Ética, Dignidad y Autogestión

Apuntes sobre el auge y la decadencia del Pueblo durante la Edad Media

Escrito por jesusfrancosanchez 07-09-2017 en Recuperando la historia. Comentarios (0)


‹‹Al actual orden vigente le es imprescindible, para legitimarse como la sociedad perfecta y completa, un desvergonzado falseamiento de los periodos de la historia que son superiores al mundo de hoy››. Félix Rodrigo Mora.


La relación entre las minorías con poder y la gente corriente, esto es, entre el Estado y el Pueblo, es un asunto al que se le presta una escasa atención. Ni las tribunas mediáticas, con su cohorte de paniaguados “intelectuales y artistas”, politicastros, académicos, comunicadores…, ni las clases populares, en general circunscritas a los límites de su privacidad, reflexionan sobre el desigual peso de élites y personas del común en el momento presente. Desequilibrio que es uno de los más agudos de los últimos 2000 años en los territorios de la península Ibérica. Más bien, el panorama es mayoritariamente percibido como “normal”. Lo que prueba la capacidad del ente estatal y la gran empresa, a través del adoctrinamiento por múltiples vías (escuela, publicidad, medios de “información”, industria del ocio…) y métodos (religiones políticas, teorías, consignas…), para desalojar de la mente y del corazón del individuo de a pie valores e ideales como dignidad, libertad, autogestión, verdad o capacidad de pensar por sí mismo. Y la desamparada situación en la que este último se encuentra.

Una irracionalidad que conduce al maridaje entre oprimidos y opresores, a la negación de la lucha de clases, a solicitar de las instituciones remedios para los males y ayudas ante las necesidades, a una resignada calma social.

Pero quienes creen, quien más quien menos, que el actual orden social resulta el más satisfactorio de todos, el cénit del progreso civilizatorio, yerran.

La libertad para pensar y ser desde uno mismo es negada ab ovo; la libertad para actuar es regulada y vigilada por un entramado de leyes de elaboración ajena, magistrados que nadie ha elegido ni siquiera formalmente y un ejército de ocupación interior, dotado de excelentes instrumentos armamentísticos y tecnológicos; la libertad política no existe, la carta constitucional de 1978 establece el sistema liberal de partidos políticos y parlamentos, localizado en las antípodas de la democracia (a menos que, despreciando el gramo de auto-respeto que podamos conservar, consideremos como tal a la pantomima de introducir cada cuatro años un sobre en una urna); la soledad en las grandes urbes y la ingesta de psicofármacos y otras drogas denotan que la vida relacional es una ruina; la reducción del amor de pareja a una suma de dos egos (más una mascota perruna) que viven para lo zoológico y hedonista muestra la intrascendencia que padecemos; el trabajo asalariado (en caso de tenerlo) es fuente de malestar, por su propia naturaleza servil, cuestión ausente de la agenda de anti-taurinos, “anti-capitalistas”, anti-católicos y demás “críticos” de lo establecido; el decadente estado de salud física de muchos indica que ni sabemos alimentarnos ni cuidarnos ni tenemos voluntad para ello; la desertificación creciente de la península Ibérica ilustra el fracaso de las “políticas públicas” en la gestión del medio natural así como del activismo ecologista, constreñido en lo institucional y leguleyo; la verdad ha sido sustituida por la propaganda y lo emotivo; la ética y las buenas maneras apenas interesan… Y así continuaríamos reflejando nocividades en curso hasta la depresión.

Una terapéutica adecuada para mitigar el malestar generado por mirar de frente la realidad actual es el estudio de la historia. De la historia que provee de enseñanzas, sean completas o parciales, no de la elaborada con fines legitimadores de lo presente. Las cosas no siempre fueron tan nocivas como lo son hoy. Ni están abocadas a continuar siéndolo. Afirmación simple pero que es olvidada debido a una combinación de teoría del progreso y “fin de la historia”, de repudio del pasado y de inmovilismo, de odio por la objetividad y de desprecio de la capacidad transformadora del hombre.

La historia bien hecha daría cumplimiento a varias exigencias: de un lado satisfaría la necesidad de conocimiento que es propia del ser humano, de otro rendiría tributo a una noción válida en sí misma, la verdad, y de otro señalaría elementos, tanto positivos como negativos (morales, políticos, estratégicos, etc.), que recuperar (ejerciendo de referentes) o descartar.

Las siguientes líneas están elaboradas a partir de “Municipalidades de Castilla y León. Estudio histórico-crítico”, Antonio Sacristán y Martínez, 1877.

*

En la Alta Edad Media se estableció el concejo abierto como institución política popular en el marco de ‹‹grandes y profundos cambios›› acontecidos en los territorios de la península Ibérica no sometidos al dominio islámico. Todos los vecinos serán convocados a participar activa y directamente, con voz y voto, en la gestión de la res publica; poseerán en plenitud vida civil, política y militar.

Anteriormente, ni los municipios romanos (con la elitista curia) ni los visigóticos (con la figura del conde) conocieron procedimientos democráticos 1. Tales, retrocediendo más en el tiempo, sí se dieron entre los pueblos indígenas, quienes nunca constituyeron una unidad nacional y cuyo amor por la libertad, constancia y valor hicieron de la conquista y colonización romanas arduas empresas, especialmente en lo que hace a los norteños.

El surgimiento de nuevas ideas, instituciones y costumbres tuvo lugar al margen de la voluntad de la monarquía, de escaso poder entonces. Es remarcable, dentro de esta radical mudanza, que en Castilla y León la esclavitud, tal como existió en la Antigüedad, fue ‹‹desconocida››. Así como la ‹‹servidumbre feudal››.

De las deliberaciones de la asamblea vecinal emanaba el derecho consuetudinario, o de usos y costumbres, que precedió a la ley escrita en forma de carta foral. Cuando esto último ocurre ‹‹la constitución municipal se encuentra ya en pleno desarrollo››. Los acuerdos tomados en concejo eran de ‹‹fuerza obligatoria››, lo que informa de su carácter autónomo y soberano, de su ‹‹vida propia›› y existencia diferenciada de la corona, la nobleza y el clero. De una auténtica voluntad popular.

Sacristán se apoya documentalmente en los fueros municipales, códigos privativos y privilegiados de los vecinos que obstaculizaban ‹‹la acción directa del poder central representado por la corona››. Los pobladores eran todos iguales ante la ley, superándose distinciones de clase y de fortuna. La elección popular de los cargos públicos 2 era anual; ello era un freno a las ‹‹ambiciones particulares››, una búsqueda, mediante el cambio de personas, del mejor gobierno posible y, también, ‹‹garantía de la libertad››. Los concejos gozaban de igualdad política entre ellos. Otras cuestiones sancionadas por los fueros son: la inviolabilidad del domicilio, la tolerancia religiosa 3, la garantía de la seguridad personal 4 y de la propiedad, y la responsabilidad, verdad y honradez con las que habían de ejecutarse los oficios concejiles (jueces, alcaldes, jurados, escribano, mayordomos…).

Una parte del territorio conquistado al estado islámico se destinaba a propiedad comunal. De la que ‹‹cada uno pudo tomar lo suficiente para sus necesidades››. El disfrute de este patrimonio (aguas, pastos, montes, baldíos, etc.) se obtenía ‹‹por el solo hecho de formar parte de la municipalidad››. El aprovechamiento vecinal contribuía a la independencia económica del municipio, complemento de su autonomía política.

Las milicias concejiles fueron la organización del pueblo en armas. Salían a campaña, ora formando parte (considerable) del ejército real, ora ‹‹por su propio acuerdo y de su cuenta y riesgo››. Era deber de todo vecino estar preparado para formar parte de ellas. La hueste concejil (caballería y peones) desempeñó un ‹‹papel importante en todas las guerras de la Edad Media››, logrando numerosas victorias sobre el enemigo andalusí; también en aquellos casos en los que no hubo intervención de ‹‹los demás órdenes del Estado››. A los concejos les posibilitó que se hicieran respetar y ‹‹aun temer››.

En las Cortes, a partir del siglo XII, radicará la participación supra-comarcal del elemento popular por medio de la designación de procuradores, sujetos a ‹‹lo resuelto y acordado›› en la asamblea municipal; siendo, por tanto, meros ejecutores. Este momento es identificado por Sacristán como el ‹‹apogeo›› del estado llano, como una manifestación de su ‹‹preponderancia adquirida››. En el siglo XV, ya inmersos en el declinar de lo democrático, se establecerá como derecho de la corona ‹‹la intervención en el nombramiento de procuradores››, quienes se convertirán en una especie de funcionarios reales.

Por su parte, las hermandades entre concejos, ‹‹acto propio y exclusivo de la autonomía municipal››, tuvo su motivación en ‹‹los agravios y desafueros cometidos por los reyes››. El elemento democrático pretendía así ‹‹poner un dique al desarrollo excesivo del poder real››.

El autor otorga al rey la categoría de ‹‹señor natural››. Esta genuflexión, empero, no le impide afirmar que ‹‹el espíritu democrático de la Constitución castellana nunca reconoció la voluntad del príncipe como fuente de derecho›› ni definir a las comunidades populares como ‹‹un verdadero poder público››, dada la importancia que lograron. El Pueblo no podía ser despreciado ‹‹sin graves peligros››. Tanto en los municipios denominados de realengo como en los de señorío, los habitantes tenían la facultad de ‹‹rechazar con la fuerza toda agresión violenta intentada por ricohombres o infanzones, sin incurrir en responsabilidad por la muerte dada al forzador››. A los nobles, salvo que fuesen ‹‹naturales, vecinos y moradores de las villas aforadas››, se les negó el desempeño de cargos públicos. Incapacidad de la que igualmente padecieron los eclesiásticos: el gobierno y administración de los concejos fue ‹‹completamente laical››; en el terreno político, entre municipios e iglesia existió un ‹‹constante antagonismo››. Asimismo, el monarca carecía de potestad para el nombramiento de los oficios municipales. La corona ejerció de ‹‹regulador›› de la sociedad medieval.

La relación entre la monarquía y el elemento popular estuvo marcada por ‹‹las circunstancias políticas del momento››: la necesidad de combatir militarmente a un peligro común, al Ándalus. El equilibrio de fuerzas se romperá durante la Baja Edad Media en favor de la autoridad real, cuando ésta comenzará a traducir en hechos el proyecto acariciado de una ‹‹dominación ilimitada››. La democracia se verá menoscabada; la libertad política recibirá ‹‹un rudo golpe››.

El intento de Alfonso X en el siglo XIII de aplicar a las municipalidades una legislación o código general (Fuero Real y Partidas), ajeno a las ‹‹costumbres nacionales››, a un pueblo ‹‹caballeresco y libre››, fracasó debido a la ‹‹tenaz resistencia›› que opusieron aquéllas. Será bajo el reinado de Alfonso XI cuando dicho código alcance sanción legal (Cortes de Alcalá de 1348) y sean traspasados a la corona ‹‹derechos que hasta entonces eran considerados como el escudo más firme de las libertades populares›› 5. Los fueros municipales quedaban relegados a la categoría de ‹‹códigos supletorios››.

La realeza dirigió su ataque a cambiar ‹‹la forma interior de gobierno del municipio››, a introducir en él su influencia. La doble capacidad de electores y elegibles pasará, en las villas al menos, a estar limitada a ‹‹individuos privilegiados››, regidores designados por el monarca que excluirán ‹‹de la dirección de los negocios municipales al Estado llano›› y ambicionarán los cargos de las poblaciones de mayor importancia. Los ayuntamientos perpetuos ejercerán las atribuciones que antes correspondían a ‹‹la asamblea general de ciudadanos›› y serán ‹‹auxiliares de la corona contra las aspiraciones populares››. Estamos ante ‹‹un retroceso hacia la curia romana›› al verse dinamitadas ‹‹las bases fundamentales en que descansaban las franquicias populares››. A partir del reinado de Enrique III (1390-1406), la institución de corregidores permitirá la extensión de las ‹‹miras centralizadoras›› de la corona. Al acrecentamiento del poder real contribuirá significativamente la acción de los Reyes Católicos.

Se fraguaba una contra-revolución, política y legislativa, a favor del ‹‹principio monárquico››. La rivalidad entre ‹‹el espíritu democrático de las libertades castellanas›› y el deseo de la corona de ensanchar su poder se resolverá del lado de esta última.


NOTAS

1 ‹‹El emperador no representaba otra cosa sino el derecho de conquista impuesto por las armas en la época republicana, y cimentado sobre la sangre y las derrotas de los indígenas: idénticos en el fondo y en la forma eran los títulos alegados por los nuevos invasores››.

2 ‹‹Los vecinos de cada parroquia, reunidos en concejo abierto, discutían libremente entre sí las cualidades de los candidatos y la conveniencia de encomendarles la gestión de los intereses públicos. Todas las diferencias quedaban por fin sometidas a la decisión de la mayoría››.

3 ‹‹Las primeras corrientes de intolerancia se manifestaron por parte de la corona en el reinado de don Fernando III (1240) y a fines del siglo XV en el pueblo››.

4 ‹‹El concejo entero debió acudir a la defensa del ofendido, considerando el ataque a un solo ciudadano como causa de desafuero general››.

5 ‹‹¿Cómo se comprende que las municipalidades, después de tantas pruebas de vitalidad y energía de la defensa de sus derechos, cediesen sin protesta alguna a la voluntad del rey, consintiendo en innovaciones tan contrarias a su índole democrática y opuestas al espíritu y letra de su constitución?››.


Los hombres pasan, sus obras quedan

Escrito por jesusfrancosanchez 04-09-2017 en Recuperando la historia. Comentarios (0)

‹‹Seguramente debemos mucho más de lo que pensamos a esa otra época que ya no sentimos como nuestra››, Antonio Limón Delgado.


En 2016 ha sido reeditado el libro Los desiertos de la cultura (una crisis agraria)”, Santiago Araúz de Robles, escrito y publicado en la década que transcurre desde 1970 hasta 1979. Un estudio sociológico-cultural que evidencia ‹‹una manera de ser y de entender el vivir››. En él se exponen, con ‹‹una obligada objetividad, pero sostenida por la pasión››, los componentes axiológicos, políticos, sociales, económicos…, en proceso de degradación, de cinco pequeños pueblos pertenecientes a la que fuera comunidad de villa y tierra de Molina de Aragón, al noreste de la provincia de Guadalajara: Pinilla de Molina, Terzaga, Tierzo, Valhermoso y Teroleja. Zona de clima riguroso, de páramos y valles donde ‹‹todo el paisaje tiene una cierta apariencia gris, pesada y uniforme, que de alguna manera recuerda los horizontes del mar››.

Comarca, por otro lado, construida históricamente ‹‹desde la base›› y por ello con una ‹‹clara conciencia de libertad…, sentido de igualdad…, propia dignidad… y responsabilidad por el destino comunitario…, abierta, dialogante y sin chauvinismos pero, en la misma medida, celosa de su independencia››.

La obra, coral, puesto que fueron coautores, voluntarios y generosos (‹‹lo cual encaja perfectamente con el perfil del estilo de vida que les es propio››), mediante sus testimonios vecinos de aquellos municipios que superaban la cincuentena de años y en ‹‹plenitud de consciencia››, está elaborada sin la pretensión de confirmar o refutar ningún modelo teórico. Tampoco bajo el corsé de alguna doctrina. Nada de eso. Desde la experiencia suministra un puñado de verdades sobre la historia reciente de las comunidades rurales peninsulares (esos cinco pueblos son ‹‹muy representativos de otros muchos pueblos de Castilla››) y, sobre todo, un acervo de valores, conductas y saberes que orientan la existencia humana. También hoy. Porque tales enseñanzas transmitidas son de una vigencia atemporal.

Ensayemos un acercamiento.

IDENTIDADES PERSONAL Y COLECTIVA

Si en los tiempos ultramodernos ‹‹los desiertos de identidad›› han venido a sumarse a los desiertos culturales, en el medio rural cada persona era ‹‹una biografía››:

‹‹ante esta especie de inquietud o angustia que mina mi retaguardia de hombre de ciudad, me he encontrado, por contraste, en el campo con un hombre absolutamente nominado, que tiene una fisonomía irrepetible y que es capaz de llenar los ocios –abundantes- y de convertirlos en algo positivo sin utilizar medios materiales, sin consumir bien alguno››.

La persona es lo central, el valor superior:

‹‹el labrador es hombre y aspira a tener biografía, pero no fama››.

La personalidad se logra

‹‹en los actos no emulativos, en el convivir ordinario, en el carácter, en el decir, en lo que en definitiva es emanación más directa de la personalidad y no en el aparato externo de una apariencia pública››.

La esencia propia de lo rural es subrayada:

‹‹Si el hombre es el objeto de la cultura, y la calidad del hombre es el índice de la calidad de esta cultura, entiendo que en el campo ha existido una verdadera cultura, que no es subproducto de la cultura ciudadana, sino que tiene unas coordenadas totalmente distintas››.

El diálogo, siendo ‹‹una modalidad artesana››, no ‹‹avasalla con un egocentrismo molesto››, propio del parlante urbano. Tampoco en la conversación de éste, con su lenguaje convencional y empobrecido,

‹‹está presente ninguna de aquellas palabras cuyo sentido sólo puede captarse en función de la personalidad de quien la pronuncia, no hay implicaciones de experiencias o de biografías››.

La relación individuo-grupo está caracterizada por la mesura: ‹‹una ecuación justa entre individualidad y comunidad, entre lo subjetivo y lo objetivo››. El ‹‹singularismo insobornable›› del sujeto se concilia de forma equilibrada con la identidad colectiva, muy importante:

‹‹en Castilla, por lo que uno ha podido estudiar, ha existido un manifiesto espíritu comunitario, al tiempo que una resistencia instintiva a cualquier forma de comunismo o masificación. La personalidad individual está al principio y al final de las acciones comunes››.

Esto es, el grupo personaliza: ‹‹las posibilidades de los componentes de la comunidad eran escrupulosamente tenidas en cuenta››. O también: el hombre es ‹‹la regla última de todos los comportamientos colectivos››. Lo que se manifiesta también como justicia distributiva.

Las reglas del grupo son respetadas. Éste ‹‹se cimenta sobre una igualdad total entre los vecinos››. No hay servilismo. Los límites reconocidos e infranqueables derivados de la vivencia en común ‹‹no se consideran coactivos porque emanan del grupo, y el grupo, a su vez, es hechura común››. La ética es autogenerada, se impone ‹‹sin necesidad de declaraciones formales››. Resultando un hombre ‹‹profundamente útil para la convivencia››.

La fiesta, a diferencia de lo que sucede hoy, en que es diseñada por la industria del ocio y del espectáculo para el consumo pasivo de las multitudes, y a la vez que generalmente etílica y embrutecedora, surgía del propio seno de la comunidad: ‹‹todos ellos [ritos, bailes, juegos] tienen su base en una participación colectiva›› en torno a la alegría.

El colectivo estaba presente aun en la iniciación del noviazgo, así como en la boda, el bautizo y la muerte: ‹‹la comunidad está atenta al desarrollo de la vida de las personas››.

El regocijo por la fecundidad de entonces, como expresión de la reproducción del grupo, choca frontalmente con la menguada natalidad presente. Las mascotas y el deseo de alcanzar la “realización personal” y el “éxito profesional” van ocupando el lugar de los niños. Con éstos, en los pueblos castellanos, como contrapeso a la ‹‹temprana precocidad inevitable››, se permitía una excepción al austero vivir colectivo:

‹‹La infancia es tan breve que bien justifica una evasión de poesía del grupo, posiblemente la única. Como un mínimo respiro de fantasía y de imaginación antes de enfrentarse con la implacable realidad››.

UN PASADO COMUNAL Y ASAMBLEARIO

Los bienes comunales tuvieron una ‹‹importancia cuantitativa›› en estos municipios y eran considerados de forma natural, ‹‹al margen de planteamientos políticos o doctrinarios››. Tierzo, tras la estatización de sus montes, ha sido ‹‹uno de los pueblos más pobres y tristes en su vida comunitaria››. La injerencia del ente estatal, un elemento extraño a la comunidad y que decide sobre ésta, fue ‹‹abriendo brechas en el sistema y erosionándolo››:

‹‹La existencia de estos funcionarios en la vida ordinaria de cada municipio supone… un elemento de distorsión y de pérdida de identidad de la comunidad rural››.

La gestión de estos bienes del común se adoptaba por el conjunto de vecinos que compartía la propiedad:

‹‹existía en esta materia una subsistencia por vía de costumbre del Concejo abierto o, dicho de otra manera, una especie de democracia directa o de primer grado››.

El concejo abierto, a toque de campana, permanece como sistema de deliberación y decisión grupal

‹‹no ya en los casos de existencia de patrimonios colectivos, sino simplemente en los asuntos en que se piensa que puede estar interesada la comunidad››.

La totalidad del vecindario puede acceder a los oficios concejiles, que tienen la consideración de ‹‹función pública››. Estos cargos, de limitación temporal –un año- para evitar ‹‹situaciones de abuso o de corruptela en las prestaciones encomendadas››, se desarrollan como actos personales comprometidos para con el colectivo. Éste, a su vez, designa tales oficios, y fiscaliza y apoya su ejecución. Se establecía un pacto entre el grupo y uno de sus miembros, no escrito sino ‹‹consagrado por la costumbre y de cuya existencia y condiciones tenía conciencia la comunidad entera››. Hallamos aquí una combinación de deber autoimpuesto, conciencia de alteridad y derecho consuetudinario.

Compárese esta autonomía para decidir en asamblea sobre cuestiones que afectan a los vecinos, que permitía otorgar a la vida vivida ‹‹hechura propia›› al participar en ‹‹la composición de la propia historia››, con la ‹‹imposición ajena›› de ayuntamientos, parlamentos, partidos políticos y elecciones de “representantes” del vigente orden estatal-capitalista, que niega dicha participación en la “cosa pública” y nos condena al mutismo político.

SOSTENIENDO LA VIDA

La comunidad rural es una red de soporte ante las deficiencias y necesidades de la persona. Y lo es respetando cada ipseidad, pues el sentido comunitario, como se dijo, ‹‹no equivale a promiscuidad ni a pérdida de la individualidad››.

‹‹La comunidad no aparece como una imposición ajena que se desentiende de las circunstancias de la persona, sino como un factor de apoyo a la misma››.

Y también:

‹‹la comunidad misma asumía las insuficiencias de cada uno de sus miembros, en supuestos de fuerza mayor››.

Las agrupaciones voluntarias existieron para

‹‹el apoyo mutuo de sus miembros [en trances de enfermedad o muerte] e incluso para prestar servicios a quienes, sin serlo, carecen de bienes propios››.

De otra parte, las prestaciones personales o zofras son una ‹‹forma de colaboración al bien común››. Concretamente consisten en

‹‹la obligación personal de los vecinos [quedaban eximidos enfermos, mayores de 60 años y funcionarios del Estado] de dar un número de obradas con carácter gratuito, para ejecutar obras o prestar servicios de interés general del vecindario››.

Para determinar necesidades y trabajos, los vecinos se reunían ajustándose a las realidades social e individual.

La ayuda mutua, el comunal y la asamblea son los instrumentos de ‹‹un acusado espíritu comunitario, que no pierde nunca de vista como objetivo final a la persona››. Sobre las ruinas de lo comunitario ha crecido vigoroso el asistencialismo estatal y la solitaria vida en las urbes. De la inclusión de prácticamente todos los vecinos en las cofradías o hermandades (‹‹traducción puntual de la primitiva fraternidad cristiana››) debido a ‹‹un sentido acusadamente disciplinado de la vida››, esto es, a un deber cívico autoconsciente, se ha transitado a la mercantilización de los cuidados; de las ‹‹dádivas recíprocas›› al interés particular; de la prevalencia de la ética como norma de conducta a la ley positiva.

AMOR POR LA AUTONOMÍA, RECHAZO DE LA HETERONOMÍA

‹‹El hombre de campo ha tenido una visión elemental, pero muy clara, de su propio destino y de que éste dependía de él mismo››.

En la aldea castellana el pueblo tuvo siempre un ‹‹profundo protagonismo››.

Los vecinos, por ejemplo, autogestionaban sus conflictos. Siendo la ética y no la ley escrita ‹‹la vara por la que se mide la convivencia››. Por el contrario, acudir a la justicia o que ésta tuviera que intervenir en el pueblo, tenía un ‹‹carácter vergonzante y dramático››.

Igualmente, la alimentación (cereal y cerdo, en lo esencial) se satisfacía de la propia producción.

El hermetismo como

‹‹una coraza de protección a su misma dignidad, subrayando matices diferenciales y tendiendo a constituir un todo autosuficiente y aislado››,

no conlleva, por lo demás, conciencia de superioridad sobre otros grupos:

‹‹esa convicción de que no se es ni mejor ni peor que otras personas, sino que existe una igualdad natural o consustancial [también entre ambos sexos]››.

De hecho, de la emigración de estas personas con una gran carga ética

‹‹se ha beneficiado la sociedad urbana casi permanentemente y a ritmo acelerado en el último cuarto de siglo››.

El aprecio por la libertad y la dignidad de aquellas gentes era ‹‹perfectamente compatible con una situación económica general de escasez››. A ello contribuía la tenencia de pequeña propiedad familiar, la presencia de comunales, ya citado, y la ‹‹inexistencia de relaciones de dependencia laboral››. O si se daban no eran definitivas:

‹‹el hombre de estas tierras se empleaba sin tener conciencia de perder su libertad. Lo que es la forma más sutil de la verdadera libertad››.

En las contemporáneas sociedades estatizadas

‹‹los grupos no son una creación desde abajo, una continuación del individuo, unas entidades naturales, sino una creación desde arriba, pensadas, creadas y gobernadas por un poder heterónomo, impersonal y distante; por el Estado, en suma. El Estado es el principio de la sociedad: todo lo puede y en él todo se disculpa››.

Dicha maquinaria estatal provee de supuestos derechos y libertades, ejercita el paternalismo y cataloga víctimas por doquier, especialmente entre el sexo femenino.

Sin embargo, en la mentalidad popular rural existía ‹‹una noción muy clara de que la vida nunca es gratuidad››. Las libertades concedidas no eran tales. El medio ‹‹sólo ofrece sus dones trabajándolo tesoneramente››. Es en la exigencia donde nos mejoramos, no bajo el paraguas del estado de bienestar.

‹‹El hombre de las cinco comunidades estudiadas responde a un concepto absolutamente operativo de la libertad y se sabe enfrentado sin apoyo a su propio destino. En tal responsabilidad sólo le respalda el grupo, que es a su vez consecuencia de su propia acción. Ninguna otra estructura, ni por supuesto el Estado. Si la madurez es condición de responsabilidad, el hombre de estos pueblos tiene una vocación irrenunciable hacia la madurez, ya desde la infancia››.

O dicho de forma sublime y sintética:

‹‹la vida no se regala: se arranca codo con codo››.

Insistiendo, podemos desenmascarar a buenistas, pro-inmigrantes y ONG´s:

‹‹La caridad, en el caso de las comunidades rurales, no es un sentimiento: es una acción eficaz, pero sólo en aquellos casos en que resulta estrictamente necesaria y nunca como desahogo de la propia conciencia. La donación superflua, la donación que satisface al donante pero que no rellena un hueco real, resulta desconocida››.

ACENTUADO SENTIDO DE REALIDAD

Las gentes del campo tenían un ‹‹evidente sentido pragmático››. No existían ‹‹ni dogmatismos ni prejuicios››. La epistemología rectora se sustentaba en ‹‹una experimentación muy decantada››. Sirvan de ejemplo la construcción de viviendas, los refranes, la artesanía, la caza, las hierbas medicinales o la fe (‹‹no intelectual o ilustrada, sino profundamente esencial, como orientación o sentido de la existencia››).

‹‹El hombre de campo tiene una aguda base experimental, en parte heredada y en parte depurada y contrastada por la propia experiencia››.

También el erotismo es considerado con naturalidad, sin ñoñería ni pornografía.

La conversación se sustenta en la experiencia. ‹‹Es él mismo [el hombre de campo] quien está en la palabra que debate los temas generales››.

Vivimos un periodo en el que la repetición de consignas (ni siquiera teorías), las explicaciones simplistas y los “expertos” a sueldo del sistema ningunean el pensar y actuar desde lo real.

Como se citó, la adecuación a las características de cada persona, de las verdades necesidades y del entorno resultaba primordial. La noción de límite, del ser humano y de la naturaleza, era ‹‹precisa y asimilada››.

En la obtención de los bienes materiales de subsistencia, las posibilidades del medio natural en esta cultura ‹‹íntimamente adherida a la tierra›› son escrupulosamente observadas.

‹‹En estos pueblos se consumía lo que se producía, y se producía lo que se sabía que podía dar de sí sin esfuerzo la naturaleza››.

Ello tenía lugar debido, en primer lugar, a que entre los principios rectores de aquella sociedad la producción era ‹‹un instrumento para la satisfacción de unas necesidades previamente definidas y jerarquizadas››; las cosas debían de tener un sentido. Y además a que la familiaridad con la naturaleza (‹‹una especie de simbiosis››) dotaba de un conocimiento de la misma.

El hombre de ciudad, ‹‹profundamente ignorante››, con su fetichismo productivo y su complemento obligado, el consumismo, se desvía de las verdaderas necesidades y olvida valores de rango superior.

HACER DE LA NECESIDAD VIRTUD

En esta aseveración estriba la calidad de la vida, a juicio de Araúz.

La alimentación era deficitaria y ceñida, como se refirió, al cereal y al cerdo. Tales carencias eran compensadas por

‹‹la habilidad de la persona para conseguir platos de alguna forma variados y, desde luego, sabrosos, con una tremenda simplicidad de alimentos y de medios››.

También:

‹‹la limitación en cuanto a los bienes se compensaba con la calidad en su tratamiento››.

Las abarcas son otro indicio de la capacidad de aprovechamiento de ‹‹materiales u objetos aparentemente inservibles››:

‹‹La abarca es, ni más ni menos, el neumático de un automóvil, que se corta en forma rectangular y pasa a convertirse en suela del calzado, y al cual se añaden, como cintas del calzado, otras bandas más livianas, más flexibles, que se entrecruzan entre sí y se prenden a la suela con unas lañas. Casi es ocioso aclarar que este calzado es de duración prácticamente ilimitada y que, por la flexibilidad del neumático, del caucho del neumático, se convertía en un calzado cómodo››.

Asimismo, en la elaboración de mantas de lana de pastor, quien ‹‹no tenía especial hostilidad a la intemperie››, es constatable tal aptitud para emplear al máximo la materia prima.

En definitiva,

‹‹raros eran los demás elementos de la naturaleza de los que el hombre no obtenía algún provecho››.

Si “la fuerza se consume y el ingenio siempre dura” (Saavedra Fajardo), en un mundo escaso y finito

‹‹lo que importa es añadir creatividad a los supuestos básicos, a las circunstancias que rodean nuestra existencia››.

Hemos de anotar, para el presente, la dinámica de comprar, usar y tirar productos; el despilfarro, la inmediatez y la caducidad. Tras cada objeto elaborado existe un hombre, generalmente bajo condiciones alienantes de trabajo asalariado.

*

Aunque durante la lectura del libro en la comparación entre el individuo y la sociedad actuales con los de antaño, los primeros salen malparados, en modo alguno nos mueve la ingenua intención de idealizar el pasado, pues a todo lo humano pertenecen la insuficiencia, el límite, la contradicción y el error.

Ante la crisis múltiple en curso recuperar lo positivo de la ‹‹cultura campesina››, que en las anteriores líneas hemos pretendido esbozar, resulta muy oportuno para hacernos mejores.