Ética, Dignidad y Autogestión

Aproximación territorial a los bienes comunales en Sevilla durante la Baja Edad Media

Escrito por jesusfrancosanchez 08-04-2017 en Andalucía. Comentarios (0)


El significado universal de los bienes, usos y costumbres comunales se pondrá de relieve incluso en una fase histórica descendente para la civilización en la Península Ibérica, la Baja Edad Media 1, período en el que Andalucía experimentará una transformación política, social, económica y cultural mediante los procesos de conquista, repoblación y repartimiento 2.

El comunal es un elemento de la compleja estructura del campo andaluz que en su historia no puede reducirse a las categorías de jornaleros y terratenientes, subdesarrollo y desindustrialización. Tal es así que en el siglo XIX, a raíz del proceso desamortizador estatal, las reivindicaciones campesinas no demandaban el reparto de la tierra, sino que exigían la devolución de los comunales enajenados 3. Y más aún, durante la segunda república española (1931-1936) en muchos municipios andaluces se seguía pleiteando por lo antaño usurpado 4,5.

Con la repoblación de Andalucía se fue configurando un espacio de uso comunitario 6 que coexistirá junto a la propiedad privada de la tierra, siendo ésta inicial y preferentemente en régimen de pequeña y mediana propiedad 2. La gran propiedad se irá haciendo realidad de forma paulatina a lo largo de los siglos XIII, XIV y XV 7.

A diferencia de los bienes de propios, de pertenencia concejil -en cuya adquisición contribuía la usurpación de tierras comunales-, los bienes comunales son aquellos sobre los que nadie detenta una propiedad eminente 6. Si bien, con la penetración del derecho romano, incluido en el programa restaurador del orden social godo-romano realizado por la Corona en los siglos bajomedievales 1, el monarca aparecerá como titular de todas las propiedades sin dueño 6. No obstante, una afirmación relevante de A. Nieto es que:

‹‹La esencia de la comunalidad vecinal no se encuentra en el objeto de derecho, y mucho menos en su titularidad, sino en el aprovechamiento comunal por parte de los vecinos››. 3

Asimismo, las tierras despobladas, denominadas baldíos o realengos, fueron poco a poco identificándose con los comunales 6.

M. A. Carmona Ruiz 6 diferencia, dentro de los bienes comunales, entre:

- Caminos y aguas (ríos, arroyos, fuentes, pozos y abrevaderos. Que permitían la pesca y garantizaban a los ganados lugares para abrevar).

- Terrenos abiertos de aprovechamiento en común. Montes y eriales. Para alimento del ganado, obtención de leña, madera, carbón y frutos silvestres (bellotas, espárragos, setas, alcachofas…), desarrollo de la apicultura en el sotobosque y fabricación de cal y yeso.

- Tierras acotadas de uso común. Que comprendían las dehesas concejiles, los ejidos, los prados, las Marismas y las Islas (Mayor y Menor; reservadas al disfrute de los vecinos de la ciudad y de las villas guarda y collación de Sevilla). Serán éstas el origen de los bienes de propios y de algunas dehesas de particulares.

- Derechos comunales sobre las tierras utilizadas para la agricultura: la derrota de mieses. La tradición de los campesinos de beneficiarse de las hierbas y rastrojos de los campos de propiedad privada -además del uso de aguas, la obtención de leña o la práctica cinegética-, después de haberse recogido la cosecha, estaba profundamente arraigada.

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Durante los siglos XIV y XV comenzó un proceso que sería trascendental en la historia rural andaluza: las intervenciones y privatizaciones en tierras comunales y baldías 8.

Entre 1325 y 1350, durante el reinado de Alfonso XI, la estructura de los concejos experimentará una radical mutación al ser sustituida la asamblea general de vecinos por un concejo reducido al que pasan con carácter permanente todas las atribuciones de aquélla. La implantación de este sistema de regimiento significa el triunfo del autoritarismo y centralismo monárquicos 9 y la aniquilación del poder político-militar popular 1.

Esta imposición fue aceptada sin mayores dificultades en los concejos de los reinos cordobés y sevillano 9. La reacción la llevaron a cabo los bandos nobiliarios, en pugna por el control municipal desde antes de las reformas alfonsinas. No existieron ‹‹reivindicaciones populares ni democráticas, pues el común hispalense hacía bastante tiempo que había perdido el control del concejo›› 10.

La mayoría de las incautaciones de bienes y derechos comunales que se produjeron durante el siglo XV fueron cometidas por miembros de la oligarquía local 6, vinculada a determinados linajes y monopolizadora de los cargos concejiles a raíz de las citadas reformas. En El Reino de Sevilla en tiempos de Alfonso XI (1312-1350), Manuel García Fernández expone que ‹‹el gobierno y la administración de los grandes concejos andaluces [ya estaban] desde principios del siglo XIV en manos de [dicha oligarquía] que facilitó la intervención de Alfonso XI››. El monarca ‹‹al designar los regidores entre hidalgos y caballeros tan sólo institucionalizaba una tendencia que venía de muy atrás [fines del siglo XIII]››. La patrimonialización de los oficios concejiles es un fenómeno característico de la segunda mitad del siglo XIV y, sobre todo, del siglo XV 10. Los jurados –teóricos representantes vecinales- aparecerán vinculados al patriciado. Éste acabará siendo vehículo de la gran nobleza para el control del gobierno municipal, que se deteriorará rápidamente en esta etapa. La monarquía impondrá sus representantes en las figuras de corregidores y asistentes, quienes acabarán consolidándose al frente de las ciudades 9.

El impulso de los señoríos, el empobrecimiento de las clases populares o el intervencionismo legislativo 10 serán otros de los “logros” de este funesto monarca.

Las tierras abiertas de aprovechamiento común fueron las que más sufrieron las usurpaciones. Sobre caminos, aguas, dehesas concejiles, ejidos e Islas Mayor y Menor también se produjeron apropiaciones ilegítimas. El impedimento del derecho comunal de la derrota de mieses fue asimismo un delito común 6.

La Campiña fue la región que más soportó el fenómeno usurpador. El Aljarafe y la Ribera, de riqueza y desarrollo agrícolas, padecieron importantes invasiones en las tierras de aprovechamiento comunal. El reducido término de la ciudad sufrió numerosas usurpaciones. La Sierra fue objeto en menor medida de pérdidas de terrenos comunales 6.

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Las comunidades de Villa y Tierra habían sido constituidas desde finales del siglo XI en ciertas zonas de los reinos de Castilla y Aragón como un libre convenio entre una población mayor y unas aldeas para poner en común el gobierno, la justicia, la organización militar, la fiscalidad, la administración y la tierra 1. Sin embargo, para el siglo XV los concejos de la tierra de Sevilla estaban sometidos al de la villa, quedando los habitantes de aquélla en evidente inferioridad respecto a los vecinos de la ciudad 6.

Las Sierras, el Aljarafe, la Ribera y la Campiña constituían el alfoz del concejo de Sevilla 6.

En Aracena y en las aldeas serranas que surgieron tras la dispersión poblacional de la zona en el siglo XIV, tras el final del período de agrupación en torno a los castillos fronterizos con el reino de Portugal, la presencia de la propiedad comunal tuvo una gran extensión, predominando los baldíos y montes de uso eminentemente ganadero. Aquí, la imagen que mejor corresponde a esta etapa es la equilibrada combinación entre usos comunitarios de la tierra y pequeña propiedad agrícola 11. Las villas solían tener al menos una dehesa boyal 12. J. Pérez-Embid Wamba señala el ‹‹apego a los ancestrales usos comunitarios›› entre los vecinos de la ruralidad serrana 13.

Una actividad importante para la economía medieval era la apicultura. Los colmenares, muy extendidos, se situaban habitualmente en espacios comunales de la Sierra Morena occidental, destacando el área de Constantina 14.

La presencia del comunal en Fregenal de la Sierra, hoy perteneciente a la provincia de Badajoz, es citada por M. Borrero Fernández 15.

En el distrito Aljarafe-Ribera se hallaba una apreciable cantidad de tierras de aprovechamiento comunal. La  mayoría de ellas se identifica con tierras de pasto, necesario para la alimentación del ganado de los vecinos, islas y marismas, montes compuestos fundamentalmente de Quercus y dehesas boyales 16. Además se empleaban para otros usos arriba citados. M. Borrero Fernández ha consignado la existencia de lagares que generalmente se trataban de ‹‹propiedades compartidas por varios vecinos›› 7. En el Campo de Tejada existía una adecuada combinación de terrenos comunales, minifundio vinícola, cultivo de cereal, apicultura y ganadería, constituyéndose en una de las zonas rurales del alfoz sevillano con una economía campesina más solvente 17. La modalidad de asentamiento de campesinos mediante carta-puebla incluía la concesión de bienes de uso común; así, la de Gatos en 1332 otorgaba a los pobladores para uso comunal el molino de aceite, propiedad del cabildo, y los montes y pastos de la aldea 9.

Al igual que en el resto de los concejos andaluces, tras la conquista se reservaron en Carmona –no comprendida en el alfoz de Sevilla- espacios incultos de aprovechamiento comunal. La Campana destacaba por la presencia de encinares, alamedas, pinares, palmares y jarales. Estos últimos de excelente valor para la crianza de abejas. Es reseñable asimismo un importante desarrollo de la caza menor en los montes carmonenses destinada al autoabastecimiento 18.

La existencia de bienes rústicos comunales en Écija –que quedaba también fuera de la jurisdicción del concejo hispalense- ha sido igualmente constatada 19.

El fenómeno asociativo, representativo de la edad media, hallará una de sus expresiones en las hermandades u organizaciones supraconcejiles, que suponían el acuerdo entre dos o más concejos limítrofes para la utilización en común de los montes, pastos y aguas de sus términos respectivos. Así, la establecida entre Sevilla y Carmona posibilitaba cortar madera, hacer carbón, recoger frutos silvestres, colocar majadas de colmenas en los jarales y cazar 9. Otro caso de aprovechamiento interconcejil de tierras comunales lo encontramos para las localidades de Marchena, Morón, Arahal y La Puebla de Cazalla, cuyos vecinos disponían de espacios mancomunados de uso forestal y ganadero 20.

Los vecinos de Morón asimismo utilizaban comunalmente el bosque de San Pablo en Montellano, de gran riqueza silvopastoril 21.

En la frontera entre los reinos de Sevilla y Granada (Banda Morisca) proliferaron espacios abiertos de aprovechamiento comunal: ganadero, cinegético, apicultor y forestal (corcho, esparto, casca…) 22.

La importancia de montes, prados y pastos en el mundo rural sevillano de la época es ponderada también por I. Montes Romero-Camacho, quien afirma que el agro ‹‹estaba formado por un conjunto armonioso [sic] de tierras cultivadas e incultas›› 23.

M.A. Carmona Ruiz se ha ocupado con detalle de la actividad pecuaria, íntimamente ligada a la agrícola, en los espacios comunales durante la baja edad media 24. En su estudio asevera que ‹‹todos los vecinos de la ciudad o villa y su alfoz podían aprovecharse de los bienes comunales de todo el territorio›› y que ‹‹la gran mayoría de los espacios incultos aprovechados por la ganadería andaluza eran de carácter comunal››. El uso común de pastos, así como de agua y madera, se estableció tanto en los términos de realengo como en los de señorío, en las tierras más alejadas de los núcleos de población. Los principales pastizales sevillanos se encontraban en las Islas y Marismas, en el Andévalo (actual provincia de Huelva) y en Matrera (hoy Villamartín, Cádiz).

Finalizamos este apartado subrayando que, según A. Collantes de Terán Sánchez, la mayor parte de las tierras extramuros de la ciudad hispalense eran de aprovechamiento comunal 25.

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El comunal ha de ser comprendido no sólo en su dimensión económica sino también axiológica, ya que se funda sobre un concepto de la vida solidario y social, en abierta oposición al egoísmo moderno que supone una verdadera escisión, una separación atómica de los hombres 26.

Por tanto, su recuperación y desarrollo demandan, como precondición moral, arrinconar el culto a lo particular como regla general de conducta y preparar al hombre para la vida colectiva. Lo que ha de realizarse al margen del entramado estatal-capitalista, el cual establece la propiedad privada y la mercantilización de la existencia como pilares del orden establecido.


Bibliografía consultada

1 Revolución en la Alta Edad Media hispana (inédito). Félix Rodrigo Mora.

2 En torno a los orígenes de Andalucía. La repoblación del siglo XIII. Manuel González Jiménez.

3 Vecindad y derechos comunales en la comarca de la Janda (Cádiz). Las Hazas de Suerte de Vejer de la Frontera y Barbate. Alberto Bernabé Salgueiro.

4 La tierra comunal en Andalucía durante la Edad Moderna. Antonio Miguel Bernal Rodríguez.

5 Investigación sobre la segunda república española, 1931-1936. Félix Rodrigo Mora.

6 Usurpaciones de tierras y derechos comunales en Sevilla y su “tierra” durante el siglo XV. María Antonia Carmona Ruiz.

7 Mundo rural y vida campesina en la Andalucía medieval. Mercedes Borrero Fernández.

8 Sobre la génesis medieval de la identidad andaluz. Miguel Ángel Ladero Quesada.

9 Historia de Andalucía. Antonio Domíguez Ortiz (director).

10 El Reino de Sevilla en tiempos de Alfonso XI (1312-1350). Manuel García Fernández.

11 Aracena y su sierra. La formación histórica de una comunidad (siglos XIII-XVIII). Javier Pérez-Embid Wamba.

12 Notas sobre la ganadería en la sierra de Huelva en el siglo XV. María Antonia Carmona Ruiz.

13 La organización de la vida rural en la sierra a fines de la Edad Media: las ordenanzas municipales de Almonaster. Javier Pérez-Embid Wamba.

14 La apicultura sevillana a fines de la edad media. María Antonia Carmona Ruiz.

15 El concejo de Fregenal: población y economía en el siglo XV. Mercedes Borrero Fernández.

16 El mundo rural sevillano en el siglo XV: Aljarafe y Ribera. Mercedes Borrero Fernández.

17 El Campo de Tejada en la Baja Edad Media. Mercedes Borrero Fernández.

18 Los bienes comunales y su papel en la economía rural de Carmona. María Antonia Carmona Ruiz.

19 Usurpación de tierras y derechos comunales en Écija durante el reinado de los Reyes Católicos: la actuación de los jueces de términos. Paulina Rufo Ysern.

20 Los aprovechamientos interconcejiles de tierras comunales. La hermandad de pastos entre Marchena, Morón, Arahal y La Puebla de Cazalla de 1501. María Antonia Carmona Ruiz.

21 El aprovechamiento de la Algaida de Cote (bosque de San Pablo, Montellano). Siglos XIII-XVI. María Antonia Carmona Ruiz.

22 Ganadería y frontera: los aprovechamientos pastoriles en la frontera entre los reinos de Sevilla y Granada. Siglos XIII al XV. María Antonia Carmona Ruiz.

23 El paisaje rural sevillano en la Baja Edad Media: aproximación a su estudio a través de las propiedades territoriales del Cabildo-Catedral de Sevilla. Isabel Montes Romero-Camacho.

24 La ganadería en el reino de Sevilla durante la Baja Edad Media. María Antonia Carmona Ruiz.

25 Sevilla en la Baja Edad Media. La ciudad y sus hombres. Antonio Collantes de Terán Sánchez.

26 Historia de la propiedad comunal. Rafael Altamira y Crevea.



La contemporaneidad: una pugna entre lo comunal y lo privado. Un ejemplo andaluz

Escrito por jesusfrancosanchez 28-03-2017 en Andalucía. Comentarios (0)

El pensamiento ilustrado y la legislación liberal se orientaron al fortalecimiento de los emergentes Estados-Nación. Para ello, la ordenación del territorio, la fiscalidad y el expolio del patrimonio comunal de los pueblos fueron elementos claves. La desarticulación del comunal se concibe como su privatización, tanto de la propiedad como de los usos, la mercantilización de sus formas de gestión y la estatalización-municipalización de los terrenos colectivos1.

Las tensiones generadas dentro del mundo rural a raíz de la privatización de bienes comunales durante el siglo XIX, especialmente a partir de la ley de 1855, se prolongarán hasta la década de 1930. Así, durante la segunda república española, sobre todo en 1933, se formularán numerosos expedientes de rescate de tales comunes. Andalucía sólo será superada por Castilla y León en la cuantía de reclamaciones. Comprendiendo además dos de los tres focos de demanda: el valle medio del Ebro, el cuadrante sud-occidental (región de Extremadura y provincias de Cádiz y Huelva) y la zona penibética (centrada en la provincia de Granada). Sin olvidar que en Córdoba y Sevilla, aunque la incidencia de reclamaciones fue menor, las privatizaciones de montes existentes en 1859 superaron el 70%. La legislación republicana en materia de rescate de dichos bienes, en la práctica, quedó en nada2.

No obstante, la forma de resistencia campesina ante la estatalización y privatización crecientes de los montes comunales que vamos a destacar aquí será la persistencia en el uso de los mismos, como afirmación de un derecho consuetudinario. Para ello nos basaremos en Privatización del monte y protesta campesina en Andalucía oriental (1836-1920), Francisco Cobo Navarro, Salvador Cruz Artacho y Manuel González de Molina, donde se estudian los casos jiennense y granadino. Lo que manifiesta la importancia del comunal en el sudeste peninsular.

Algunas de las graves consecuencias de la penetración en lo rural del Estado, la propiedad privada concentrada, la mercantilización capitalista y la salarización fueron la reconversión de las relaciones sociales, el empobrecimiento campesino y la sobreexplotación de los recursos forestales.

El deterioro de la cubierta forestal fue causado por el Estado liberal, el Ministerio de Hacienda y los municipios, sobre todo, que con su proceder fomentaban el interés privado.

Pero hubo más. El sistema integrado y tradicional de manejo múltiple de los recursos o agro-silvo-pastoril, basado en los campos abiertos y el aprovechamiento comunal, sufrió un fuerte golpe, siendo sustituido por el uso segregado de amplias superficies de cultivo agrícola. En efecto, la expansión de la agricultura fue un hecho durante el siglo XIX3. La explotación agrícola de la tierra se convirtió en la principal actividad productiva para la subsistencia.

Asimismo, las desamortizaciones se saldaron con el mantenimiento y aun con la agudización de la distribución desequilibrada de la propiedad de la tierra. Así, en 1931 la causa número uno de la propiedad concentrada era el proceso desamortizador, impulsado por el Estado, que expolió muchos millones de hectáreas a las comunidades rurales en su propio beneficio, las cuales luego fueron vendidas a particulares4.

Esta dinámica de desposeimiento de los grupos campesinos acarreó, asimismo, una capacidad limitada de abastecimiento, al depender las comunidades rurales del salariado. Así como una pérdida de diversidad, tanto cultural (p.ej. saberes tradicionales) como biológica1.

La desaparición de los bienes de aprovechamiento comunal había debilitado los vínculos comunitarios. Esta aseveración es cardinal. Pues informa del significado de la contemporaneidad peninsular: una transición (tumultuosa, larga y sangrienta) desde la sociedad convivencial popular tradicional a la sociedad competitiva y de mutua hostilidad presente3.

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El aprovechamiento de madera y leña, el carboneo, la recolección de esparto, la actividad pecuaria o la caza pasaron a estar catalogados como delito. Tales recursos, los de mayor impacto para la subsistencia, fueron afectados por la reducción de la superficie aprovechable, por la progresiva consolidación de la propiedad privada y estatal sobre el suelo. Los derechos y bienes colectivos fueron puestos progresivamente fuera de la ley5.

Los vecinos continuaron con sus tradicionales usos como medida de resistencia a perder los aprovechamientos comunales. La titularidad de frutos y provechos había sido concedida a los ayuntamientos por la administración forestal en la década de 1860. Tales instituciones enajenaban los esquilmos y sobrantes del monte en pública subasta, procedimiento que cimentó una red clientelar.  La réplica popular fue extraer los bienes antes de su venta.

En las décadas de 1870 y 1880 se produjo el grueso del expolio. Etapas de implantación de las medidas liberales en las que, precisamente, tuvo lugar un mayor grado de conflictividad.

Esta persistencia cotidiana en el uso del monte, fuente tradicional de subsistencia, fue perseguida con ahínco por el Estado, que mostraba un deseo de castigar las infracciones de un modo bastante riguroso. En 1876 se encomendó a la Guardia Civil la guardería forestal de todos los montes públicos en exclusividad. Y en 1900 se crea una guardería forestal auxiliar. La combinación de reformas liberales y represión estatal condujo a que los “delitos forestales” conocieran un incremento inusitado, cuando aún se desamortizaban montes públicos y otros bienes de titularidad vecinal.

La defensa del uso y de la titularidad vecinal de los montes se llevó a cabo, generalmente, al margen de organizaciones sindicales. Éstas sólo se dieron en Granada en 15 de los 88 pueblos que tenían superficies forestales de titularidad pública, con anterioridad a la II república. La acción sindical, como medio de protesta y reivindicación a través básicamente de huelgas y manifestaciones, comenzó a tener protagonismo entre campesinos y jornaleros a partir de 1914. No por ello el acceso a la tierra mediante la devolución o restitución del patrimonio comunal de los pueblos dejó de considerarse la aspiración máxima, por delante de la fragmentación de las grandes propiedades.

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Las clases populares pretendían mantener sus tradicionales sistemas de reproducción social ante la creciente intromisión del Estado. Por tanto, su mentalidad y acción eran de naturaleza defensiva y conservadora; carecían de un programa y una estrategia para el derrocamiento del ente estatal y el logro de un orden social cualitativamente superior6.

Aun así, la resistencia popular de entonces es una muestra de dignidad de la que aprender hoy, cuando existe el convencimiento general de que vivimos en el mejor de los mundos posibles.

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1La desarticulación de la propiedad comunal en España: siglos XVIII-XX. Una aproximación multicausal y socioambiental a la historia de los montes públicos, Antonio Ortega Santos.

2Esperanzas de rescate. Pugnas en torno a los derechos de propiedad comunal en los montes españoles, 1931-1936, Iñaki Iriarte Goñi y José Miguel Lana Berasain.

3En la segunda mitad del siglo XVIII se promulgó una serie de disposiciones legislativas encaminadas a fomentar por todos los medios posibles la agricultura. Una introducción al control y desarrollo de la labranza por parte del Estado para ejercer sus proyectos de dominación y de competición con otros estados en Naturaleza, ruralidad y civilización, Félix Rodrigo Mora.

4Investigación sobre la II República española, 1931-1936, Félix Rodrigo Mora. Andalucía aportó el 16% de las fincas vendidas en España, lo que supuso casi la cuarta parte del valor total de las ventas. Estos datos tomados de El ser andaluz, Manuel Clavero Arévalo.

5La construcción del nuevo régimen liberal se sustentó, entre otras medidas, en el sufragio censitario, que otorgaba el derecho de voto al 5% de la población, aproximadamente. Ni siquiera, por tanto, en lo meramente formal de las prácticas electorales de partidos políticos puede ser calificado aquél de democrático. En Historia contemporánea de Andalucía, Juan Antonio Lacomba, se expresa la percepción que tenía el campesinado andaluz de la política legal: equivalía a control caciquil, ausencia de democracia y expropiación de tierras.

6La democracia y el triunfo del Estado. Esbozo de una revolución democrática, axiológica y civilizadora, Félix Rodrigo Mora.


Ideas, fines, medios y estrategias para la mejora personal

Escrito por jesusfrancosanchez 16-03-2017 en Filosofía. Comentarios (0)

“Desnudaos del hombre viejo y vestíos del nuevo”, San Pablo.

Los contenidos, sintetizados y ordenados subjetivamente y liberados de teología, han sido tomados de “Pedagogía de la lucha ascética”, Víctor García Hoz, 1946.

IDEAS

El sujeto como agente

“Cada uno es el que a sí mismo se salva o se condena” ya que “en cierto modo las circunstancias que rodean a cada hombre dependen de él mismo”. Este enfoque permite abandonar el victimismo y considerar a la persona como capaz, activa y operante.

La lucha es factor de vida, permanente, interior, ofensiva y de contenido moral

El enfrentamiento con las dificultades y las contradicciones, y a las pruebas duras y los aprietos, connatural a la existencia y continuo, habrá de ser esforzado, decidido, recio y corajudo, abandonando por tanto regalos, comodidades y blanduras condescendientes, y dotará al ser humano de perfectibilidad gradual y progresiva, y de heroísmo, acometividad, audacia y valor a sus actos; hasta llegar a engendrar “la alegría en los tiempos duros” y “en medio de dificultades”, y sentir “predilección de verse metido en guerras, porque donde están hay esperanza de triunfo”, así como confianza en que “puestos los trabajos indefectiblemente se consigue la victoria”.

Algunas advertencias: “en las batallas se conocen las propias fuerzas, no en la paz”; “muchas virtudes necesarias corren peligro de desaparecer en medio de los éxitos” ocasionando “obras o pensamientos dañosos por falta de ejercicio” o por “complacerse en lo sensible apartándose de lo moral si la voluntad no vigila constantemente”.

Entendimiento, preparación, voluntad, valentía y moderación son algunas “cualidades de un hombre digno de ser tenido por tal”

“En todas partes hemos de hallar batalla que ejercite nuestras fuerzas”, con “ánimo resistente que aguanta uno y otro trabajo y combate con uno y otro enemigo sin desmayar” ya que “la misión del espíritu es acometer la empresa”, rehusando la huida porque “el espíritu acostumbrado a lidiar en lances duros no retrocede ante las dificultades”. Hasta conseguir “a través de repetidas pruebas” un “hábito virtuoso”.

El hombre “llevará más ligeramente los trabajos teniéndolos prevenidos” puesto que “el peligro de la emoción-choque quedará menguado en quien está preparado” y en “situación de no maravillarse de trabajo ninguno que le venga”. La preparación en sí posee un valor moral “independientemente de que la obra llegue a realizarse” ya que “es valiosa la buena disposición de la voluntad”; siendo en ésta donde se sitúa la lucha y la que ha de ponerse “al servicio del ideal”, ejercitándola “en el desempeño de su oficio dominador”.

No se ha de olvidar que “conocimiento y acción están en trabazón íntima”, debiéndose traducir en vida las ideas elaboradas. Asimismo se ha de “obrar conforme a razón”, estando el espíritu “hecho para pensar mucho”, habiéndose de “crear lo verdadero con reflexión”, y requiriéndose “agudeza de conocimiento para conocer la guerra sin necesidad de que los enemigos se echen encima”, los cuales “jamás descansan ni duermen”.

Previene contra el “exceso o inadecuación al estado en que se encuentra el hombre”: “mirad no se hagan pesados vuestros corazones con demasiado comer y beber” ya que “con el cuerpo pesado y harto de mantenimiento, muy mal aparejado está el ánimo”; contra el “desordenado deseo de hacienda”, aconsejando “no acongojarse por el alimento ni tampoco por los vestidos”; contra “la preocupación del alma que antepone los bienes materiales a los espirituales”; contra la vanidad que “descansa sobre una ficción”; contra “la pusilanimidad de corazón”; y contra el “apetito desordenado de la propia excelencia”. Siendo esta soberbia “el principio de todos los males”.

“La valentía existe en función de un fin superior (acometer cosas grandes y arduas empresas) por el cual el hombre está dispuesto a tolerar peligros y padecimientos”.

El enemigo está en el interior, donde las fuerzas del mal y del bien están en perpetua pugna

“El mal, en potencia, se encuentra dentro de nosotros”, quienes estamos “sujetos al error”. Así “el obstáculo no está en las ocasiones externas, sino en la situación interna”. Lo cual no se ha de tomar “con semblante huraño, sino proclamando la situación de privilegio que significa el hecho de luchar constantemente”.

“Hay que realizar la paradoja de domar el cuerpo y el espíritu para adquirir un espíritu indomable”.

“La lucha del hombre es, pues, lucha contra el mal”.

“Ninguno se tenga por seguro”

Todo es movedizo e inconsistente; “el tener conciencia de la inexistencia de peligros es un engaño”, correspondiendo al hombre “una postura de vigilancia constante y firmeza inconmovible”, puesto que “mientras la vida dure no ha vencido completamente el hombre a sus enemigos”.

“Ni caída ni victoria debe apartarnos de seguir la lucha”

En caso de derrota “saldrá perfeccionado el luchador si sabe aprovecharla” y debe “imitar a los caballeros esforzados, a los cuales la vergüenza de ser vencidos y el dolor de las heridas no solamente no hace huir, más antes los incita a pelear”. “Tras del contraste del error y la verdad se graba ésta con más fuerza”. La caída “presente en la conciencia por el recuerdo, puede informar al hombre para su futura actuación, impidiendo nuevas caídas e imprimiendo en el espíritu decisión más fuerte de borrar con futuras actuaciones el mal de la pasada”.

Y en caso de victoria, ésta “debe llevar a nuevos triunfos en lugar de al descuido”, porque “la vida no es un estado; no se está en la vida, sino que se va, y peleando constantemente”.

FINES

La auto-construcción integral

Hacia la unificación de nuestra vida, transmutada “en vida verdaderamente valiosa”, que se “desenvuelva en toda su plenitud” al poner “en ejercicio del modo más intenso todas las facultades del hombre”. Vida que busca “el perfeccionamiento intencional de las facultades específicamente humanas”,  así como “la verdad limpia y recta que hay en las cosas y en el acontecer del universo y del yo”.

Se ha de llevar a todas partes no “manifestaciones fragmentarias” de la personalidad, sino “la persona entera”.

El dominio de sí mismo

Hace referencia al hombre “dueño de su vida” que “puede hacer de ella el uso que su razón le presente como más valioso”. Implica “un atletismo moral autoconsciente”.

“El señorío de sí mismo es una elevación de la dignidad humana”, el “principio ordenador de toda nuestra actividad”, la “armonía de las tendencias del hombre ordenadas al bien”. De modo que “la virtud y aprovechamiento de cada uno no se ha de medir sino por la fuerza que cada uno se ha hecho y por la victoria y señorío que ha alcanzado de sí mismo”.  En pos del “impulso al bien” y de “alcanzar las virtudes, poseerlas y practicarlas”.

Es muy conveniente “venir al abismo del propio conocimiento para poseer la verdad de nuestras fuerzas”, de “nuestras posibilidades con vistas a la actividad” y “como una de las formas del propio dominio”.

El dominio del mundo exterior

“Tiene por objeto el mundo”, su conocimiento “en relación con el fin del hombre”.

“En el mundo tropieza el hombre con la resistencia a sus proyectos, con la oposición de las circunstancias, con los valores negativos, con el dolor y la lucha, en suma”.

Insta a “no maravillarse de los acontecimientos”, a la impasibilidad “porque el bueno, ni se engríe con la prosperidad, ni desmaya con la adversidad”, a “cercenar todas las superfluidades y demasías”, llegando a la “alegría para recibir lo que de fuera nos viene”; así como al “desasimiento de los bienes” para que “el hombre nade encima de las cosas y no se deje ahogar en ellas”.

Podemos utilizar “incluso el dolor y las contrariedades” para nuestros fines.

La paciencia y la alegría son “expresión del dominio del mundo”.

Y un recordatorio: “cuando la voluntad está apegada a algo, en ese momento se hace esclava de ello”.

La libertad

Es “el mayor bien de la vida humana”, “consecuencia del dominio de sí y del dominio del mundo exterior”, “condición indispensable para que un acto sea moral y, por tanto, meritorio”, y “atributo a conquistar en lucha” puesto que “la verdadera libertad efectiva no es un estado previo en el hombre, sino el resultado de una victoria”.

Hace un llamamiento al “uso adecuado del libre albedrío” para nuestros fines.

“La libertad verdadera, la libertad interior y la libertad del espíritu son una misma cosa”.

Desarrollo de la vida espiritual, trascendental y amorosa

“En la decisión de vivir según el espíritu está el principio de la perfección”, dando “lugar preeminente a las virtudes interiores sin negar el suyo a las exteriores”.

Se ha de considerar la vida desde “una radical dimensión de profundidad”, obrando “por motivos superiores”, otorgando una “elevación trascendental a todos los actos de la vida”.

Incluso “un acto puede ser espiritual aunque se realice con el cuerpo”.

El amor es “el motor de la amistad” y posee “virtud igualatoria” y “transformativa”. Es el “substrato de todas las virtudes”.

Propugna la “inquietud amorosa de servicio”. De “servicio al bien por el camino honroso de las dificultades”.

Hacia la alegría

La alegría radica “en lo interior del hombre, no en lo exterior de las circunstancias”.

Permite “convertir la vida en suave carga”. Su emoción contraria es la de “la debilidad”, y está provocada por “la afición del hombre a las cosas”.

Sentencia que “en el mundo no estamos para gemir, sino para amar”, habiéndose procurar la expansión de las “tendencias más generosas del hombre”, y alimentar en nuestro interior “la alegría de una vida bella y elevada”.

MEDIOS

Meditación

Es “la aplicación trabajosa y constante a los problemas que el mundo interior o exterior plantea”, “la vuelta apasionada de toda el alma hacia su ser íntimo”, profundo, para buscar “la verdad entera”, la que “no se halla en lo exterior” (“en la corteza de los acontecimientos”), esa “sabiduría que conoce, saborea y transforma los conocimientos en vida intensa”, la proyección de “la conciencia hacia un ideal para ordenar a él la actividad venidera”.

Su fin es “mover a todo bien”, sirviéndose del esfuerzo como “el principal factor”.

“La lectura busca, la meditación halla… la lectura pone el manjar sólido en la boca, la meditación lo rumia y quebranta”. Avisando que “letras sin virtud son causa de muerte”.

Virtudes

Entendidas como “ejercicios de la voluntad”. Representan el “exponente máximo del señorío de sí mismo”. Asimismo encierran un “significado de fuerza”.

Describe entre ellas a la:

-  Prudencia: “es el exponente de la razón práctica”: permite la elección de lo más a propósito para nuestros fines. La experiencia, con sus aciertos y yerros, provee de “muchos avisos y reglas a la prudencia”. Hace igualmente alusión a la creatividad o ingenio que “tiene su manifestación más relevante en la transformación de circunstancias adversas en favorables”. También ayudan a esta prudencia la cautela y la serenidad “en los juicios para que sean verdaderos”.

-  Fortaleza: por ella “se consigue la victoria” y “el dominio de sí mismo”. Consiste en “la virtud del ánimo y grandeza de corazón”, estando “firmes e inmutables en los trabajos, dolores y peligros todo el tiempo que duren, sin que los temores nos hagan faltar a lo que debemos”. Si la dificultad crece “crezca también el ánimo y no se deje abatir por ella”.

-  Templanza: “representa la lucha del hombre contra sus tendencias innatas” (desordenadas). Su objeto es “moderar el uso del placer”.

Ejercicios del cuerpo

Rigurosos, para conservarlo en “la mejor disposición para servir al espíritu”. En general “revisten el carácter de asperezas”.

ESTRATEGIAS

Fundadas “no en loca presunción, sino en firme esperanza”. Al entendimiento “le compete la misión directora de la lucha”.

Se ha de “resistir a los comienzos”, con “denuedo, diligencia y fervor, porque no hay peor cosa que principiante flojo”, haciéndonos “fuerza al primer ímpetu” pues “si al principio no se rechaza al enemigo, luego crece y se fortalece”.

Hay que “perseverar o crecer en el bien comenzado”, ya que “lo valioso no es la arremetida, sino la larga perseverancia”.

Hemos de “crear contenidos psicológicos, tanto de orden representativo como afectivos, favorables a nosotros en la lucha”, no aguardando su realización “al tiempo de la pelea”.

El combate a los pequeños obstáculos permite que “con el uso vayamos cobrando fuerzas, y de la victoria de las menores vayamos subiendo poco a poco a vencer las mayores”.

Recomienda “atacar la raíz de los males”,  la “división de las fuerzas enemigas, siguiendo el aforismo: dividir para vencer”, y “hacer las cosas con perfección” y resolución.

Señala como provechosas las ocasiones para “combatirnos a nosotros mismos”.

Se ha de considerar la lucha “condicionada por las particularidades de cada hombre”.


Las Hazas de Suerte

Escrito por jesusfrancosanchez 06-03-2017 en Andalucía. Comentarios (0)

Sinopsis del libro Vecindad y derechos comunales en la comarca de la Janda (Cádiz). Las Hazas de Suerte de Vejer de la Frontera y Barbate, Alberto Bernabé Salgueiro. 2006.

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Hasta el año 1938 los municipios de Vejer de la Frontera y Barbate, al sur de la comarca de la Janda en Cádiz, formaron una misma unidad administrativa. Estas localidades ‹‹aún conservan los mejores ejemplos de aprovechamientos colectivos de toda la provincia››, las Hazas de Suerte, tradición que ha pervivido gracias a su capacidad adaptativa.

Siguiendo a Nieto, el comunal sería definido como ‹‹aquellos bienes colectivos reglados por normas de carácter consuetudinario o leyes escritas que otorgan toda una serie de derechos sobre tales bienes a un número limitado de vecinos que, tradicionalmente, se ha venido denominando común de vecinos […], rechazado por la técnica romanista en cuanto carente de personalidad, y sustituido por el municipio en cuanto personalidad jurídica››; y su origen en España surge, ‹‹fundamentalmente, como consecuencia de las tareas repobladoras que tuvieron lugar durante la reconquista […], como forma ordinaria, incluso, de los aprovechamientos agrarios››. Para Costa, ‹‹la propiedad comunal ha existido desde la antigüedad en la Península Ibérica››. Así, pervivieron ‹‹determinadas formas indígenas›› tras la conquista romana; también tras la invasión goda, y tras la llegada de los musulmanes a la Península ‹‹la propiedad comunal no desapareció, siendo muy importante en la etapa califal››. Para nuestro caso, la repoblación durante los siglos XIII y XIV será el ‹‹origen de los privilegios que el pueblo de Vejer ostentará en el futuro››.

El autor se lamenta de la escasez de ‹‹trabajos antropológicos sobre bienes colectivos en Andalucía››. Ya que ‹‹el debate científico sobre el mundo rural [andaluz] ha obviado los bienes comunales››. Éstos, se ha postulado, han desaparecido, prácticamente, desde fines del siglo XIX, a raíz del proceso desamortizador del estado liberal. Para Bernal, se produjo una ‹‹destrucción sistemática de la documentación municipal por parte de la oligarquía agraria para evitar reivindicaciones sobre los bienes comunales por parte de los jornaleros››. Para González de Molina, ‹‹las primeras reivindicaciones jornaleras y de los pequeños agricultores en el siglo XIX no demandaban el reparto de la tierra, sino que exigían la devolución de los comunales enajenados››. En suma, es necesario incluir los bienes y derechos comunales dentro de ‹‹la compleja estructura del campo andaluz››.

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En el estudio de la peculiar naturaleza comunal de las Hazas de Suerte de Vejer de la Frontera, ‹‹una institución con más de quinientos años de existencia››, Bernabé diferencia entre:

1.  propiedad o titularidad:

‹‹pertenecen al colectivo vecinal de Vejer y no a su Ayuntamiento››. Y ello a pesar del ‹‹considerable esfuerzo que la ciencia del derecho ha llevado a cabo en España para imposibilitar la existencia legal de la propiedad vecinal››. Es más, una indagación histórica concluye de forma ineludible que el Estado y las diferentes administraciones “públicas” han sido responsables de ‹‹dilapidar, malvender y esquilmar la mayor parte›› de los bienes colectivos. Así, el Ayuntamiento barbatense ‹‹tuvo mucho que ver en la expropiación de gran parte de sus hazas comunales››.

La vecindad, considerada como derecho y no como contigüidad espacial, es, por tanto, una noción fundamental para el acceso a los bienes comunales. Supone un ‹‹principio de inclusión positiva para los miembros de [un] grupo y de exclusión para otros colectivos circunvecinos››. No es ‹‹una institución de carácter igualitario›› pues ‹‹no todos los vejeriegos tienen la posibilidad de ser vecinos de hazas y no todos los vecinos tendrán las mismas garantías de acceso y disfrute de dichos bienes››.

Una característica de la institución vejeriega es ‹‹su fuerte adscripción masculina››, no habiendo contemplado generalmente ‹‹a la mujer como válida representación del derecho vecinal››. En 1996 se reformó el reglamento con objeto de igualar ‹‹el derecho de las mujeres al de los hombres en la titularidad de los bienes comunales›› pero como el padrón de inscritos de dicho año fue elaborado con anterioridad a la reforma, tal derecho no será efectivo hasta 2040-2050, fecha de agotamiento del padrón vigente y de creación de uno nuevo.

2. gestión:

el órgano gestor es la denominada “Junta de Hazas”, compuesta por ‹‹todos los miembros del consistorio e igual número de vecinos, a la cabeza de la cual se encuentra el Presidente, que no es otro que el Alcalde››. La presencia vecinal es imprescindible para ‹‹frenar cualquier tipo de manipulación política o de otra índole››.

Existe un reglamento rector desde 1868. Los cargos son ejercidos por 4 años, ‹‹tomándose como referencia los años bisiestos, en los que se producirá el sorteo››, que ha tenido lugar ‹‹tradicionalmente entre los vecinos de Vejer desde la Baja Edad Media››. De hecho, en la presentación del acto se tiene la costumbre de hacer ‹‹una exposición pública sobre el origen de estos bienes comunales, remontándose al año 1250››.

Hasta 1868 los vejeriegos empleaban ‹‹unas normas no escritas, consuetudinarias, para organizar el disfrute, uso, gestión y control de las tierras comunales››. La plasmación por escrito de tales reglas orales en el primer reglamento obedeció a la posibilidad de perder los bienes comunales debido a ‹‹los procesos desamortizadores›› y a ‹‹la profunda separación entre lo vecinal y lo municipal››. Ello no ha sido óbice para continuar respetando ‹‹la costumbre y los usos tradicionales››, como el diálogo y el intercambio de juicios.

Han sido varios los reglamentos formulados desde entonces. Reseñamos dos cuestiones en su evolución:

a) a partir de 1948 se acometió ‹‹un cambio radical en la concepción tradicional de las Hazas de Suerte, dando la posibilidad a los asentados de hazas de convertirse en colonos de por vida […], con posibilidad de transmitir dicha posesión de padres a hijos››;

b) sucesivos ataques a ‹‹la independencia vecinal››, especialmente manifiesta desde 1992, cuando ‹‹la institución comunal acepta en su articulado la legislación administrativa y considera como demaniales estos bienes, decisión que consideramos que puede ser un error histórico, ya que aceptar esta formulación jurídica implica otorgar la propiedad de los bienes comunales al municipio››. Sucede ‹‹un mayor control y poder de la institución por parte de su presidente y alcalde de la localidad››, y un exceso formal y legislativo.

También a partir del año 1868 se constituye la citada “Junta de Hazas”, fórmula encontrada por los vecinos para formar parte de ‹‹ese órgano de administración y poder local, el Ayuntamiento››, y así proteger sus bienes comunales, pues según la legislación vigente no podían celebrarse ‹‹los antiguos cabildos a puerta abierta››. Esta dualidad de la “Junta de Hazas”, ‹‹ser Ayuntamiento y ser vecinos››, otorga especificidad a estos bienes comunales.

3.  aprovechamiento:

‹‹conviven dos formas […] el reparto de rentas [ya regulado en el primer reglamento para su disfrute cuatrienal, que han de ser satisfechas, en especie o en metálico, por los poseedores-trabajadores de las tierras comunales] entre vecinos con derecho a ellas y el reparto de tierras por lotes o suertes entre vecinos-agricultores [que pasarán a ser colonos o asentados de hazas]››.

Esta figura del asentado ‹‹a perpetuidad›› surge a mediados del siglo XX, también como mecanismo de protección de las tierras comunales, debido a que grandes arrendatarios ‹‹pagaban una suma de dinero elevada (o en especie) a los vecinos agraciados en los sorteos de hazas››, práctica que excluía a un número importante de jornaleros y campesinos del trabajo de la tierra.

Un haza es ‹‹una porción de tierra de labranza destinada al cultivo de secano [siendo la base el trigo y la remolacha, y en menor medida se siembran cebada, habas y garbanzos]››, de disposición alargada y 12,5 hectáreas de media. Normalmente el haza se divide en tres partes: una primera, de menor tamaño que ocupa la tierra menos fértil, se dedica al ganado; las otras dos, de igual tamaño, reservadas al cultivo y al barbecho, en alternancia. La disposición alargada permite que ‹‹todo el mundo coja tierra buena y mala››.

Las Hazas de Suerte no han sido ajenas a la mecanización, aplicación de sustancias químicas y capitalización. Ni a la dependencia externa, radicada actualmente en ‹‹las subvenciones a la producción establecidas por la CEE con respecto al trigo y en las ayudas a la ganadería vacuna por hectárea de terreno››. El cultivo de la remolacha es igualmente dependiente, en este caso de ‹‹las empresas azucareras, en un manejo oligopolístico en el que imponen sus precios y ofertan los contratos a los asentados››.

Pero estos asentados participan también de ‹‹una economía campesina››. Utilizan, según convenga, la integración en la economía de mercado o ‹‹una economía de autoconsumo o de intercambios limitados al ámbito local››. Recurren a la ‹‹denominada economía sumergida o informal para complementar sus rentas salariales››: trato de ganado entre particulares, compraventa de productos agrícolas sin el control preceptivo del mercado, prestación de servicios y trabajos remunerados sin contratos ni seguros, utilización de mano de obra ilegal (preferentemente del propio ámbito familiar), actividades marginales de recolección, caza furtiva… Prácticas que no son ‹‹ni más ni menos que la realización de actividades económicas tradicionales no regladas ni controladas por el actual sistema››. Lo que prima es ‹‹la supervivencia y la reproducción social del grupo doméstico››. Si el haza es el único recurso productivo que se posee, ‹‹el asentado que la lleve en arriendo la abandonará tarde o temprano››.

Así, un componente básico definidor del campesino vejeriego es ‹‹el recurso a los sistemas de cooperación y ayuda mutua››, que vienen establecidos por la vecindad y el parentesco, y que giran ‹‹en torno a la posesión de algún predio comunal como elemento o medio de producción permanente o recurrente››. Sistemas que actualmente ‹‹están muy transformados y en franca regresión›› debido a la intromisión estatal y capitalista (subvenciones, innovaciones tecnológicas, seguros agrícolas y especialistas que ‹‹se encargan de realizar tareas antes efectuadas por los miembros del grupo doméstico o por las mallas de ayuda››).

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En Vejer sigue activa la participación social para el mantenimiento de las Hazas de Suerte, ‹‹al contrario de lo que ocurre en Barbate, en donde no sólo se ha perdido casi todo su patrimonio comunal, sino que su importancia a nivel social y vecinal es poco relevante››. Aquí será la corporación estrenada en 1938 y no la “Junta de Hazas” quien decida los asuntos tratados sobre las tierras del común, que ‹‹serán trabajadas mayoritariamente por vejeriegos››. En Vejer ‹‹no existe una pérdida en la memoria colectiva de sus habitantes con respecto a las hazas como la ha habido en Barbate››. Uno de los argumentos de la segregación de ésta de su matriz fue ‹‹su idiosincrasia marinera frente a los campesinos vejeriegos››. Si bien, la actividad agropecuaria en dicho municipio ‹‹ha tenido y tiene una gran relevancia››. Pero ante la crisis pesquera, ‹‹estamos asistiendo en Barbate a un proceso de sustitución y búsqueda de nuevas identidades colectivas, de nuevos recursos económicos, de nuevos elementos ideológicos››.

Esta institución comunal, ‹‹lejos de perder importancia a lo largo de la historia, ha sido y es actualmente uno de los símbolos de identificación de los vejeriegos, que se han mostrado, incluso violentamente, contrarios a cualquier tipo de enajenación de tales propiedades››. Ha resistido a la presión señorial del Antiguo Régimen y a los envites desamortizadores del siglo XIX.

Su futuro ‹‹pasa por mantener [en equilibrio de fuerzas] la dualidad›› representantes vecinales-municipales.


La involución de un Concejo del Alto Guadalquivir durante la Baja Edad Media

Escrito por jesusfrancosanchez 17-02-2017 en Andalucía. Comentarios (0)

José Rodríguez Molina analiza en El Concejo de Baeza (siglos XIII-XV) el desarrollo del mismo durante la etapa señalada.

En Baeza, conquistada por los castellanos en 1226 y una de las cuatro grandes ciudades del entonces reino de Jaén, se aplicó el fuero de Cuenca, a diferencia de los reinos cordobés y sevillano donde la Corona se apoyó en un fuero de larga tradición centralizadora, el de Toledo 1.

El concejo de Baeza estaba compuesto, en su calidad de órgano de gobierno, por la asamblea de todos los vecinos con capacidad decisoria en los asuntos públicos fundamentales. Este comportamiento participativo y resolutivo generalizado mantuvo su vigencia hasta mediados del siglo XIV 2.

Las competencias de la asamblea se proyectaban a todos aquellos asuntos que se relacionaban con el bien común de la ciudad.

La amplia participación ciudadana en la asamblea queda avalada, asimismo, por el hecho de ser ésta convocada según uso y costumbre a campana repicada en la mayor iglesia de la ciudad, índice evidente del gran número de pobladores que en dicho concejo tendrían cabida.

Alfonso XI (1312-1350) reforma la estructura del municipio reemplazando el concejo abierto por el regimiento, restringido y designado a dedo 3.

Esta decisión terminará por restar responsabilidades y operatividad a la tradicional asamblea popular que, a pesar de las revueltas protagonizadas, quedará reducida a una reunión de puro trámite. Sólo tendrá derecho a ser informada de los acuerdos que considere oportuno comunicar el reducido grupo de patriciado urbano elegido y cuidadosamente controlado por la Corona. El papel de los vecinos es ya puramente pasivo y receptor de decisiones tomadas sin su presencia y consulta.

La institución regia intensificará la vigilancia del gobierno municipal con la introducción de nuevos factores de control desde finales del siglo XIV y durante todo el siglo XV con la designación de corregidores y justicias.

Los hechos se muestran consumados en el siglo XV: la aniquilación del poder político-militar popular y la restauración del orden social godo-romano por la Corona de Castilla (familia real, alto clero, nobleza y monasterios institucionales) 4.

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1 No obstante, para el caso de las aldeas dependientes de un gran municipio es de suponer que debían celebrarse con frecuencia concejos abiertos. Así, en Aracena y su sierra. La formación histórica de una comunidad andaluza (siglos XIII-XVIII), Javier Pérez-Embid Wamba recoge que los pobladores se reunían en asamblea en el atrio de la iglesia del castillo.

2 Para Nicolás Tenorio y Cerero, los concejos de Castilla surgen en el siglo IX, significan ‹‹la emancipación del estado llano en los reinos de Castilla y León›› y son ‹‹instituciones verdaderamente libres››. El Concejo de Sevilla.

3 Reglamentación de la vida de una ciudad en la Edad Media. Las ordenanzas de Baeza, Carmen Argente del Castillo Ocaña y José Rodríguez Molina.

4 Revolución en la Alta Edad Media hispana (inédito), Félix Rodrigo Mora.