Ética, Dignidad y Autogestión

Recuperando la historia

El valle de Iguña

Escrito por jesusfrancosanchez 02-05-2018 en Recuperando la historia. Comentarios (0)


‹‹Las personas no deben ser nunca objeto de dominio, ni siquiera para orientarlas hacia el bien››.

Alfonso López Quintas

El valle de Iguña” es una monografía de Daniel Luis Ortiz Díaz sobre esta región central de Cantabria, escrita en 1918 y editada en 2004 por Cantabria Tradicional.

De los diversos asuntos que Ortiz trata nos parece oportuno mencionar los relativos al modo de vida y costumbres, los cuales se hallaban en franca decadencia en el momento de escribir el libro.

Carácter

Una primera cuestión a señalar es la antigua entereza corporal y espiritual de los montañeses cántabros,

‹‹hombres que no se doblegan ni al frío, ni al calor, ni al hambre, y para quienes todo lo arduo lleva siempre la palma››.

Y ello por

‹‹su fiero e indomable amor a la libertad y a la independencia, prefiriendo la muerte a la esclavitud››.

Poseen una elevada idea de la dignidad humana. Así consideran que

‹‹de hombre a hombre no hay el canto de un duro, [y] tutean con llaneza a cualquiera, [y] desprecian a los fatuos que se engríen››.

Se han negado siempre a rendir

‹‹atávicos homenajes de pleitesía››.

Ortiz los define como personas excelentes, laboriosas y pacíficas, de sobrio vivir. En sus viviendas

‹‹el orden, la limpieza y la sencillez brillan generalmente››.

Concejo abierto

Por las fechas en que el autor redacta su estudio aún se celebraban concejos para la elección de pastores o para acordar prestaciones vecinales con objeto de arreglar fuentes, abrevaderos o caminos, pero

‹‹ya no se oye ni se obedece al tañido de la campana con tanto respeto como en tiempos pasados; las faltas de asistencia no se castigan, y los pocos que se reúnen, divididos o indiferentes, no se ponen de acuerdo […] De aquello tan grande y sublime no queda ya más que una ridícula caricatura››.

El pueblo soberano legislaba de la manera más conveniente. El resultado de las asambleas se consignaba en ordenanzas. La unión por vínculos de amor entre todos los vecinos era el cimiento de tales congregaciones decisorias.

La política centralizadora del Estado impuso

‹‹la tiranía caciquil, en nombre del progreso y de la libertad››.

De ahí que los iguñeses

‹‹no se entusiasmen con ningún partido; los detestan por igual a todos››.

Bienes comunales

Son significativos los siguientes párrafos.

‹‹Antes de 1835 el Real Valle de Iguña tenía un solo Ayuntamiento; y todos los aprovechamientos, así de sierra como de monte, eran comunes, sin otros límites y divisiones entre los pueblos [quienes se entendían pacíficamente] que las determinadas por los confines del valle››.

[…]

‹‹Pero vino una época tan calamitosa como la presente, en que los grandes políticos y prohombres, que entonces se sacrificaban por la Patria, todo lo atropellaron; y despreciando los usos y costumbres de los pueblos, habitados por gentes humildes, dieron al traste con la vida regional de España, cuya grandeza va acabándose, a medida que los años pasan. Idearon funestas leyes centralizadoras, y con ellas, a la par que asesinaron el interés de los vecinos por la cosa pública, en que todos intervenían y que todos gobernaban con venerable sabiduría en los concejos populares, según consta en antiguas ordenanzas, prepararon las circunstancias para dividirlos, para cultivar la discordia y el individualismo anticristiano y suicida, introduciendo el moderno caciquismo, que todo lo esclaviza; y para despojar a los pueblos de sus fincas y de sus bosques››.

Lo que tiene por un

‹‹inmenso latrocinio››.

No obstante, el autor desatina al demandar que los ingenieros agrónomos, agentes del Estado que estaba desmantelando la vida aldeana, instruyan a los habitantes de la ruralidad y dirijan cultivos y plantíos de árboles frutales y forestales, con objeto de incrementar considerablemente la producción,

‹‹ya que los labradores no leen, y no saben por tanto cuidar de sus ganados, ni cultivar sus tierras, ni sus prados de otra manera que rutinariamente››.

Aquí Ortiz, por lo demás tan respetuoso con la verdad, no aprehende la naturaleza “meta-económica y civilizatoria” (Félix Rodrigo Mora) de la institución comunal. Era la convivencia, como él mismo apunta en otros lugares, y no el afán productivo lo que guiaba la vida de aquellas gentes.

Solidaridad vecinal

Los vecinos de Bostronizo tienen

‹‹por fines principales la mutua ayuda y auxilio››.

Su casa concejil la construyeron

‹‹mediante prestaciones personales››.

Entre sus virtudes cívicas encontramos

‹‹la costumbre tradicional de plantar en comunidad todos los años dos o tres robles cada vecino››.

Y es que la asistencia recíproca (colación) era considerada como un deber, constituyendo

‹‹una manifestación clara de abnegación, desinterés y altruismo, base de la solidaridad social; [es] una cristalización de aquella máxima sublime: “amaos los unos a los otros”››.

[…]

‹‹Las colaciones tenían unas veces el carácter de prestación personal y otras el de contribución o tributo; y en ambos casos su objeto era favorecer y ayudar al prójimo necesitado. La colación la demandaba la viuda que no podía labrar sus tierras, o segar sus prados, o recoger sus cosechas; el vecino que había tenido alguna desgracia, como el incendio de su casa o la muerte de sus reses; y el matrimonio joven, que empezando a vivir, necesitaba construirse una casa. Pedida la colación al concejo, éste ordenaba y mandaba que todos los vecinos de la gran familia destinasen el día previamente señalado a dichas faenas agrícolas o bien a tirar piedra o madera para las casas››.

También esta cohesión comunitaria sufría el revés de la contemporaneidad:

‹‹En la actualidad, por virtud del progreso, los vínculos sociales son mucho más débiles que antaño››.

Fiestas y juegos populares

Hemos de apresurarnos a subrayar que durante el desarrollo de las actividades lúdicas de los adultos la abstinencia en el abuso de bebidas alcohólicas era la norma.

Se abordan las rondas de mozos, los juegos de bolos (de concurrencia intergeneracional), los bailes al son de la pandereta (con niños correteando entre las parejas), los juegos infantiles (de educativos valores morales y físicos), las romerías, los cantos (incluso se cantaba segando), etc.

Sobre este particular es posible asimismo hablar de retroceso:

‹‹desdichadamente el modernismo y la civilización, palabras sinónimas de impudor, desvergüenza e incultura, empiezan ya a introducirse en el valle, escondiéndose en salones oscuros y malolientes, y agrupándose en torno de la música horrible de los pianos de manubrio, para robar a las juventudes la lozanía del cuerpo y el vigor del alma. La ola invasora de afeminado modernismo que todo lo arrasa y lo iguala, tiende a acabar con las costumbres regionales, quitando a los pueblos el carácter que cual signo de fortaleza, recibieron por herencia››.

***

Finalmente decir que el autor se decanta por

‹‹la obra de regeneración de la patria››.

Y no por la ofensiva popular y auto-gestionada contra el ente estatal.


Diferenciar el Cristianismo de la Iglesia

Escrito por jesusfrancosanchez 25-01-2018 en Recuperando la historia. Comentarios (0)

Texto elaborado a partir de “Revolución en la Alta Edad Media Hispana” (inédito), Félix Rodrigo Mora.

‹‹Nos apartamos del mal, o por temor del castigo, y tenemos la disposición del esclavo, o movidos por el incentivo de la recompensa… y nos parecemos a los mercenarios, o acaso obramos el bien a causa del mismo bien, o por amor››. San Benito.

‹‹La virulenta reducción de la esencia humana a lo fisiológico, utilitario, monetario y placentero ha llegado a ser la ideología oficial hoy en Occidente, justificadora de un barbárico consumismo y causa de un gigantesco declive de la calidad de los individuos, de la libertad del cuerpo social, de las condiciones medioambientales y del nivel de la civilización››. Félix Rodrigo Mora.

***

El cristianismo, como cosmovisión y movimiento social, surge en Palestina en el siglo I. Es una negación por las clases modestas del imperio romano y de la aristocracia israelita colaboracionista. Conoció una imparable expansión entre el pueblo hasta comienzos del siglo IV.

Entre sus precursores se encuentran los cínicos, Sócrates y los esenios.

El mundo antiguo, sumido en el declive constante de la calidad de los seres humanos por la ejecutoria de Roma, urgía de un ideal civilizador. Éste será aportado por los cristianos por medio del amor en actos y la vida en común materializada en las fraternidades, nociones axiales para hacer frente al problema número uno: el Estado, garante, entre otras nocividades, de la esclavitud y de la subordinación patriarcal padecida por las mujeres. El amor en el cristianismo no es una categoría absoluta o única sino un valor relativo que deja lugar a la justicia y aun a la ira consciente. Es amor hacia los hermanos y resistencia ante los opresores, esto es, ética sodalicia.

Por tanto, ni la riqueza ni la carne eran las cuestiones decisivas sino la continuidad de las instituciones, normas legales y relaciones entre las personas basadas en la violencia constante, el odio y la codicia. Que la iglesia romana convirtiese la abstinencia sexual en el ideal más preciado ha de entenderse como una operación ideológica para obviar los verdaderos asuntos. Para el cristianismo, sencillamente, no hay lugar para la exacerbación de lo erótico, ya sea de forma impositiva, ya prohibitiva. Ni lubricidad ni mojigatería. 

El cristianismo, frente al derecho romano que estatuye la violencia legal (por tanto, el temor) y la propiedad privada (por ende, el egoísmo), y a las leyes judías, va a situar en el centro al obrar según la valía y bondad intrínseca de las metas formuladas. Esto es, se postula una máxima moralidad y una mínima legalidad, quedando ésta objetivada en normas surgidas del pueblo. El individuo no actuará considerando el beneficio personal, el cual es repudiado, sino según el amor; pues el cristianismo no es un yo, es un nosotros. La fraternidad constituirá el órgano nuclear de la soberanía y se establecerá un régimen de propiedad colectiva. Los bienes serán puestos en común, en la adhesión no a la pobreza en sí misma sino a la ausencia de propiedad privada.

Igualmente, el hedonismo como ideología impuesta por el ente estatal romano será combatido por los cristianos mediante la convicción de llevar una vida esforzada. Los apetitos han de quedar sometidos al dominio de la voluntad. Ni mucho menos la felicidad individual figura entre las metas a perseguir. Aunque tampoco ha de contemplarse el cristianismo como un ascetismo, éste es sólo parte secundaria y subordinada.

El trabajo manual será valorado de forma positiva: cada cual ha de vivir de lo propiamente obtenido y servir a la comunidad, especialmente a quienes no pueden sustentarse por sí mismos. Tanto la clase alta como el populacho romanos llevaban una vida ociosa, sin metas.

Legítima defensa y violencia justa, tolerancia, libertad de conciencia y de culto, y universalismo son otros de los componentes cristianos.

Ante esta renovadora concepción de lo humano, antagonista de la coerción perpetua de Roma, ésta maquinará un proyecto estratégico para la aniquilación cristiana. Para ello, empleará la represión, la modificación de los escritos primarios por intelectuales y clérigos en el sentido exigido por los intereses estatales y la subordinación del aparato eclesiástico al emperador.

Inicialmente la teología del cristianismo es mínima. La fe no es una categoría de su ideario pues se espera todo de las obras del amor. También era ajena la identificación Jesús-Dios. Cuando el clero a las órdenes del estado romano establece que ser cristiano es creer la doctrina que él sostiene y enseña, el cristianismo resulta repudiado de facto

La iglesia es oficializada por Constantino en el siglo IV. Será a través del Estado como alcance su capacidad normativa y coercitiva, por tanto, existencia como tal. Los Padres de la Iglesia, núcleo de poder intelectual, moldean la nueva religión, oficial y formalmente cristiana, útil al imperio y a las clases opulentas, de un contenido ideológico muy similar en la forma y en lo secundario al cristianismo pero que resulta en lo sustantivo su más completa negación. Es la respuesta auto-conservadora del Estado romano.

El monaquismo revolucionario (siglos IV-X), no manipulado por la Iglesia ni tergiversado por los eruditos, será continuador del cristianismo de la hora primera. Monasterios, cenobios y eremitorios populares, de existencia al margen de la Iglesia y el Estado, han de considerarse regeneradores, además de decisivos en la repoblación; no así los ortodoxos que constituyeron una sección del aparato estatal. En la península Ibérica, la fusión de la cultura de los pueblos donde el yugo de la administración romana (y sus continuadoras, la visigoda y la islámica) no alcanzó, o fue débil (astures, cántabros, vascones), con la cosmovisión cristiana, en sintonía con los valores y modos de vida de éstos, a los que se unían los siervos y libres pobres huidos desde el sur, propició transformaciones personales y sociales, de naturaleza civilizatoria, pero también limitada, durante la Alta Edad Media. Por ejemplo, la desaparición en el seno de las clases populares del esclavismo del mundo antiguo. El cristianismo repudia el apetito de mando o dominio sobre los demás seres humanos

Esta fusión cristianismo-pueblos del norte origina formaciones sociales nuevas y superiores moralmente a las existentes. La esencia de esta revolución altomedieval se manifiesta en el concejo abierto, el derecho consuetudinario, las milicias concejiles y la propiedad colectiva.

La resistencia popular a al-Ándalus hasta mediados del siglo XIII (toma de Sevilla en 1248) es el aspecto dominante. En este largo proceso el pueblo vence al estado islámico y resulta, a su vez, vencido por las instituciones monárquicas (familia real, alto clero, nobleza y monasterios institucionales). El autogobierno popular agoniza durante la Baja Edad Media debido principalmente a sus propios errores y debilidades: la no extinción de la corona y la conciliación con ella, la ausencia de reflexión estratégica y renovación de metas, y el desarrollo de un modo de vida hedonista. La esclavitud conocerá un ascenso en Europa durante el periodo bajomedieval; mayor durante el Renacimiento. A la derrota del poder popular en los siglos XIII y XIV contribuyó la aniquilación del cristianismo como fuerza histórica de naturaleza civilizadora en el siglo XI debido a la combinación de la expansión de la orden monástica de Cluny, la alianza de ésta con las monarquías ibéricas y la reforma gregoriana. 

Durante la Baja Edad Media se produce un retorno a la Antigüedad precristiana: una sola institución, la Corona, se apropia de la potestad de gobierno del conjunto social, proyecto urdido por Alfonso X y sus consejeros y aplicado por Alfonso XI; el doctrinarismo teorético, el rechazo del conocimiento experiencial, el clasismo esclavista y el interés particular, esto es, el aristotelismo, constituirán el fundamento intelectual; el derecho romano conoce una difusión; el trabajo útil es despreciado; el modo de producción colectivista es desintegrado; el dinero alcanza prestigio social; el comercio conoce una expansión, así como el monocultivo y la monoproducción; un modo individualista de pensar, ser y trabajar sustituye al comunitario

El ciclo civilizatorio de la cosmovisión cristiana tuvo su origen en el siglo I y desapareció en el XIV, aunque muchos de sus componentes centrales, de significación universal, pervivieron de manera especial en la sociedad rural popular, la cual fue definitivamente desarticulada por el Estado franquista.

Como anotación final, válida para las condiciones presentes, se dirá que el cristianismo es un proyecto regenerador de la totalidad de la vida social: se propone sustituir las instituciones fruto del odio, la opresión y la codicia por otras nacidas del amor, la libertad y el desinterés.




Apuntes sobre el auge y la decadencia del Pueblo durante la Edad Media

Escrito por jesusfrancosanchez 07-09-2017 en Recuperando la historia. Comentarios (0)


‹‹Al actual orden vigente le es imprescindible, para legitimarse como la sociedad perfecta y completa, un desvergonzado falseamiento de los periodos de la historia que son superiores al mundo de hoy››. Félix Rodrigo Mora.


La relación entre las minorías con poder y la gente corriente, esto es, entre el Estado y el Pueblo, es un asunto al que se le presta una escasa atención. Ni las tribunas mediáticas, con su cohorte de paniaguados “intelectuales y artistas”, politicastros, académicos, comunicadores…, ni las clases populares, en general circunscritas a los límites de su privacidad, reflexionan sobre el desigual peso de élites y personas del común en el momento presente. Desequilibrio que es uno de los más agudos de los últimos 2000 años en los territorios de la península Ibérica. Más bien, el panorama es mayoritariamente percibido como “normal”. Lo que prueba la capacidad del ente estatal y la gran empresa, a través del adoctrinamiento por múltiples vías (escuela, publicidad, medios de “información”, industria del ocio…) y métodos (religiones políticas, teorías, consignas…), para desalojar de la mente y del corazón del individuo de a pie valores e ideales como dignidad, libertad, autogestión, verdad o capacidad de pensar por sí mismo. Y la desamparada situación en la que este último se encuentra.

Una irracionalidad que conduce al maridaje entre oprimidos y opresores, a la negación de la lucha de clases, a solicitar de las instituciones remedios para los males y ayudas ante las necesidades, a una resignada calma social.

Pero quienes creen, quien más quien menos, que el actual orden social resulta el más satisfactorio de todos, el cénit del progreso civilizatorio, yerran.

La libertad para pensar y ser desde uno mismo es negada ab ovo; la libertad para actuar es regulada y vigilada por un entramado de leyes de elaboración ajena, magistrados que nadie ha elegido ni siquiera formalmente y un ejército de ocupación interior, dotado de excelentes instrumentos armamentísticos y tecnológicos; la libertad política no existe, la carta constitucional de 1978 establece el sistema liberal de partidos políticos y parlamentos, localizado en las antípodas de la democracia (a menos que, despreciando el gramo de auto-respeto que podamos conservar, consideremos como tal a la pantomima de introducir cada cuatro años un sobre en una urna); la soledad en las grandes urbes y la ingesta de psicofármacos y otras drogas denotan que la vida relacional es una ruina; la reducción del amor de pareja a una suma de dos egos (más una mascota perruna) que viven para lo zoológico y hedonista muestra la intrascendencia que padecemos; el trabajo asalariado (en caso de tenerlo) es fuente de malestar, por su propia naturaleza servil, cuestión ausente de la agenda de anti-taurinos, “anti-capitalistas”, anti-católicos y demás “críticos” de lo establecido; el decadente estado de salud física de muchos indica que ni sabemos alimentarnos ni cuidarnos ni tenemos voluntad para ello; la desertificación creciente de la península Ibérica ilustra el fracaso de las “políticas públicas” en la gestión del medio natural así como del activismo ecologista, constreñido en lo institucional y leguleyo; la verdad ha sido sustituida por la propaganda y lo emotivo; la ética y las buenas maneras apenas interesan… Y así continuaríamos reflejando nocividades en curso hasta la depresión.

Una terapéutica adecuada para mitigar el malestar generado por mirar de frente la realidad actual es el estudio de la historia. De la historia que provee de enseñanzas, sean completas o parciales, no de la elaborada con fines legitimadores de lo presente. Las cosas no siempre fueron tan nocivas como lo son hoy. Ni están abocadas a continuar siéndolo. Afirmación simple pero que es olvidada debido a una combinación de teoría del progreso y “fin de la historia”, de repudio del pasado y de inmovilismo, de odio por la objetividad y de desprecio de la capacidad transformadora del hombre.

La historia bien hecha daría cumplimiento a varias exigencias: de un lado satisfaría la necesidad de conocimiento que es propia del ser humano, de otro rendiría tributo a una noción válida en sí misma, la verdad, y de otro señalaría elementos, tanto positivos como negativos (morales, políticos, estratégicos, etc.), que recuperar (ejerciendo de referentes) o descartar.

Las siguientes líneas están elaboradas a partir de “Municipalidades de Castilla y León. Estudio histórico-crítico”, Antonio Sacristán y Martínez, 1877.

*

En la Alta Edad Media se estableció el concejo abierto como institución política popular en el marco de ‹‹grandes y profundos cambios›› acontecidos en los territorios de la península Ibérica no sometidos al dominio islámico. Todos los vecinos serán convocados a participar activa y directamente, con voz y voto, en la gestión de la res publica; poseerán en plenitud vida civil, política y militar.

Anteriormente, ni los municipios romanos (con la elitista curia) ni los visigóticos (con la figura del conde) conocieron procedimientos democráticos 1. Tales, retrocediendo más en el tiempo, sí se dieron entre los pueblos indígenas, quienes nunca constituyeron una unidad nacional y cuyo amor por la libertad, constancia y valor hicieron de la conquista y colonización romanas arduas empresas, especialmente en lo que hace a los norteños.

El surgimiento de nuevas ideas, instituciones y costumbres tuvo lugar al margen de la voluntad de la monarquía, de escaso poder entonces. Es remarcable, dentro de esta radical mudanza, que en Castilla y León la esclavitud, tal como existió en la Antigüedad, fue ‹‹desconocida››. Así como la ‹‹servidumbre feudal››.

De las deliberaciones de la asamblea vecinal emanaba el derecho consuetudinario, o de usos y costumbres, que precedió a la ley escrita en forma de carta foral. Cuando esto último ocurre ‹‹la constitución municipal se encuentra ya en pleno desarrollo››. Los acuerdos tomados en concejo eran de ‹‹fuerza obligatoria››, lo que informa de su carácter autónomo y soberano, de su ‹‹vida propia›› y existencia diferenciada de la corona, la nobleza y el clero. De una auténtica voluntad popular.

Sacristán se apoya documentalmente en los fueros municipales, códigos privativos y privilegiados de los vecinos que obstaculizaban ‹‹la acción directa del poder central representado por la corona››. Los pobladores eran todos iguales ante la ley, superándose distinciones de clase y de fortuna. La elección popular de los cargos públicos 2 era anual; ello era un freno a las ‹‹ambiciones particulares››, una búsqueda, mediante el cambio de personas, del mejor gobierno posible y, también, ‹‹garantía de la libertad››. Los concejos gozaban de igualdad política entre ellos. Otras cuestiones sancionadas por los fueros son: la inviolabilidad del domicilio, la tolerancia religiosa 3, la garantía de la seguridad personal 4 y de la propiedad, y la responsabilidad, verdad y honradez con las que habían de ejecutarse los oficios concejiles (jueces, alcaldes, jurados, escribano, mayordomos…).

Una parte del territorio conquistado al estado islámico se destinaba a propiedad comunal. De la que ‹‹cada uno pudo tomar lo suficiente para sus necesidades››. El disfrute de este patrimonio (aguas, pastos, montes, baldíos, etc.) se obtenía ‹‹por el solo hecho de formar parte de la municipalidad››. El aprovechamiento vecinal contribuía a la independencia económica del municipio, complemento de su autonomía política.

Las milicias concejiles fueron la organización del pueblo en armas. Salían a campaña, ora formando parte (considerable) del ejército real, ora ‹‹por su propio acuerdo y de su cuenta y riesgo››. Era deber de todo vecino estar preparado para formar parte de ellas. La hueste concejil (caballería y peones) desempeñó un ‹‹papel importante en todas las guerras de la Edad Media››, logrando numerosas victorias sobre el enemigo andalusí; también en aquellos casos en los que no hubo intervención de ‹‹los demás órdenes del Estado››. A los concejos les posibilitó que se hicieran respetar y ‹‹aun temer››.

En las Cortes, a partir del siglo XII, radicará la participación supra-comarcal del elemento popular por medio de la designación de procuradores, sujetos a ‹‹lo resuelto y acordado›› en la asamblea municipal; siendo, por tanto, meros ejecutores. Este momento es identificado por Sacristán como el ‹‹apogeo›› del estado llano, como una manifestación de su ‹‹preponderancia adquirida››. En el siglo XV, ya inmersos en el declinar de lo democrático, se establecerá como derecho de la corona ‹‹la intervención en el nombramiento de procuradores››, quienes se convertirán en una especie de funcionarios reales.

Por su parte, las hermandades entre concejos, ‹‹acto propio y exclusivo de la autonomía municipal››, tuvo su motivación en ‹‹los agravios y desafueros cometidos por los reyes››. El elemento democrático pretendía así ‹‹poner un dique al desarrollo excesivo del poder real››.

El autor otorga al rey la categoría de ‹‹señor natural››. Esta genuflexión, empero, no le impide afirmar que ‹‹el espíritu democrático de la Constitución castellana nunca reconoció la voluntad del príncipe como fuente de derecho›› ni definir a las comunidades populares como ‹‹un verdadero poder público››, dada la importancia que lograron. El Pueblo no podía ser despreciado ‹‹sin graves peligros››. Tanto en los municipios denominados de realengo como en los de señorío, los habitantes tenían la facultad de ‹‹rechazar con la fuerza toda agresión violenta intentada por ricohombres o infanzones, sin incurrir en responsabilidad por la muerte dada al forzador››. A los nobles, salvo que fuesen ‹‹naturales, vecinos y moradores de las villas aforadas››, se les negó el desempeño de cargos públicos. Incapacidad de la que igualmente padecieron los eclesiásticos: el gobierno y administración de los concejos fue ‹‹completamente laical››; en el terreno político, entre municipios e iglesia existió un ‹‹constante antagonismo››. Asimismo, el monarca carecía de potestad para el nombramiento de los oficios municipales. La corona ejerció de ‹‹regulador›› de la sociedad medieval.

La relación entre la monarquía y el elemento popular estuvo marcada por ‹‹las circunstancias políticas del momento››: la necesidad de combatir militarmente a un peligro común, al Ándalus. El equilibrio de fuerzas se romperá durante la Baja Edad Media en favor de la autoridad real, cuando ésta comenzará a traducir en hechos el proyecto acariciado de una ‹‹dominación ilimitada››. La democracia se verá menoscabada; la libertad política recibirá ‹‹un rudo golpe››.

El intento de Alfonso X en el siglo XIII de aplicar a las municipalidades una legislación o código general (Fuero Real y Partidas), ajeno a las ‹‹costumbres nacionales››, a un pueblo ‹‹caballeresco y libre››, fracasó debido a la ‹‹tenaz resistencia›› que opusieron aquéllas. Será bajo el reinado de Alfonso XI cuando dicho código alcance sanción legal (Cortes de Alcalá de 1348) y sean traspasados a la corona ‹‹derechos que hasta entonces eran considerados como el escudo más firme de las libertades populares›› 5. Los fueros municipales quedaban relegados a la categoría de ‹‹códigos supletorios››.

La realeza dirigió su ataque a cambiar ‹‹la forma interior de gobierno del municipio››, a introducir en él su influencia. La doble capacidad de electores y elegibles pasará, en las villas al menos, a estar limitada a ‹‹individuos privilegiados››, regidores designados por el monarca que excluirán ‹‹de la dirección de los negocios municipales al Estado llano›› y ambicionarán los cargos de las poblaciones de mayor importancia. Los ayuntamientos perpetuos ejercerán las atribuciones que antes correspondían a ‹‹la asamblea general de ciudadanos›› y serán ‹‹auxiliares de la corona contra las aspiraciones populares››. Estamos ante ‹‹un retroceso hacia la curia romana›› al verse dinamitadas ‹‹las bases fundamentales en que descansaban las franquicias populares››. A partir del reinado de Enrique III (1390-1406), la institución de corregidores permitirá la extensión de las ‹‹miras centralizadoras›› de la corona. Al acrecentamiento del poder real contribuirá significativamente la acción de los Reyes Católicos.

Se fraguaba una contra-revolución, política y legislativa, a favor del ‹‹principio monárquico››. La rivalidad entre ‹‹el espíritu democrático de las libertades castellanas›› y el deseo de la corona de ensanchar su poder se resolverá del lado de esta última.


NOTAS

1 ‹‹El emperador no representaba otra cosa sino el derecho de conquista impuesto por las armas en la época republicana, y cimentado sobre la sangre y las derrotas de los indígenas: idénticos en el fondo y en la forma eran los títulos alegados por los nuevos invasores››.

2 ‹‹Los vecinos de cada parroquia, reunidos en concejo abierto, discutían libremente entre sí las cualidades de los candidatos y la conveniencia de encomendarles la gestión de los intereses públicos. Todas las diferencias quedaban por fin sometidas a la decisión de la mayoría››.

3 ‹‹Las primeras corrientes de intolerancia se manifestaron por parte de la corona en el reinado de don Fernando III (1240) y a fines del siglo XV en el pueblo››.

4 ‹‹El concejo entero debió acudir a la defensa del ofendido, considerando el ataque a un solo ciudadano como causa de desafuero general››.

5 ‹‹¿Cómo se comprende que las municipalidades, después de tantas pruebas de vitalidad y energía de la defensa de sus derechos, cediesen sin protesta alguna a la voluntad del rey, consintiendo en innovaciones tan contrarias a su índole democrática y opuestas al espíritu y letra de su constitución?››.


Los hombres pasan, sus obras quedan

Escrito por jesusfrancosanchez 04-09-2017 en Recuperando la historia. Comentarios (0)

‹‹Seguramente debemos mucho más de lo que pensamos a esa otra época que ya no sentimos como nuestra››, Antonio Limón Delgado.


En 2016 ha sido reeditado el libro Los desiertos de la cultura (una crisis agraria)”, Santiago Araúz de Robles, escrito y publicado en la década que transcurre desde 1970 hasta 1979. Un estudio sociológico-cultural que evidencia ‹‹una manera de ser y de entender el vivir››. En él se exponen, con ‹‹una obligada objetividad, pero sostenida por la pasión››, los componentes axiológicos, políticos, sociales, económicos…, en proceso de degradación, de cinco pequeños pueblos pertenecientes a la que fuera comunidad de villa y tierra de Molina de Aragón, al noreste de la provincia de Guadalajara: Pinilla de Molina, Terzaga, Tierzo, Valhermoso y Teroleja. Zona de clima riguroso, de páramos y valles donde ‹‹todo el paisaje tiene una cierta apariencia gris, pesada y uniforme, que de alguna manera recuerda los horizontes del mar››.

Comarca, por otro lado, construida históricamente ‹‹desde la base›› y por ello con una ‹‹clara conciencia de libertad…, sentido de igualdad…, propia dignidad… y responsabilidad por el destino comunitario…, abierta, dialogante y sin chauvinismos pero, en la misma medida, celosa de su independencia››.

La obra, coral, puesto que fueron coautores, voluntarios y generosos (‹‹lo cual encaja perfectamente con el perfil del estilo de vida que les es propio››), mediante sus testimonios vecinos de aquellos municipios que superaban la cincuentena de años y en ‹‹plenitud de consciencia››, está elaborada sin la pretensión de confirmar o refutar ningún modelo teórico. Tampoco bajo el corsé de alguna doctrina. Nada de eso. Desde la experiencia suministra un puñado de verdades sobre la historia reciente de las comunidades rurales peninsulares (esos cinco pueblos son ‹‹muy representativos de otros muchos pueblos de Castilla››) y, sobre todo, un acervo de valores, conductas y saberes que orientan la existencia humana. También hoy. Porque tales enseñanzas transmitidas son de una vigencia atemporal.

Ensayemos un acercamiento.

IDENTIDADES PERSONAL Y COLECTIVA

Si en los tiempos ultramodernos ‹‹los desiertos de identidad›› han venido a sumarse a los desiertos culturales, en el medio rural cada persona era ‹‹una biografía››:

‹‹ante esta especie de inquietud o angustia que mina mi retaguardia de hombre de ciudad, me he encontrado, por contraste, en el campo con un hombre absolutamente nominado, que tiene una fisonomía irrepetible y que es capaz de llenar los ocios –abundantes- y de convertirlos en algo positivo sin utilizar medios materiales, sin consumir bien alguno››.

La persona es lo central, el valor superior:

‹‹el labrador es hombre y aspira a tener biografía, pero no fama››.

La personalidad se logra

‹‹en los actos no emulativos, en el convivir ordinario, en el carácter, en el decir, en lo que en definitiva es emanación más directa de la personalidad y no en el aparato externo de una apariencia pública››.

La esencia propia de lo rural es subrayada:

‹‹Si el hombre es el objeto de la cultura, y la calidad del hombre es el índice de la calidad de esta cultura, entiendo que en el campo ha existido una verdadera cultura, que no es subproducto de la cultura ciudadana, sino que tiene unas coordenadas totalmente distintas››.

El diálogo, siendo ‹‹una modalidad artesana››, no ‹‹avasalla con un egocentrismo molesto››, propio del parlante urbano. Tampoco en la conversación de éste, con su lenguaje convencional y empobrecido,

‹‹está presente ninguna de aquellas palabras cuyo sentido sólo puede captarse en función de la personalidad de quien la pronuncia, no hay implicaciones de experiencias o de biografías››.

La relación individuo-grupo está caracterizada por la mesura: ‹‹una ecuación justa entre individualidad y comunidad, entre lo subjetivo y lo objetivo››. El ‹‹singularismo insobornable›› del sujeto se concilia de forma equilibrada con la identidad colectiva, muy importante:

‹‹en Castilla, por lo que uno ha podido estudiar, ha existido un manifiesto espíritu comunitario, al tiempo que una resistencia instintiva a cualquier forma de comunismo o masificación. La personalidad individual está al principio y al final de las acciones comunes››.

Esto es, el grupo personaliza: ‹‹las posibilidades de los componentes de la comunidad eran escrupulosamente tenidas en cuenta››. O también: el hombre es ‹‹la regla última de todos los comportamientos colectivos››. Lo que se manifiesta también como justicia distributiva.

Las reglas del grupo son respetadas. Éste ‹‹se cimenta sobre una igualdad total entre los vecinos››. No hay servilismo. Los límites reconocidos e infranqueables derivados de la vivencia en común ‹‹no se consideran coactivos porque emanan del grupo, y el grupo, a su vez, es hechura común››. La ética es autogenerada, se impone ‹‹sin necesidad de declaraciones formales››. Resultando un hombre ‹‹profundamente útil para la convivencia››.

La fiesta, a diferencia de lo que sucede hoy, en que es diseñada por la industria del ocio y del espectáculo para el consumo pasivo de las multitudes, y a la vez que generalmente etílica y embrutecedora, surgía del propio seno de la comunidad: ‹‹todos ellos [ritos, bailes, juegos] tienen su base en una participación colectiva›› en torno a la alegría.

El colectivo estaba presente aun en la iniciación del noviazgo, así como en la boda, el bautizo y la muerte: ‹‹la comunidad está atenta al desarrollo de la vida de las personas››.

El regocijo por la fecundidad de entonces, como expresión de la reproducción del grupo, choca frontalmente con la menguada natalidad presente. Las mascotas y el deseo de alcanzar la “realización personal” y el “éxito profesional” van ocupando el lugar de los niños. Con éstos, en los pueblos castellanos, como contrapeso a la ‹‹temprana precocidad inevitable››, se permitía una excepción al austero vivir colectivo:

‹‹La infancia es tan breve que bien justifica una evasión de poesía del grupo, posiblemente la única. Como un mínimo respiro de fantasía y de imaginación antes de enfrentarse con la implacable realidad››.

UN PASADO COMUNAL Y ASAMBLEARIO

Los bienes comunales tuvieron una ‹‹importancia cuantitativa›› en estos municipios y eran considerados de forma natural, ‹‹al margen de planteamientos políticos o doctrinarios››. Tierzo, tras la estatización de sus montes, ha sido ‹‹uno de los pueblos más pobres y tristes en su vida comunitaria››. La injerencia del ente estatal, un elemento extraño a la comunidad y que decide sobre ésta, fue ‹‹abriendo brechas en el sistema y erosionándolo››:

‹‹La existencia de estos funcionarios en la vida ordinaria de cada municipio supone… un elemento de distorsión y de pérdida de identidad de la comunidad rural››.

La gestión de estos bienes del común se adoptaba por el conjunto de vecinos que compartía la propiedad:

‹‹existía en esta materia una subsistencia por vía de costumbre del Concejo abierto o, dicho de otra manera, una especie de democracia directa o de primer grado››.

El concejo abierto, a toque de campana, permanece como sistema de deliberación y decisión grupal

‹‹no ya en los casos de existencia de patrimonios colectivos, sino simplemente en los asuntos en que se piensa que puede estar interesada la comunidad››.

La totalidad del vecindario puede acceder a los oficios concejiles, que tienen la consideración de ‹‹función pública››. Estos cargos, de limitación temporal –un año- para evitar ‹‹situaciones de abuso o de corruptela en las prestaciones encomendadas››, se desarrollan como actos personales comprometidos para con el colectivo. Éste, a su vez, designa tales oficios, y fiscaliza y apoya su ejecución. Se establecía un pacto entre el grupo y uno de sus miembros, no escrito sino ‹‹consagrado por la costumbre y de cuya existencia y condiciones tenía conciencia la comunidad entera››. Hallamos aquí una combinación de deber autoimpuesto, conciencia de alteridad y derecho consuetudinario.

Compárese esta autonomía para decidir en asamblea sobre cuestiones que afectan a los vecinos, que permitía otorgar a la vida vivida ‹‹hechura propia›› al participar en ‹‹la composición de la propia historia››, con la ‹‹imposición ajena›› de ayuntamientos, parlamentos, partidos políticos y elecciones de “representantes” del vigente orden estatal-capitalista, que niega dicha participación en la “cosa pública” y nos condena al mutismo político.

SOSTENIENDO LA VIDA

La comunidad rural es una red de soporte ante las deficiencias y necesidades de la persona. Y lo es respetando cada ipseidad, pues el sentido comunitario, como se dijo, ‹‹no equivale a promiscuidad ni a pérdida de la individualidad››.

‹‹La comunidad no aparece como una imposición ajena que se desentiende de las circunstancias de la persona, sino como un factor de apoyo a la misma››.

Y también:

‹‹la comunidad misma asumía las insuficiencias de cada uno de sus miembros, en supuestos de fuerza mayor››.

Las agrupaciones voluntarias existieron para

‹‹el apoyo mutuo de sus miembros [en trances de enfermedad o muerte] e incluso para prestar servicios a quienes, sin serlo, carecen de bienes propios››.

De otra parte, las prestaciones personales o zofras son una ‹‹forma de colaboración al bien común››. Concretamente consisten en

‹‹la obligación personal de los vecinos [quedaban eximidos enfermos, mayores de 60 años y funcionarios del Estado] de dar un número de obradas con carácter gratuito, para ejecutar obras o prestar servicios de interés general del vecindario››.

Para determinar necesidades y trabajos, los vecinos se reunían ajustándose a las realidades social e individual.

La ayuda mutua, el comunal y la asamblea son los instrumentos de ‹‹un acusado espíritu comunitario, que no pierde nunca de vista como objetivo final a la persona››. Sobre las ruinas de lo comunitario ha crecido vigoroso el asistencialismo estatal y la solitaria vida en las urbes. De la inclusión de prácticamente todos los vecinos en las cofradías o hermandades (‹‹traducción puntual de la primitiva fraternidad cristiana››) debido a ‹‹un sentido acusadamente disciplinado de la vida››, esto es, a un deber cívico autoconsciente, se ha transitado a la mercantilización de los cuidados; de las ‹‹dádivas recíprocas›› al interés particular; de la prevalencia de la ética como norma de conducta a la ley positiva.

AMOR POR LA AUTONOMÍA, RECHAZO DE LA HETERONOMÍA

‹‹El hombre de campo ha tenido una visión elemental, pero muy clara, de su propio destino y de que éste dependía de él mismo››.

En la aldea castellana el pueblo tuvo siempre un ‹‹profundo protagonismo››.

Los vecinos, por ejemplo, autogestionaban sus conflictos. Siendo la ética y no la ley escrita ‹‹la vara por la que se mide la convivencia››. Por el contrario, acudir a la justicia o que ésta tuviera que intervenir en el pueblo, tenía un ‹‹carácter vergonzante y dramático››.

Igualmente, la alimentación (cereal y cerdo, en lo esencial) se satisfacía de la propia producción.

El hermetismo como

‹‹una coraza de protección a su misma dignidad, subrayando matices diferenciales y tendiendo a constituir un todo autosuficiente y aislado››,

no conlleva, por lo demás, conciencia de superioridad sobre otros grupos:

‹‹esa convicción de que no se es ni mejor ni peor que otras personas, sino que existe una igualdad natural o consustancial [también entre ambos sexos]››.

De hecho, de la emigración de estas personas con una gran carga ética

‹‹se ha beneficiado la sociedad urbana casi permanentemente y a ritmo acelerado en el último cuarto de siglo››.

El aprecio por la libertad y la dignidad de aquellas gentes era ‹‹perfectamente compatible con una situación económica general de escasez››. A ello contribuía la tenencia de pequeña propiedad familiar, la presencia de comunales, ya citado, y la ‹‹inexistencia de relaciones de dependencia laboral››. O si se daban no eran definitivas:

‹‹el hombre de estas tierras se empleaba sin tener conciencia de perder su libertad. Lo que es la forma más sutil de la verdadera libertad››.

En las contemporáneas sociedades estatizadas

‹‹los grupos no son una creación desde abajo, una continuación del individuo, unas entidades naturales, sino una creación desde arriba, pensadas, creadas y gobernadas por un poder heterónomo, impersonal y distante; por el Estado, en suma. El Estado es el principio de la sociedad: todo lo puede y en él todo se disculpa››.

Dicha maquinaria estatal provee de supuestos derechos y libertades, ejercita el paternalismo y cataloga víctimas por doquier, especialmente entre el sexo femenino.

Sin embargo, en la mentalidad popular rural existía ‹‹una noción muy clara de que la vida nunca es gratuidad››. Las libertades concedidas no eran tales. El medio ‹‹sólo ofrece sus dones trabajándolo tesoneramente››. Es en la exigencia donde nos mejoramos, no bajo el paraguas del estado de bienestar.

‹‹El hombre de las cinco comunidades estudiadas responde a un concepto absolutamente operativo de la libertad y se sabe enfrentado sin apoyo a su propio destino. En tal responsabilidad sólo le respalda el grupo, que es a su vez consecuencia de su propia acción. Ninguna otra estructura, ni por supuesto el Estado. Si la madurez es condición de responsabilidad, el hombre de estos pueblos tiene una vocación irrenunciable hacia la madurez, ya desde la infancia››.

O dicho de forma sublime y sintética:

‹‹la vida no se regala: se arranca codo con codo››.

Insistiendo, podemos desenmascarar a buenistas, pro-inmigrantes y ONG´s:

‹‹La caridad, en el caso de las comunidades rurales, no es un sentimiento: es una acción eficaz, pero sólo en aquellos casos en que resulta estrictamente necesaria y nunca como desahogo de la propia conciencia. La donación superflua, la donación que satisface al donante pero que no rellena un hueco real, resulta desconocida››.

ACENTUADO SENTIDO DE REALIDAD

Las gentes del campo tenían un ‹‹evidente sentido pragmático››. No existían ‹‹ni dogmatismos ni prejuicios››. La epistemología rectora se sustentaba en ‹‹una experimentación muy decantada››. Sirvan de ejemplo la construcción de viviendas, los refranes, la artesanía, la caza, las hierbas medicinales o la fe (‹‹no intelectual o ilustrada, sino profundamente esencial, como orientación o sentido de la existencia››).

‹‹El hombre de campo tiene una aguda base experimental, en parte heredada y en parte depurada y contrastada por la propia experiencia››.

También el erotismo es considerado con naturalidad, sin ñoñería ni pornografía.

La conversación se sustenta en la experiencia. ‹‹Es él mismo [el hombre de campo] quien está en la palabra que debate los temas generales››.

Vivimos un periodo en el que la repetición de consignas (ni siquiera teorías), las explicaciones simplistas y los “expertos” a sueldo del sistema ningunean el pensar y actuar desde lo real.

Como se citó, la adecuación a las características de cada persona, de las verdades necesidades y del entorno resultaba primordial. La noción de límite, del ser humano y de la naturaleza, era ‹‹precisa y asimilada››.

En la obtención de los bienes materiales de subsistencia, las posibilidades del medio natural en esta cultura ‹‹íntimamente adherida a la tierra›› son escrupulosamente observadas.

‹‹En estos pueblos se consumía lo que se producía, y se producía lo que se sabía que podía dar de sí sin esfuerzo la naturaleza››.

Ello tenía lugar debido, en primer lugar, a que entre los principios rectores de aquella sociedad la producción era ‹‹un instrumento para la satisfacción de unas necesidades previamente definidas y jerarquizadas››; las cosas debían de tener un sentido. Y además a que la familiaridad con la naturaleza (‹‹una especie de simbiosis››) dotaba de un conocimiento de la misma.

El hombre de ciudad, ‹‹profundamente ignorante››, con su fetichismo productivo y su complemento obligado, el consumismo, se desvía de las verdaderas necesidades y olvida valores de rango superior.

HACER DE LA NECESIDAD VIRTUD

En esta aseveración estriba la calidad de la vida, a juicio de Araúz.

La alimentación era deficitaria y ceñida, como se refirió, al cereal y al cerdo. Tales carencias eran compensadas por

‹‹la habilidad de la persona para conseguir platos de alguna forma variados y, desde luego, sabrosos, con una tremenda simplicidad de alimentos y de medios››.

También:

‹‹la limitación en cuanto a los bienes se compensaba con la calidad en su tratamiento››.

Las abarcas son otro indicio de la capacidad de aprovechamiento de ‹‹materiales u objetos aparentemente inservibles››:

‹‹La abarca es, ni más ni menos, el neumático de un automóvil, que se corta en forma rectangular y pasa a convertirse en suela del calzado, y al cual se añaden, como cintas del calzado, otras bandas más livianas, más flexibles, que se entrecruzan entre sí y se prenden a la suela con unas lañas. Casi es ocioso aclarar que este calzado es de duración prácticamente ilimitada y que, por la flexibilidad del neumático, del caucho del neumático, se convertía en un calzado cómodo››.

Asimismo, en la elaboración de mantas de lana de pastor, quien ‹‹no tenía especial hostilidad a la intemperie››, es constatable tal aptitud para emplear al máximo la materia prima.

En definitiva,

‹‹raros eran los demás elementos de la naturaleza de los que el hombre no obtenía algún provecho››.

Si “la fuerza se consume y el ingenio siempre dura” (Saavedra Fajardo), en un mundo escaso y finito

‹‹lo que importa es añadir creatividad a los supuestos básicos, a las circunstancias que rodean nuestra existencia››.

Hemos de anotar, para el presente, la dinámica de comprar, usar y tirar productos; el despilfarro, la inmediatez y la caducidad. Tras cada objeto elaborado existe un hombre, generalmente bajo condiciones alienantes de trabajo asalariado.

*

Aunque durante la lectura del libro en la comparación entre el individuo y la sociedad actuales con los de antaño, los primeros salen malparados, en modo alguno nos mueve la ingenua intención de idealizar el pasado, pues a todo lo humano pertenecen la insuficiencia, el límite, la contradicción y el error.

Ante la crisis múltiple en curso recuperar lo positivo de la ‹‹cultura campesina››, que en las anteriores líneas hemos pretendido esbozar, resulta muy oportuno para hacernos mejores.


Algunas certezas sobre la guerra civil española

Escrito por jesusfrancosanchez 17-07-2017 en Recuperando la historia. Comentarios (0)

‹‹La historia es testigo de los tiempos, luz de la verdad, vida de la memoria, maestra de la vida, mensajera de la antigüedad››, Cicerón.

‹‹Las fuerzas morales constituyen uno de los asuntos más importantes de la guerra››, Karl von Clausewitz.


Se pretende dar continuidad al texto “Mitología moderna: el ejemplo de la II República española”, en el que sintetizábamos los contenidos de la obra de Félix Rodrigo Mora sobre dicho fenómeno histórico. Para ello, se recogerán los factores de génesis, desarrollo y resolución de la Guerra Civil española expuestos en aquélla, “Investigación sobre la II República española, 1931-1936”.


  1. La Guerra Civil fue, en lo esencial, ‹‹una guerra preventiva contra una situación cuasi-revolucionaria en desarrollo de las clases trabajadoras, en particular de las rurales, en muchos territorios sometidos al Estado español››.

La pregunta cardinal es ¿por qué hubo una guerra civil en España? Responder a ella ‹‹desde la intrahistoria y la naturaleza concreta del orden social, averiguar el qué y porqué sin quedarse en el cómo es lo historiográficamente necesario››.

En la primavera de 1936 la fractura social debido al antagonismo II República-Pueblo ‹‹ya no podía ser resuelta desde y con el parlamentarismo, según los intereses de las élites del poder››.

La acción ‹‹espontánea, apartidista y asindical›› de las clases populares se desbordaba de forma creciente. Se produjo un abandono de los pueblos de patronos, burgueses, directivos… así como de ‹‹diversas autoridades del Estado››, debido al ‹‹vencimiento de facto de la guardia civil››, instrumento principal, y aborrecido por el campesinado, para ‹‹imponer [empleando ‹‹la fuerza con el mayor rigor, desde la tortura hasta el ametrallamiento de multitudes››] la propiedad privada capitalista en la agricultura, cobrar los tributos, realizar la recluta forzosa de quintos, aplicar el patriarcado, efectuar la hegemonía de la ciudad sobre el campo y hacer cumplir la legalidad toda emanada de Madrid››. Se sumaron numerosas huelgas: obreros de la construcción, metalúrgicos, cerveceros, trabajadoras de la confección, empleados de industrias químicas, madera, hostelería, agua, gas y electricidad, camareros, etc.

El poder estatal y el capitalismo1 se desmoronaban ‹‹en beneficio de los nuevos poderes locales de tipo popular››. El antagonismo entre el Estado y el vecindario es ‹‹la clave primera para interpretar lo que sucedió››.

Dado que la República no pudo contener la situación, ‹‹tuvo que intervenir el ejército››.

La República había fracasado en el cumplimiento de su misión2 (‹‹garantizar la paz social, vertebrar al país, reforzar al ejército, fomentar la industrialización, desarrollar el aparato estatal, hacer de España una gran potencia colonial, garantizar y acelerar la acumulación de capital, asimilar a los pueblos no españoles con los estatutos de autonomía, desarticular la resistencia rural a la modernidad y nacionalizar a las clases modestas, aculturándolas3››) y debía ser sustituida.

Así, el alzamiento del ejército español, de nuevo axial ya que el aparato militar es ‹‹el componente decisivo de todo Estado››, fue contra las clases populares, cuya insurgencia esos meses, particularmente en el campo, ‹‹terminó por desbordar al gobierno de Frente Popular››; sólo secundariamente contra la República como sistema de dominación, ya inservible para las élites del poder, cuyo designio era ‹‹relanzar a España en tanto que potencia imperialista de rango medio››. A lo que el mundo rural suponía un obstáculo y ‹‹tenía que ser aniquilado››.

‹‹El estudio detallado e imparcial de lo que efectivamente sucedió en la base de la sociedad entonces, que apenas ha sido iniciado, es una de las grandes tareas historiográficas pendientes››.

La insurrección militar se hizo en primer lugar para ‹‹salvar a España›› de los peligros del “caos” y la “desintegración”. Sólo en un segundo momento, y de manera subordinada, los militares ‹‹se oponen al sistema jurídico-político parlamentarista y partitocrático, que en ese tiempo era republicano (hubieran hecho lo mismo en caso de ser monárquico), para instaurar una dictadura››. Una dictadura militar con maneras fascistas.

Lo decisivo, hay que enfatizarlo, fue ‹‹la presencia y función del ejército, vale decir, del aparato estatal4››.


  1. Al menos tres conspiraciones militares confluyeron en fechas anteriores al inicio de la guerra civil.

De una parte, ‹‹la de los jefes y oficiales de la UME››, de otra, ‹‹la de la junta de generales con sede en Madrid››, y finalmente, ‹‹la urdida por Mola desde Navarra››. La actuación de las tres fue ‹‹de forma paralela e independiente, manteniendo contactos episódicos, aunque la que proporcionó el grueso de la estrategia realmente aplicada fue la establecida por Mola››.

El 8 de marzo de 1936 tiene lugar un ‹‹encuentro clandestino de los principales mandos del ejército, Franco incluido››. En él aún se confía en que ‹‹el Frente Popular desarticule y paralice el auge cuasi-revolucionario de las luchas populares››. Asimismo se proyecta y organiza el levantamiento, que ‹‹sólo se desencadenaría en el caso de que las circunstancias lo hicieran absolutamente necesario››. Lo que se materializa en abril-junio de 1936, al ser el cuerpo armado de la guardia civil ‹‹arrollado por la acción popular››. Se hace, por tanto, ‹‹necesario acudir a una gran operación de policía contra el pueblo/pueblos, dirigida y realizada por la institución castrense››.

Los jefes militares se sirvieron de ‹‹la información proporcionada por los servicios secretos y los aparatos policiales, en particular la guardia civil››. En los archivos de este cuerpo policial, encargado de vigilar y constreñir al mundo rural, epicentro de la gran conmoción, ‹‹tienen que estar las claves fácticas del porqué de la guerra civil o, lo que es lo mismo, los datos más completos de la situación de flujo cuasi-revolucionaria de las multitudes, las agrarias sobre todo, en la primavera y verano de 1936››.

Tanto el ejército como el resto de las instituciones estatales, además de la clase patronal, ‹‹esperaron hasta el último momento›› para lanzarse al baño de sangre. ‹‹La guerra civil representó para España una verdadera catástrofe económica››.


  1. El Pueblo, entendido como la gente común sin poder y apartidista, ‹‹no estuvo con ninguno de los dos contendientes››, especialmente en la ruralidad.

‹‹En la primavera-verano de 1936 la gran mayoría de las luchas agrarias las convocaban las organizaciones locales, no los organismos dirigentes, y ni siquiera los provinciales, de los sindicatos […], esas masas autónomas y ya no sometidas a control sí eran peligrosas para el Estado››.

Los ‹‹cientos de miles de afiliados›› a los partidos y sindicatos afectos al Frente Popular van a ir ‹‹distanciándose e incluso rompiendo con sus organizaciones en los meses de la primavera y verano de 1936 […] al constatar la torcida trayectoria de aquéllos››.

La izquierda, sólo atenta a ‹‹lo fisiológico, monetario y consumista››, concepción habitual del obrerismo, no logró ‹‹establecer lazos sólidos con las clases populares››, quienes solían considerar con más estima la dignidad o el amor al prójimo. Además, el PSOE [‹‹un partido de Estado para obreros pero no un partido obrero››] y el resto de la izquierda en los años previos al conflicto carecieron de un programa que les permitiera ‹‹persuadir cualitativamente a los sectores más avanzados. Su previa derrota intelectual fue parte decisiva de su derrota política y militar en 1939››. La separación entre la izquierda y los trabajadores fue un hecho de ‹‹enorme importancia para explicar la victoria de Franco››.

La política represiva de la II República contra las clases laboriosas propició la desafección de éstas hacia aquélla. Por ello, el republicanismo y el frentepopulismo izquierdista, al generar con su actuar violento y persistente la desmovilización de las clases populares5, ‹‹fueron elementos causales determinantes para que el ejército, la Falange y Franco se alzasen con la victoria en 1939››. Asimismo, un factor que facilitó el triunfo del franquismo ‹‹por inhibición de amplios sectores populares›› fue la ejecutoria caciquil y monetizada de la socialdemocracia6.

La II República fue ‹‹expresión reafirmada de los privilegios de la gran urbe y la industria. Esto contribuye [también] a explicar la pasividad y mentalidad del campesinado en la guerra civil››.

Un dato importantísimo para calibrar ‹‹la agresividad anti-rural y anti-civilizacional de la II república›› es que no hubo prácticamente guerrilla campesina republicana antifranquista ni quintacolumnismo antifascista urbano en 1936-1939. ‹‹Sin duda, una potente guerrilla campesina7 operando en la retaguardia del franquismo durante la guerra civil le habría desarbolado››. Tampoco existió guerrilla antirrepublicana.

Otro dato esclarecedor al hilo de lo comentado es el siguiente: a la llamada para la inscripción en la cenetista columna Durruti (el cual, por lo demás, ha sido sobrevalorado ‹‹en tanto que supuesto revolucionario proletario››), que partió de Barcelona para tomar Zaragoza en los primeros días del conflicto, se esperaban 12.000 milicianos pero se presentaron menos de 3.000. ‹‹Lo que se repitió una y otra vez, a pesar (o quizá por ello) de que el gobierno republicano asignó a los milicianos una soldada crecida, 10 pesetas diarias, bastante superior a la percibida por sus oponentes del bando franquista››.

Por no citar también que ‹‹cuando el ejército de Franco avanzó por Extremadura8 en el verano de 1936 no halló, salvo alguna excepción parcial, un campesinado entusiasta del Frente Popular ni del régimen republicano, aunque tampoco del franquismo. La posición ampliamente mayoritaria de aquél fue negar el apoyo a los dos bandos››.

Así, con el pueblo distanciado de republicanos y nacionalistas, la guerra civil ‹‹fue una pugna entre dos minorías, entre dos formas de poder, por tanto, dos modos de Estado y dos modos de capitalismo››.


  1. Durante los dos primeros meses de la guerra, la actuación popular ‹‹tuvo bastante aunque no lo suficiente, ni muchísimo menos, de revolución auténtica››.

El pueblo/pueblos, entendido como ‹‹causa agente del devenir histórico […], erró, se equivocó, flojeó, falló, no estuvo a la altura de lo que las circunstancias demandaban››. Que en la primavera de 1936 era ‹‹planear, alentar y organizar la revolución››. Situación que no se constituye plenamente; sólo era un ‹‹escenario de ingobernabilidad ascendente››. Había un cuestionamiento integral del Estado ‹‹aunque sin una estrategia coherente››.

La etiología de ello hay que situarla en la debilidad en el seno del Pueblo del ‹‹factor consciente››. Las clases populares se hallaban situadas en una posición defensiva, localista y sin considerar el futuro: ‹‹buscaban impedir que el ente estatal, las nuevas tecnologías agrarias, las grandes infraestructuras, la hegemonía del mercado, la agobiante presión del aparato fiscal y la tiranía del dinero alteraran su muy estimado modo de vida››, colectivista y autogestionado, pero carecían, ‹‹salvo de forma vaga, intuitiva e imprecisa›› de un proyecto para derrocar al Estado y la gran empresa9.

‹‹La voluntad popular›› no se expresaba en las urnas sino en las movilizaciones que se sucedieron en la primavera y verano de 1936. Tales actos de afirmación ‹‹no tienen en sí un carácter plenamente revolucionario consciente, pero sí se encaminan a crear más y más espacios de libertad donde la presencia o influencia de los poderes totalitarios en activo sea nula o al menos lo más exigua posible››.

‹‹El pueblo/pueblos desacertó en diversas cuestiones decisivas en un momento histórico preñado de enormes posibilidades emancipadoras. Al actuar del modo que lo hizo repetía los errores que llevaba siglos cometiendo››.


  1. En modo alguno pueden aducirse el hambre y la pobreza como ‹‹causa agente de la guerra civil››.

Durante los decenios anteriores a la contienda ‹‹el nivel de consumo, la esperanza de vida, la adquisición de bienes y otros factores estuvieron mejorando progresivamente››.

Esta mejora material fue lograda en modo alguno por ‹‹la política y legislación republicanas, rigurosamente parciales hacia la clase empresarial››, sino gracias a ‹‹la continua agitación social››, a ‹‹la colosal capacidad de autoorganización y movilización de las clases populares entonces frente a las instituciones y la patronal›› y a ‹‹la elaboración y realización de numerosas formas de ayuda mutua, asistencia cooperativa y otras10››.

No obstante, ello no afectó en nada importante al ‹‹flujo cuasi-revolucionario del movimiento rural, lo que prueba que [el bienestar material] no era la meta de las movilizaciones, sólo un epifenómeno. En efecto, lo que estaba en ejecución era un gran choque civilizacional, un conflicto entre dos cosmovisiones, y no una rencilla por más dinero, más bienestar fisiológico y más consumo››.

Los comportamientos revolucionarios y combativos se dieron por ‹‹la riqueza espiritual de las clases populares de aquella formación social››. Vale decir, por ‹‹la calidad del sujeto››. Lo cual ‹‹arroja un gran jarro de agua fría sobre la concepción económica/economicista de la historia, la sociedad y el ser humano››.


  1. El aparato estatal español quedó dividido en sus componentes ejército y policía.

Esta escisión ‹‹fue bastante importante en el inicio y desencadenamiento de la guerra civil, así como durante toda ella››. Lo que ha de relacionarse con el tradicional apoyo manifestado por los republicanos al ‹‹imperialismo anglo-francés››. Durante la guerra los republicanos ‹‹fueron antifascistas también (y en bastantes casos sobre todo) para cooperar estratégicamente con Francia e Inglaterra, enfrentadas a Alemania e Italia››. Los facciosos no consiguieron la unanimidad deseada por ellos.

Hubo, por tanto, un ‹‹apoyo activo de numerosos oficiales al bando republicano, en particular en infantería e ingenieros. Lo mismo en el cuerpo de asalto que quedó en sus dos tercios leal a la república, mientras la guardia civil y los carabineros se dividieron mitad por mitad››. Que una parte del aparato militar tomase partido por la República sucedió mucho más por influencia de Francia e Inglaterra que ‹‹por ideales y convicciones, colectivas o personales››.

Veamos el caso de Barcelona. Donde en el sofocamiento de la rebelión militar ‹‹quienes desempeñaron una función determinante fueron la guardia de asalto y la guardia civil, que se mantuvieron leales al gobierno del Frente Popular con escasas excepciones, y una parte de la oficialidad del ejército de tierra así como todo el ejército del aire […] además del cuerpo de carabineros››. Sin estos actores, ‹‹las milicias obreras (en realidad milicias de partidos y sindicatos obreristas) habrían sido muy insuficientes para contener y derrotar a los militares que se habían pronunciado, sobre todo por carecer de una estrategia y un proyecto global de acción revolucionaria››.

En definitiva, existe ‹‹un ejército fraccionado en dos porciones que chocan entre sí. Las fuerzas políticas y sindicales adscritas al gobierno de Frente Popular no estaban preparadas para lo que aconteció, desempeñando una función importante pero con todo secundaria››.


  1. Fue general la inexistencia de ‹‹organismos de participación directa, obrera y popular, de naturaleza asamblearia, en la toma de decisiones políticas, sociales, culturales y económicas en la zona republicana››.

Una vez inhibida la ‹‹semi-espontaneidad popular de los dos primeros meses de guerra›› (la gente común alcanzó ‹‹logros revolucionarios, parciales pero muy auténticos, allí donde había sido vencido el levantamiento militar››) se va a instaurar en el territorio liberado del poder militar insurgente ‹‹una dictadura de los partidos políticos y los sindicatos [a través de los Comités y Consejos Municipales] afectos al orden legal republicano››, cuyo artefacto estatal se verá reconstruido desde el otoño de 1936; tarea en la que se unirán la socialdemocracia y el anarquismo, mayoritariamente. El poder de los comités desplazará ‹‹al de las clases populares, con el que convivió durante unos pocos meses. A su vez fue desplazado/integrado por el poder de la Generalitat/Estado republicano español››.

Los mencionados Comités, en empresas y fábricas, fueron ‹‹organismos de poder no subordinados a las bases, sino a la dirección de los respectivos partidos y sindicatos, o a los organismos del poder estatal republicano›› a medida que se iban rehaciendo. Los partidos y sindicatos de la izquierda se constituyeron en ‹‹nuevo capitalismo de Estado››, dueño de los medios de producción. Surgieron conflictos graves con los trabajadores, ‹‹incluidas huelgas y otras formas de resistencia obrera››.

Esta aplicación del parlamentarismo a las condiciones del momento, con los partidos y sindicatos ejerciendo simultáneamente de ‹‹nuevo poder estatal y nueva burguesía›› propició que ‹‹la mayor parte de la población considerase la guerra como algo ajeno y no lograra alcanzar un particular compromiso con la meta de derrotar al franquismo››. A partir de finales de 1936, ‹‹ya apenas nadie del proletariado deseaba voluntariamente ir al frente […], de manera que hubo que acudir a llamar y llevar constrictivamente a las sucesivas quintas››.

Las colectividades agrícolas de la guerra civil sólo tenían de tal el nombre, ‹‹salvo quizá alguna excepción, al ser una forma específica de capitalismo [neo-empresas] y estar dirigidas por el Instituto de Reforma Agraria››.

Las colectividades estaban guiadas ideológicamente por ‹‹el productivismo, el desarrollismo, el afán modernizador, la preferencia por el consumo material, la hegemonía de la ciudad sobre el campo y el culto por la tecnología11 […], sacrificaban a los seres humanos a las metas económicas: todo eso, en sí mismo, es capitalismo››.


  1. Las fuerzas antifranquistas en 1936-1939 adolecieron de una ‹‹grave debilidad moral››, la cual, constituida en los años republicanos, ‹‹fue un factor causal de primera importancia en su derrota››.

En el Estado totalitario, policial y legicentrista que fue la II República no hubo lugar para ‹‹la convicción interior del individuo ni su valía ética ni [para] la virtud cívica››, nociones que sólo pueden ‹‹arraigar y fructificar bajo la libertad››. En muchas unidades del ejército republicano era corriente ‹‹la falta de convicción, entusiasmo y combatividad de los soldados››, quienes desertaban a menudo; también en la retaguardia ‹‹no escasearon la indiferencia, preferencia por el consumo rechazando toda moral de sacrificio, resistencia pasiva, sabotaje, corrupción, negativa a respaldar el esfuerzo de guerra, manifestaciones y huelgas››. Estas acciones, por lo general, eran llevadas a cabo por la gente común que se oponía a ‹‹la nueva burguesía de los partidos y sindicatos de la izquierda, la cual llevaba una vida de privilegios materiales››.

Miguel Hernández, combatiente antifranquista en el ejército republicano, deplora ‹‹la ausencia de heroísmo de una parte de los milicianos que le rodean, a los que encuentra faltos de alma y excesivos de estómago››. Estos defectos son también señalados por Mika Etchebéhère para una parte de los integrantes de las milicias republicanas instaladas en Sigüenza: ‹‹irresponsabilidad, cobardía, torpeza, hedonismo, pereza y destructividad››12.

La fijación en lo económico y fisiológico como metas y el desdén por lo inmaterial (la ética, la voluntad, la afectividad, el análisis ateórico de la realidad, los ideales, la calidad autoconstruida de la persona, la generosidad, el sentido del deber, el espíritu de sacrificio…) propios del obrerismo13 ‹‹crearon un tipo de individuo de inferior calidad que resultó ser poco apto›› para librar combates. Esa concepción por sí misma ‹‹lleva a la derrota››. Para Stanley G. Payne los católicos españoles demostraron mayor disciplina, determinación y autosacrificio que los utopistas revolucionarios14.

La izquierda también practicó el terror durante la guerra civil, ‹‹no sólo contra los militares alzados, sino también y quizá sobre todo contra el pueblo/pueblos››. Violencia gratuita sumada a la quema de iglesias de quienes estaban imbuidos de ‹‹anticlericalismo burgués››, que el franquismo ‹‹capitalizó políticamente››. George Orwell, también combatiente antifranquista al igual que la autora de “Mi guerra de España”, ‹‹observa en Cataluña la acción de los dos fascismos, el de Franco al otro lado de las trincheras y el del PSUC (la sección catalana del PCE15, el cual fue en la guerra civil ‹‹una patética criatura-instrumento, sin voluntad propia›› y manejada por Stalin y Azaña) en la retaguardia››. Un asunto sobre el que ‹‹apenas nada se ha investigado›› fue ‹‹la represión de integrantes críticos de las clases populares, en desacuerdo con la nueva burguesía izquierdista››.

‹‹La II república, en su etapa bélica, inició una marcha hacia el totalitarismo y la conversión en Estado punitivo a gran escala. Primero permitió y alentó la persecución de los católicos. Luego de los marxistas heterodoxos del POUM [que reproducía la padecida por este partido a cargo del PC en la Unión Soviética]. En tercer lugar de los anarquistas, con los sucesos de mayo de 1937 como centro. Finalmente comenzó a ponerse violenta con los nacionalistas catalanes››.

Otros asuntos a consignar son ‹‹las disputas de poder entre los diversos partidos, una vez que se habían constituido como formaciones neo-estatales/neo-burguesas, y la incapacidad de la nueva burguesía antifranquista para regular la competencia entre ella, con el fin de realizar esa pugna con procedimientos económicos y políticos, sin descender a la violencia››.


  1. ‹‹Sobre la cuestión de la ayuda material y militar externa recibida por ambos bandos››.


  • La aportación ‹‹fue aproximadamente la misma›› para republicanos y franquistas, ‹‹unos 700 millones de dólares de la época››.

  • La alianza en Marruecos con anterioridad a 1936 entre la Falange, el ejército español y el clero islámico permitió que ‹‹unos 100.000 soldados musulmanes mercenarios luchasen al lado de Franco16, siendo decisiva su fuerza de choque, en íntima alianza con la Legión Cóndor enviada por Hitler››. A este tándem hay que añadir las tropas enviadas por Mussolini17.

  • También la república portuguesa contribuyó al triunfo del fascismo español, ‹‹sobre todo en los primeros meses de la guerra, en concreto, durante la decisiva marcha, en el verano de 1936, de las tropas franquistas desde Sevilla a Madrid en paralelo a la frontera portuguesa, abierta de facto para proporcionar a los facciosos ayuda variada››. Además, aquélla envió un cuerpo expedicionario para combatir al lado de los franquistas.

Hay que señalar que ‹‹hasta el otoño de 1937 la superioridad armamentística, financiera, industrial, demográfica y militar estuvo con el bando republicano››.

Richard Overy: las explicaciones materiales que hacen referencia a los recursos, la tecnología y el número de los combatientes no son suficientes. Clausewitz, ‹‹teórico por excelencia del arte de la guerra››, otorga importancia a ‹‹los factores inmateriales como son la corrección de la estrategia, pericia táctica, participación de las multitudes en la vida política, entrega consciente a la causa, calidad de las personas, superioridad moral, igualitarismo en hechos, ausencia de corrupción, buena organización política, mentalidad épica, respeto por el ser humano y voluntad de vencer››. Éstos ‹‹no son apreciados por los partidos republicanos››. La falta de estrategia, de un plan de conjunto sólidamente preparado (general Duval) resultó fatal para los republicanos.

  1. La Guerra Civil y las mujeres de las clases populares.

Hubo ‹‹mayor presencia, entusiasmo, autonomía y entrega de las mujeres en el bando derechista››. La Sección Femenina (falangistas y tradicionalistas) se acercó a las 600.000 afiliadas al finalizar la guerra civil; a esta cifra hay que sumar las féminas de organizaciones católicas. Así, ‹‹el conjunto de mujeres adscritas a organizaciones conservadoras debió ser próximo a un millón››. Por el contrario, el total ‹‹de las organizaciones femeninas republicanas y de izquierda no debieron llegar a las 100.000 en ningún momento […] Pero lo más llamativo era la diferencia en calidad, en la entrega, el entusiasmo y la voluntad de servir a la propia causa corriendo riesgos››. Como fue el caso de ‹‹las organizaciones clandestinas de mujeres fascistas y quintacolumnistas [p. ej. Auxilio Azul] en la retaguardia republicana [que] fueron sorprendentemente poderosas e hicieron una importante contribución a la victoria del franquismo››.

Las milicianas ‹‹fueron escasas […], duraron poco tiempo (en el otoño de 1936 la gran mayoría de ellas ya habían abandonado) y terminaron siendo rechazadas por todos los partidos y sindicatos del Frente Popular, así como por todas las organizaciones de mujeres de signo republicano e izquierdista, que efectuaron campañas de prensa para que las féminas en armas volvieran a la retaguardia››, lo que hicieron casi todas. Esta ‹‹misógina campaña de prensa y agitación callejera […] se inicia en septiembre de 1936, y la lleva adelante el primer gobierno de Largo Caballero, jefe del PSOE››.

El proyecto de la nueva burguesía antifranquista de 1936-1939 para las mujeres consistía en: ‹‹1) privarlas de las capacidades reflexivas, 2) expropiarlas la feminidad, 3) mantenerlas en trabajos mal pagados, sobreexplotarlas, 4) negarles la mayoría de las posibilidades de promoción social […] Ahora se entiende que muchas féminas rehuyeran a las organizaciones de mujeres del progresismo y la izquierda […], y que se dejaran atraer por el falangismo y el franquismo››. La misoginia de estos últimos ‹‹era de otra naturaleza, más hábil, centrada en la opresión de la fémina, sin duda, pero permitiendo a la mujer ser mujer hasta cierto punto, sin exigir que se auto-negase››.

El franquismo ‹‹agregó a muchas féminas a las fábricas de municiones y material de guerra [haciéndose, por tanto, partícipes y responsables del régimen de opresión], lo que fue de importancia para su triunfo en 1939››.

El ejército republicano ‹‹organizó un amplio sistema de mancebías […] Esa mercantilización militarizada del cuerpo femenino sólo fue denunciada por sectores del movimiento libertario. Con ello el bando republicano perdió la superioridad moral y se condenó a la derrota››.

***

La derrota de los republicanos en 1939 queda explicada por ‹‹factores políticos (en primer lugar, la ruptura entre el pueblo/pueblos y el gobierno frentepopulista ocasionada por su feroz política represiva), morales, ideológicos y de calidad de las personas››, y de manera subordinada militares. ‹‹La república no podía ganar la guerra sin tener de su lado al campesinado, a las mujeres y a una amplia mayoría de la masas urbanas, y estas tres fuerzas no tomaron partido por ella (tampoco por el franquismo), salvo en facciones reducidas e insignificantes››.

Para Indalecio Prieto, jefe socialdemócrata, sólo contaba disponer de más medios y más elementos. Los dirigentes republicanos y de izquierda ‹‹creyeron en el primer año de la guerra que les bastaba con su superioridad económica [reservas de oro del Banco de España], financiera, industrial [pesada] y demográfica, y que contarían con la ayuda internacional, de manera que desdeñaron […] alcanzar el respaldo popular››.

La izquierda institucional, derrotada en 1939, se hará vencedora en 1974-1978, relevando al franquismo también en la falsificación de la historia contemporánea: ‹‹el victimismo y el emocionalismo fueron el todo. No hubo una asunción de responsabilidades sustentada en una explicación documentalmente fundamentada de la II república, el Frente Popular y el desenlace de la guerra civil, sino propaganda y más propaganda››.

***

1 El colapso de la economía capitalista supuso ‹‹un factor notable dentro de la etiología de la guerra civil […] La gente pudiente se fue armando, e integrándose en la Falange [que también llegó a ‹‹ciertos sectores de trabajadores, proletarios y jornaleros que afluyeron a sus filas››] desde la primavera de 1936››. Al desarrollo del fascismo español contribuyó ‹‹la estrategia de Frente Popular, al poner explícitamente a la izquierda a las órdenes del capitalismo››. Si bien, el ‹‹principal partido fascista español›› fue el ejército, ‹‹la realización más importante de la revolución liberal››.

2 ‹‹El antifascismo burgués sugiere que si las clases trabajadoras hubieran detenido su ofensiva de la primavera y estío de 1936 el alzamiento militar no habría tenido lugar, lo que probablemente es cierto pero, a fin de cuentas, viene a argüir que si hay sumisión no se da la represión››.

3 Sin considerar el hecho de ‹‹la superioridad cultural de las clases populares sobre las élites políticas en la península ibérica›› no puede comprenderse el porqué de la guerra civil.

4 El golpe militar de 1936 fue financiado en primer lugar ‹‹por el propio Estado español››. Para lo que estaba ‹‹suficientemente dotado de ingresos hacendísticos››. El Estado resultó ser el ‹‹sujeto agente y principal beneficiario›› del levantamiento.

5 Por su parte, el estamento clerical en la guerra civil ‹‹estuvo, en general, con Franco, en lo que influyó bastante la no sólo inhumana sino también impolítica persecución a que estaba siendo sometido en el otro bando››.

6 Otros fueron empujados ‹‹hacia la derecha e incluso al fascismo, al verse violentados en sus convicciones, esperanzas, sentido de la justicia y libertad personal››. Muchos pequeños campesinos se hicieron ‹‹permeables a las propuestas de la derecha, luego de la Falange››, al constatar ‹‹el ansia de enriquecimiento de la nueva burguesía que se albergaba en el interior del PSOE-FNTT-UGT, deseosa de apoderarse de todo so pretexto de socialización››.

7 El campesinado, terminada la contienda, ‹‹crea y sostiene al movimiento del maquis, o guerrilla antifranquista autónoma [en el que estuvieron implicadas de forma ‹‹directa y militante›› más de 300.000 personas], que será con mucho la mayor resistencia al fascismo español [para la defensa de la sociedad popular rural tradicional, liquidada de forma definitiva en la década de 1960, pero no de la república] en toda su existencia, 1939-1977. A su lado la oposición antifranquista urbana, proletaria y estudiantil al régimen de Franco fue poca cosa. La amenaza, efectiva y sobre todo latente, que significaba el maquis rural en los años 1939-1942 fue un factor de importancia para que el franquismo no se sumara al Eje en la II Guerra Mundial››.

8 La denigración de lo rural a través de textos y documentales editados ‹‹bajo la segunda república o antes›› por literatos, cineastas y otros “intelectuales”, ‹‹ayuda a entender asimismo la durísima represión del mundo agrario que en el verano de 1936 realizan las columnas militares franquistas en su avance por Andalucía y Extremadura, que tuvo su peor episodio en la conocida como matanza de Badajoz, perpetrada los días 15 y 16 de agosto. Aquéllas podían exterminar a las gentes sin problemas de conciencia pues […] no asesinaban personas, sino que limpiaban la tierra de seres racialmente inferiores››.

9 ‹‹Por el contrario, el ente estatal sí busca la aniquilación de su oponente, que [logra realizar] en 1955-1970, valiéndose del franquismo››. Éste es más exacto definirlo como una “ingenierocracia” que interpretarlo ‹‹desde el anticlericalismo burgués, dado que los técnicos e ingenieros fueron más decisivos en él que el clero››. La “revolución nacional-sindicalista” realizó ‹‹las metas industrialistas, desarrollistas, tecnoentusiastas, modernizantes y consumistas comunes a todas las fuerzas políticas españolas, de izquierda tanto como de derechas, desde mediados del siglo XVIII, al menos››.

10 Será el franquismo quien liquide ‹‹la forma tradicional de familia propia de los pueblos peninsulares, para imponer la familia nuclear, su versión envilecida, que era, además y sobre todo, la etapa previa a la supresión de lo familiar para que sólo existieran dos poderes, el de la coerción (el Estado) y el del dinero (el capital)››. A partir de los años 60 del pasado siglo surge el ama de casa, para las clases populares peninsulares, ‹‹como exigencia del paso de millones de personas –unos seis- desde el campo a las ciudades››. El franquismo, además, sirviéndose de las referencias alemana e italiana, ‹‹estatuye en España el Estado de bienestar con la legislación de 1963››.

11 Estos designios los realizará el franquismo a partir de 1950: ‹‹es el régimen franquista el que crea la sociedad de consumo de masas, megalópolis atestadas de bloques de viviendas tanto como de automóviles y alto nivel tecnológico con que soñaron los partidos y sindicatos supuestamente obreros en 1936-1939››.

12 ‹‹Uno de los episodios más reprobables de la guerra civil, en el que se manifestó la baja calidad política, cívica y moral de una buena parte de los combatientes antifranquistas, fue la batalla por Badajoz, los días 13 y 14 de agosto de 1936, que enfrentó a unos 6.000 republicanos con 2.500 facciosos. En ella tuvo lugar la huida a Portugal o a la retaguardia, en los primeros y decisivos momentos de la batalla, de las autoridades civiles y militares del Frente Popular en la ciudad, dejando abandonados y desorganizados a los combatientes […] Nadie asumió, posteriormente, la responsabilidad de tales comportamientos sin honor ni valentía ni moralidad ni inteligencia››. La torpeza e incompetencia de los partidos y sindicatos de izquierda se manifiestan en el actuar de ‹‹las tropas republicanas y las milicias antifascistas […] en los primeros meses de la guerra civil en el frente suroeste y en el sistema central››.

13 Los acontecimientos de 1931-1939 demuestran ‹‹la tendencia, práctica y de facto, a proteger y rehacer el capitalismo de los dos grandes proyectos obreristas decimonónicos: el marxista y el anarquista››.

14 Según Juan García Oliver, ‹‹la victoria del franquismo en 1939 se debió a la aplastante superioridad en armamento de aquél››. Veamos, por el contrario, algunos datos aportados por Payne: ‹‹unos 10.000 oficiales profesionales del ejército y de las fuerzas del orden público no estuvieron comprometidos con los facciosos, de los cuales 3.000 en activo en 1936 y 1.500 retirados se sumaron al ejército republicano, lo que indica que es abusivo sostener que no hubo estructura militar para vencer al franquismo […] En Aragón unos 30.000 milicianos anarquistas y marxistas fueron contenidos por unos 10.000 hombres en el bando franquista, una parte de ellos también milicianos de derechas, con la agravante de que los antifascistas, en este frente, estuvieron mejor abastecidos y municionados que sus adversarios […] Durante los tres decisivos primeros meses de la contienda, hasta la llegada de la Legión Cóndor, la república poseía 300 aparatos y los alzados 130. La flota de guerra quedó casi toda con la república […] En abril de 1937 los soldados de Franco eran 290.000 y los republicanos 350.000, y para estas fechas la república controlaba el 75% de la industria metalúrgica, por tanto, de la producción de armas y municiones, además de las crecidas reservas de oro y divisas del Estado español […] El número de soldados afectados por neurosis de guerra y fatiga del combate fue mayor entre los republicanos que entre los franquistas››. La aserción de Oliver, ‹‹además de no ser verdadera ni siquiera numéricamente, niega todo aprendizaje y avance››, y lleva a instalarse en ‹‹el victimismo y la autocomplacencia››.

15 Santiago Carrillo, dirigente de la juventud de dicho partido, ‹‹presidió en el otoño de 1936 la Consejería de Orden Público de la Junta de Defensa de Madrid, responsable de la matanza de unos 2.200 presos, la mayor de la guerra civil considerando los dos bandos. Aquélla debió ser, inexcusablemente, autorizada por el gobierno republicano››. También se implicaron en este asunto IR y CNT.

16 ‹‹No hay que olvidar tampoco a los cientos de marroquíes antifascistas y contrarios al clero islámico que lucharon en el ejército republicano en 1936-1939››.

17 Musulmanes, nazis, italianos y franquistas arrollaron ‹‹al denominado ejército popular de la república batalla tras batalla, sobre todo en la que fue su final, la librada en el Ebro en el verano y otoño de 1938››.