al derecho romano que estatuye la violencia legal (por tanto, el temor) y la propiedad privada (por ende, el egoísmo), y a las leyes judías, va a situar en el centro al obrar según la valía y bondad intrínseca de las metas formuladas. Esto es, se postula una máxima moralidad y una mínima legalidad, quedando ésta objetivada en normas surgidas del pueblo. El individuo no actuará considerando el beneficio personal, el cual es repudiado, sino según el amor; pues el cristianismo no es un yo, es un nosotros. La fraternidad constituirá el órgano nuclear de la soberanía y se establecerá un régimen de propiedad colectiva. Los bienes serán puestos en común, en la adhesión no a la pobreza en sí misma sino a la ausencia de propiedad privada.

Igualmente, el hedonismo como ideología impuesta por el ente estatal romano será combatido por los cristianos mediante la convicción de llevar una vida esforzada. Los apetitos han de quedar sometidos al dominio de la voluntad. Ni mucho menos la felicidad individual figura entre las metas a perseguir. Aunque tampoco ha de contemplarse el cristianismo como un ascetismo, éste es sólo parte secundaria y subordinada.

El trabajo manual será valorado de forma positiva: cada cual ha de vivir de lo propiamente obtenido y servir a la comunidad, especialmente a quienes no pueden sustentarse por sí mismos. Tanto la clase alta como el populacho romanos llevaban una vida ociosa, sin metas.

Legítima defensa y violencia justa, tolerancia, libertad de conciencia y de culto, y universalismo son otros de los componentes cristianos.

Ante esta renovadora concepción de lo humano, antagonista de la coerción perpetua de Roma, ésta maquinará un proyecto estratégico para la aniquilación cristiana. Para ello, empleará la represión, la modificación de los escritos primarios por intelectuales y clérigos en el sentido exigido por los intereses estatales y la subordinación del aparato eclesiástico al emperador.

Inicialmente la teología del cristianismo es mínima. La fe no es una categoría de su ideario pues se espera todo de las obras del amor. También era ajena la identificación Jesús-Dios. Cuando el clero a las órdenes del estado romano establece que ser cristiano es creer la doctrina que él sostiene y enseña, el cristianismo resulta repudiado de facto

La iglesia es oficializada por Constantino en el siglo IV. Será a través del Estado como alcance su capacidad normativa y coercitiva, por tanto, existencia como tal. Los Padres de la Iglesia, núcleo de poder intelectual, moldean la nueva religión, oficial y formalmente cristiana, útil al imperio y a las clases opulentas, de un contenido ideológico muy similar en la forma y en lo secundario al cristianismo pero que resulta en lo sustantivo su más completa negación. Es la respuesta auto-conservadora del Estado romano.

El monaquismo revolucionario (siglos IV-X), no manipulado por la Iglesia ni tergiversado por los eruditos, será continuador del cristianismo de la hora primera. Monasterios, cenobios y eremitorios populares, de existencia al margen de la Iglesia y el Estado, han de considerarse regeneradores, además de decisivos en la repoblación; no así los ortodoxos que constituyeron una sección del aparato estatal. En la península Ibérica, la fusión de la cultura de los pueblos donde el yugo de la administración romana (y sus continuadoras, la visigoda y la islámica) no alcanzó, o fue débil (astures, cántabros, vascones), con la cosmovisión cristiana, en sintonía con los valores y modos de vida de éstos, a los que se unían los siervos y libres pobres huidos desde el sur, propició transformaciones personales y sociales, de naturaleza civilizatoria, pero también limitada, durante la Alta Edad Media. Por ejemplo, la desaparición en el seno de las clases populares del esclavismo del mundo antiguo. El cristianismo repudia el apetito de mando o dominio sobre los demás seres humanos

Esta fusión cristianismo-pueblos del norte origina formaciones sociales nuevas y superiores moralmente a las existentes. La esencia de esta revolución altomedieval se manifiesta en el concejo abierto, el derecho consuetudinario, las milicias concejiles y la propiedad colectiva.

La resistencia popular a al-Ándalus hasta mediados del siglo XIII (toma de Sevilla en 1248) es el aspecto dominante. En este largo proceso el pueblo vence al estado islámico y resulta, a su vez, vencido por las instituciones monárquicas (familia real, alto clero, nobleza y monasterios institucionales). El autogobierno popular agoniza durante la Baja Edad Media debido principalmente a sus propios errores y debilidades: la no extinción de la corona y la conciliación con ella, la ausencia de reflexión estratégica y renovación de metas, y el desarrollo de un modo de vida hedonista. La esclavitud conocerá un ascenso en Europa durante el periodo bajomedieval; mayor durante el Renacimiento. A la derrota del poder popular en los siglos XIII y XIV contribuyó la aniquilación del cristianismo como fuerza histórica de naturaleza civilizadora en el siglo XI debido a la combinación de la expansión de la orden monástica de Cluny, la alianza de ésta con las monarquías ibéricas y la reforma gregoriana. 

Durante la Baja Edad Media se produce un retorno a la Antigüedad precristiana: una sola institución, la Corona, se apropia de la potestad de gobierno del conjunto social, proyecto urdido por Alfonso X y sus consejeros y aplicado por Alfonso XI; el doctrinarismo teorético, el rechazo del conocimiento experiencial, el clasismo esclavista y el interés particular, esto es, el aristotelismo, constituirán el fundamento intelectual; el derecho romano conoce una difusión; el trabajo útil es despreciado; el modo de producción colectivista es desintegrado; el dinero alcanza prestigio social; el comercio conoce una expansión, así como el monocultivo y la monoproducción; un modo individualista de pensar, ser y trabajar sustituye al comunitario

El ciclo civilizatorio de la cosmovisión cristiana tuvo su origen en el siglo I y desapareció en el XIV, aunque muchos de sus componentes centrales, de significación universal, pervivieron de manera especial en la sociedad rural popular, la cual fue definitivamente desarticulada por el Estado franquista.

Como anotación final, válida para las condiciones presentes, se dirá que el cristianismo es un proyecto regenerador de la totalidad de la vida social: se propone sustituir las instituciones fruto del odio, la opresión y la codicia por otras nacidas del amor, la libertad y el desinterés.




La expansión de lo urbano es la contracción de lo civilizatorio

Escrito por jesusfrancosanchez 20-12-2017 en Andalucía. Comentarios (0)


La conversión durante la segunda mitad del siglo XX de diversos pueblos de la comarca sevillana del Aljarafe, de una extensión territorial aproximada de 1.700 km2, habitada actualmente por más de 300.000 almas y situada en la margen derecha del Guadalquivir, en un apéndice de la gran urbe ejemplifica la dinámica de dominación y destrucción propia del entramado estatal-capitalista de la modernidad última. Municipios como Camas, San Juan de Aznalfarache, Mairena del Aljarafe, Tomares, Bormujos o Castilleja de la Cuesta han sido transformados en espacios sin identidad, meras colonias de “la gran Sevilla”, unas monstruosidades atestadas de urbanizaciones, automóviles, centros comerciales, polígonos y ciudadanos alóctonos, entregados al par producir-consumir. La ciudad, en su expansión, afea y destruye paisajes, y transfiere habitantes y modos de vida a unas localidades tradicionalmente agrarias.

Pasarlo bien, adquirir mercancías, hacer turismo, tener un buen trabajo asalariado, deleitarse en el fisiologismo, demandar más y más Estado de bienestar o encajar dócilmente las consignas difundidas por el sistema son algunos de los rasgos y metas de los hombres y mujeres medios de la metrópoli y su aglomerada área. Una vulgar uniformización de mentes y conductas lo enseñorea todo. La vinculación entre masificación, heteronomía, homogeneización, deshumanización, egotismo y atomización es abordada por Heleno Saña en “Breve tratado de ética”.

Aunque el fenómeno urbanizador ha tenido una incidencia máxima en el sector oriental de la comarca, la extensión de la aberrante cosmovisión de la vida de ciudad ha alcanzado a todos los pueblos a través de los variados medios de adoctrinamiento: escuela, televisión, cine, publicidad, prensa, radio. En efecto, la anulación de diferencias se ha producido no sólo en el medio sino también en sus habitantes.

Franquismo y constitucionalismo (denominado democracia por ingenuos y por quienes desean salvaguardar sus carreras profesionales) en este asunto, como en tantos otros esenciales, han mostrado ser continuistas. Ello es comprensible pues la Transición fue una adaptación del Estado a las condiciones del momento, internas y externas, una actualización de las formas de dominación de unas minorías ensoberbecidas sobre el conjunto, una vez que el fascismo resolvió el orteguiano “problema de España”. Estamos, en primer lugar, ante un hecho político: para el crecimiento del poder de las élites la diseminación en áreas rurales de la población peninsular, una realidad hasta bien entrado el siglo XX, suponía un serio obstáculo. Y, sobre todo, la superioridad moral y cultural del hombre de campo sobre el de ciudad (1). El desarrollismo del régimen de Franco tuvo un fiel retoño en el progresismo de los partidos políticos de signo izquierdista atrincherados en las instituciones antipopulares. Operaciones como la Exposición Universal de 1992 contribuyeron al salto hacia delante de la ciudad.

Y ello con la anuencia del común de las personas. Quienes apoyaron la salida constitucionalista, parlamentarista y autonomista del franquismo, y quienes han asumido como deseables, propios y verdaderos los valores y metas voceados por los correveidiles del sistema deberían someterse a un severo ejercicio de reflexión y estudio encaminado a la corrección del comportamiento y la emancipación de la conciencia.

La facultad de la plutocracia de administrar vidas ajenas encuentra en la megalópolis el lugar donde concentrarse: organismos gubernamentales, grupos financieros y mediáticos, tribunales de derecho positivo, sedes policiales y militares…

Por tanto, ¿qué posibilidades tiene la democracia sin comillas y sin adjetivos, esto es, la ejercida por la gente corriente en asambleas soberanas, de desarrollarse en una gran urbe? (2) ¿Y qué otras el desempeño de una economía comunal, de autoabastecimiento y consumo mínimo? ¿Y cuáles la libertad civil? ¿Y cuántas la libertad de conciencia? ¿Y cómo puede regenerarse la biosfera con multitud de seres humanos habitando hacinados en reducidas porciones del territorio?

Los reproductores de mensajes gratos al orden vigente de dictadura política, económica e ideológica, bien remunerados en su proceder, jamás cuestionan los fundamentos del mismo, tales como la existencia del Estado, la partitocracia y el parlamentarismo, el hedonismo y la felicidad como aspiraciones, la medicina farmacológica e industrial o la vida en las grandes ciudades. Sobre este último asunto el estrés y la contaminación del aire son elevados a problemas decisivos, a sobrellevar con medidas blanditas como practicar yoga o limitar el número de vehículos circulantes. Ello silencia lo cardinal: la gran urbe es indispensable al conjunto de poderes para ejercer su tiranía.

Una vez desenmascarada la retórica de lo “avanzado y tolerante” del cosmopolitismo, el multiculturalismo y la diversidad, nos encontramos con una magna operación para culminar la sociedad de los individuos en serie, quebrar los elementos positivos sobrevivientes de la cultura popular (vínculos familiares y comunitarios, cooperación, dignidad, lenguas, saberes…) y allegar servil mano de obra barata inmigrante. Para megadominar.

La contraofensiva holística y popular, individual y colectiva, superadora por civilizadora, de los modos de ser, pensar y actuar prevalecientes que demanda el siglo XXI, entendemos que ha de contener entre sus objetivos el de habitar en poblaciones reducidas, regidas por asambleas soberanas, relacionadas entre sí y en contacto con el medio natural.


*


  1. Rafael Altamira en “Historia de la propiedad comunal” afirma que los integrantes del mundo rural han sabido, en los momentos más tristes para la libertad personal, mantener, defender y hasta imponer su autonomía y propio valor. Es por ello que allí enraizaron y se extendieron los bienes, usos y costumbres comunales. La urbe, el comercio, la industria y también algunas profesiones han transitado generalmente por otro camino, siendo poderosos medios de individualización.

  2. El concejo abierto sobrevivió en las aldeas a la acción contrarrevolucionaria de Alfonso XI en el siglo XIV, que establecía el regimiento o concejo cerrado como forma política.


Libro de textos del II encuentro de reflexión sobre revolución integral

Escrito por jesusfrancosanchez 06-10-2017 en Presente. Comentarios (0)

Escrito por Sofía.

Hola, encantada de ponerme en contacto con todos vosotros. Os escribo como autores de algún texto en el libro que he preparado para sacar en papel de manera inminente, con los materiales generados para el II Encuentro RI.

Se ha retrasado tanto su publicación, por una parte porque la persona que de forma voluntaria se ofreció a hacerlo, después de más de seis meses no avanzó nada y luego al cogerlo yo, que me sentía responsable, pues he ido haciendo según mi disponibilidad y circunstancias. Ha sido un esfuerzo, pero creo que este libro ha quedado muy completo y plural, con textos de calidad y que no han perdido vigencia, con lo que pienso que ha merecido la pena. 

He puesto los emails de manera oculta para no generar spam, somos 27 personas. Espero no haberme dejado a nadie, sería solo por descuido, igual que si echáis en falta algún texto os pido disculpas desde ya, aunque yo creo que están todos los recibidos.

Subiremos para su descarga gratuita el pdf a la web RI y enviaremos un correo a la lista para hacer saber que el libro está también a la venta en papel. El precio será igual que el primero, a 12 euros. Si se dan beneficios ya se vería cómo repartirlos o servirían para el mantenimiento de la web o para tener bote, aunque el precio es más o menos un par de euros mayor que el de coste, sin gastos de envío, mi labor en principio no está remunerada, como nunca lo ha estado.

Pero sí que he querido que sea el primero de los trabajos que salen con el sello editorial que he creado para seguir con esta labor de publicar aquellas obras para las que sus autores no encuentren editorial y quieran contar con mi colaboración. Ha nacido Xeito ediciones 

Agradezco la aportación de todas y cada una de las personas que aparecen, y quiero nombrar a Joám Evans porque ha sido tomando de partida el trabajo que hizo el año pasado que yo he preparado este segundo volumen, gracias y gracias.

Como autores me ofrezco a haceros llegar directamente la cantidad de libros que queráis, a precio de autor más gastos de envío que es el precio de Amazon, para hacer la distribución personalmente.

Cualquier duda o comentario, ya lo sabéis porque sigo manteniendo contacto más o menos habitualmente con vosotros, estoy a vuestra disposición.

Un fuerte abrazo y enhorabuena, además de muchas gracias.