La expansión de lo urbano es la contracción de lo civilizatorio

Escrito por jesusfrancosanchez 20-12-2017 en Andalucía. Comentarios (0)


La conversión durante la segunda mitad del siglo XX de diversos pueblos de la comarca sevillana del Aljarafe, de una extensión territorial aproximada de 1.700 km2, habitada actualmente por más de 300.000 almas y situada en la margen derecha del Guadalquivir, en un apéndice de la gran urbe ejemplifica la dinámica de dominación y destrucción propia del entramado estatal-capitalista de la modernidad última. Municipios como Camas, San Juan de Aznalfarache, Mairena del Aljarafe, Tomares, Bormujos o Castilleja de la Cuesta han sido transformados en espacios sin identidad, meras colonias de “la gran Sevilla”, unas monstruosidades atestadas de urbanizaciones, automóviles, centros comerciales, polígonos y ciudadanos alóctonos, entregados al par producir-consumir. La ciudad, en su expansión, afea y destruye paisajes, y transfiere habitantes y modos de vida a unas localidades tradicionalmente agrarias.

Pasarlo bien, adquirir mercancías, hacer turismo, tener un buen trabajo asalariado, deleitarse en el fisiologismo, demandar más y más Estado de bienestar o encajar dócilmente las consignas difundidas por el sistema son algunos de los rasgos y metas de los hombres y mujeres medios de la metrópoli y su aglomerada área. Una vulgar uniformización de mentes y conductas lo enseñorea todo. La vinculación entre masificación, heteronomía, homogeneización, deshumanización, egotismo y atomización es abordada por Heleno Saña en “Breve tratado de ética”.

Aunque el fenómeno urbanizador ha tenido una incidencia máxima en el sector oriental de la comarca, la extensión de la aberrante cosmovisión de la vida de ciudad ha alcanzado a todos los pueblos a través de los variados medios de adoctrinamiento: escuela, televisión, cine, publicidad, prensa, radio. En efecto, la anulación de diferencias se ha producido no sólo en el medio sino también en sus habitantes.

Franquismo y constitucionalismo (denominado democracia por ingenuos y por quienes desean salvaguardar sus carreras profesionales) en este asunto, como en tantos otros esenciales, han mostrado ser continuistas. Ello es comprensible pues la Transición fue una adaptación del Estado a las condiciones del momento, internas y externas, una actualización de las formas de dominación de unas minorías ensoberbecidas sobre el conjunto, una vez que el fascismo resolvió el orteguiano “problema de España”. Estamos, en primer lugar, ante un hecho político: para el crecimiento del poder de las élites la diseminación en áreas rurales de la población peninsular, una realidad hasta bien entrado el siglo XX, suponía un serio obstáculo. Y, sobre todo, la superioridad moral y cultural del hombre de campo sobre el de ciudad (1). El desarrollismo del régimen de Franco tuvo un fiel retoño en el progresismo de los partidos políticos de signo izquierdista atrincherados en las instituciones antipopulares. Operaciones como la Exposición Universal de 1992 contribuyeron al salto hacia delante de la ciudad.

Y ello con la anuencia del común de las personas. Quienes apoyaron la salida constitucionalista, parlamentarista y autonomista del franquismo, y quienes han asumido como deseables, propios y verdaderos los valores y metas voceados por los correveidiles del sistema deberían someterse a un severo ejercicio de reflexión y estudio encaminado a la corrección del comportamiento y la emancipación de la conciencia.

La facultad de la plutocracia de administrar vidas ajenas encuentra en la megalópolis el lugar donde concentrarse: organismos gubernamentales, grupos financieros y mediáticos, tribunales de derecho positivo, sedes policiales y militares…

Por tanto, ¿qué posibilidades tiene la democracia sin comillas y sin adjetivos, esto es, la ejercida por la gente corriente en asambleas soberanas, de desarrollarse en una gran urbe? (2) ¿Y qué otras el desempeño de una economía comunal, de autoabastecimiento y consumo mínimo? ¿Y cuáles la libertad civil? ¿Y cuántas la libertad de conciencia? ¿Y cómo puede regenerarse la biosfera con multitud de seres humanos habitando hacinados en reducidas porciones del territorio?

Los reproductores de mensajes gratos al orden vigente de dictadura política, económica e ideológica, bien remunerados en su proceder, jamás cuestionan los fundamentos del mismo, tales como la existencia del Estado, la partitocracia y el parlamentarismo, el hedonismo y la felicidad como aspiraciones, la medicina farmacológica e industrial o la vida en las grandes ciudades. Sobre este último asunto el estrés y la contaminación del aire son elevados a problemas decisivos, a sobrellevar con medidas blanditas como practicar yoga o limitar el número de vehículos circulantes. Ello silencia lo cardinal: la gran urbe es indispensable al conjunto de poderes para ejercer su tiranía.

Una vez desenmascarada la retórica de lo “avanzado y tolerante” del cosmopolitismo, el multiculturalismo y la diversidad, nos encontramos con una magna operación para culminar la sociedad de los individuos en serie, quebrar los elementos positivos sobrevivientes de la cultura popular (vínculos familiares y comunitarios, cooperación, dignidad, lenguas, saberes…) y allegar servil mano de obra barata inmigrante. Para megadominar.

La contraofensiva holística y popular, individual y colectiva, superadora por civilizadora, de los modos de ser, pensar y actuar prevalecientes que demanda el siglo XXI, entendemos que ha de contener entre sus objetivos el de habitar en poblaciones reducidas, regidas por asambleas soberanas, relacionadas entre sí y en contacto con el medio natural.


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  1. Rafael Altamira en “Historia de la propiedad comunal” afirma que los integrantes del mundo rural han sabido, en los momentos más tristes para la libertad personal, mantener, defender y hasta imponer su autonomía y propio valor. Es por ello que allí enraizaron y se extendieron los bienes, usos y costumbres comunales. La urbe, el comercio, la industria y también algunas profesiones han transitado generalmente por otro camino, siendo poderosos medios de individualización.

  2. El concejo abierto sobrevivió en las aldeas a la acción contrarrevolucionaria de Alfonso XI en el siglo XIV, que establecía el regimiento o concejo cerrado como forma política.